Por una vejez y una Colombia más humana

Para personas como Don Andrés, vendedor ambulante de 92 años, la senectud implica trabajar para poder sobrevivir, ¿por qué negarle el reconocimiento de lo fundamental?

Por: Martha Ximena Marín Gómez
Junio 13, 2018
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Por una vejez y una Colombia más humana

Don Andrés nació en 1926, entre las recónditas montañas de Machetá, Cundinamarca. Tiene los ojos claros, entre verdes, entre azules. En dos años hemos construido una amistad que se traduce en abrazos tímidos, cuando nos encontramos en las frías y las calurosas tardes del indeciso clima de Bogotá. Conocí a don Andrés cursando el primer semestre de universidad, cuando tuve que hacer mi primera y más vergonzosa (hasta ahora) etnografía. Estaba sobre la Séptima con 22, escondiéndose del sol picante bajo un paraguas descolorido, en compañía, como si de un guardaespaldas se tratara, de Nicolás, otro vendedor informal. Se trató de un encuentro de esos que nunca se olvidan, como cuando uno ve por última vez a ese o esa que se dejó en la estación del bus, en la cama de hospital, en un recuerdo difuso del supermercado y la fila del banco.

Tímida, me acerqué a él. Lo primero que hizo fue ofrecerme un tinto y empezar a hablar de política; porque para hablar de política, solo se necesita de un buen tinto, rebosado en dulce como los de la calle y buen sentido del humor. Como muchos colombianos, don Andrés cree que el mayor problema de nuestro país es la corrupción, tema que ya sabe a cacho por estos días, pero que indigna tanto, tantísimo, a la gente trabajadora, gente de bien, gente decente.

Don Andrés es vendedor de BonIce desde hace algunos años. Siempre lo he visto con su uniforme de trabajo, a veces limpio, a veces un poco sucio. Es todo un conocedor de los conflictos de la calle, sabe cuáles son los caminos peligrosos, los límites y las fronteras. Camina lento por la edad y por la vena varicosa que ha tratado con remedios caseros, como muchos, él no está amparado por ninguna entidad prestadora de salud. La empresa para la cual trabaja, Quala, al año gana tantos millones que hace tiempo ya le hubieran permitido tener a don Andrés una pequeña pensión, amparo de salud y un techo digno donde vivir.

Ya había dicho Marx que el trabajo es lo que hace al hombre ser hombre y ser persona, ser don Andrés ante sus compañeros de BonIce y ante el mundo, y quién sin haber leído a Foucault y Marx entiende que el mundo opera bajo ciertas lógicas, que hay clases que luchan unas contra las otras, que existen poderes, como llamarle “doctor” o “doctora” al político que llega a ofrecerle oportunidades y a veces platica, a veces mercadito. Don Andrés sabe que el trabajo, su trabajo, el trabajo de sus compañeros, es la fuerza vital que mueve el mundo y organiza las sociedades. Que es bajo las caminatas por el centro, cuadras y cuadras, como se enriquecen sus patrones. Él también sabe que las ideas y políticas de personajes ilustres, doctores como Peñalosa, Uribe y Santos, responden a las ideas de la clase dominante, de los Ardila Lule y los Santo Domingo. Sabe que la clase dirigente tradicional de Colombia se mueve en torno a la generación de capital.

En sus 82 años, los ojos de don Andrés han visto más que los de cualquiera de nosotros. Conoció a Gaitán en La Perseverancia, “era un señor muy decente”, dice. El 9 de abril de 1948, sólo escuchó caos y disparos que iban en direcciones confusas. 3 días duraron él y algunos familiares, encerrados en una tienda de abarrotes, mientras escuchaban cómo sonaban agitadas las sirenas, el unísono de la multitud y los camiones al chocarse con las puertas de las joyerías, mientras los vándalos saqueaban todo. Cuando salieron, era todo “ríos de muertos y de sangre” regados por la ciudad. Esa fue la primera vez que en Colombia se ratificó que, a lo largo de la historia y hoy, como sutilmente representa Duque, aquí siempre ha sido mejor ser blanco, y si no, ser lo menos moreno posible; burgués, heterosexual, católico, casado por la iglesia y conservador. Aun así, el señor Duque (que hasta hace poco casi nadie conocía), se nos presenta como la ola renovada y moderna del uribismo más sensato y light.

Don Andrés también conoció a la madre de Rojas Pinilla, época en la prestó servicio militar, mas su mayor deseo siempre fue ser detective, como los de las películas; jugó también a ser comerciante y obrero. Hace unos años frecuentaba la oficina de Samuel Moreno, quien le llamaba “BonIce”, y ordenaba a su secretaria que cuando él fuera le diera todo lo que pidiera. Muchas camisetas le entregaron allá y luego las vendía a 10.000 cada una. Son los vendedores informales el público más buscado en épocas de elecciones. También conoce a Enrique Peñalosa, quien le desagrada profundamente porque es un señor “que no deja que la gente trabaje”, a Lucho Garzón y a Gustavo Petro, por quien siente mayor empatía, pues en su período de alcaldía, en medio de todo el desprestigio, don Andrés tenía un subsidio básico por ser adulto mayor, y otro para el TransMilenio, acciones que para sectores ilustrados representan la amenaza más grave al sistema neoliberal, “pues la gente quiere todo regalado”. Esto es lo que han tildado de socialismo, comunismo, pero que otros más sensatos han denominado el Estado de Bienestar.

Don Andrés rememora sobre las imágenes de Tirofijo durante los 60 y 70, de la violencia desatada por el narcotráfico en los 80, de la toma del palacio de justicia y de las masacres en los 90 por los paramilitares y las fuerzas del Estado. El genocidio de los líderes de la UP y de otros candidatos presidenciales, y actualmente los acuerdos de paz. Por esto yo creo, queridos lectores, que don Andrés Duque, vendedor de bon ice, de 82 años, tiene el carácter suficiente (mayor que el de aquellos que siguen a uno sólo porque fue el que dijo Fulano de tal) para decir que va a votar por Petro para presidente.

Para aquellos que creen que él es uno de esos que quieren todo regalado, de los mismos creadores de “el que es pobre es porque quiere” y “los pobres son las almas más buenas”, llega la famosa “el que no trabaje, que no coma”. Para todos ustedes, un pequeño análisis: don Andrés llega temprano en la mañana a trabajar, vive en Usme. Debe tomar un TransMilenio que lo deja en la avenida Jiménez a veces en 1:30 a veces en 2 horas. Como cientos de colombianos adultos mayores, don Andrés no cotizó pensión, siempre fue informal. Por cada BonIce que él vende se gana $70 de los $500 o $400 que vale, los vendedores suelen aumentar el precio. Ahora bien, en el escenario más desalentador, si él vendiese 10 en un día, el valor total de la ganancia es de $700, ¿sabe usted cuánto vale una noche de techo? Como supongo que algunos no, una pieza por noche equivale entre $10.000 y $20.000. Bueno, si con mucha suerte, en un día caluroso logra vender alrededor de 100 o 150, tiene la habitación de una noche, pero ¿y qué come en el día?

Ahora bien, si en una semana vende entre 50 y 60 BonIce, equivale a una ganancia de $3,500 y $4,200 respectivamente, que alcanzan para una sopa, un tinto y un pan, pero no para una pieza; ni para pasajes de TransMilenio. Por otro lado, los señores de bon-ice, en su inmensa generosidad, les regalan a sus trabajadores 10 BonIce para que vendan, lo que equivale a $5000, pero todavía el vendedor no tiene para un almuerzo completo. Mientras tanto, el total para los señores de BonIce equivale a $25,800 en una semana. Ahora pensemos, ¿cuál es el porcentaje de jóvenes y adultos mayores que trabajan a diario para BonIce en la capital y el resto del país?

La lógica neoliberal, la vulgar operacionalización de la ética protestante y el espíritu del capitalismo que promueve Duque diría: ¿quién lo manda?, él había podido emprender una pequeña empresa, él alguna vez fue joven, ¿por qué no ahorró cuando pudo?, él podía superarse, ser alguien en la vida, allá él si no le alcanza para la prepagada. Lector, ¿sabe usted cuánto puede ganarse una persona vendiendo cigarrillos, maní o dulces en un día y pagar un techo digno para él y su familia? ¿y al mismo tiempo superarse? Este tema ya fue tratado por la economía; lo que propone Duque, más empleo, más peones en el campo, (otra vulgar aplicación del sistema feudal del siglo XIX), esconde que la gran empresa, esa que tanto promueve para generar más empleo, lo que necesita es mano de obra barata, ancianos como don Andrés y como muchos otros, madres desesperadas, sin ningún tipo de seguridad social, pues ni para el entierro les dan; rememora don Andrés que en los últimos años, 3 compañeros suyos de bon-ice murieron y entre ellos hicieron vaca para pagar el entierro. Ni morir tranquilo se pude en este país.

Ser viejo en Colombia es difícil, este es no más un ejemplo de lo complejo que es envejecer aquí, a menos que uno tenga una casita y una finquita de campo, use crocs y tenga medicina prepagada. Para una parte de la población colombiana, ser viejo significa trabajar todavía porque ser modista, zapatero o albañil, no eran reconocidas públicamente como labores dignas y necesarias en el funcionamiento de la sociedad. Significa tener que trabajar a los 70, 80 años, para poder comer. Significa en muchos casos, una vejez solitaria, con sueños rotos, frustraciones. Aparte de feos, lentos, gastan mucho y producen poco. Todo les falla, todo les hace daño, se la pasan en el médico. Demasiados viejos para trabajar, demasiado jóvenes para jubilarse.

Don Andrés hoy apoya a Petro, no porque sea ignorante, no porque quiera todo regalado, él es uno de los tantos, de los cientos, de los miles, de los millones de colombianos que han envejecido creyendo en la promesa de un mejor país, de un pueblo verraco. Don Andrés es uno como de los tantos, que sirvieron al Estado y hoy recogen migajas para que les reconozcan lo evidente, lo fundamental. Don Andrés representa ese olvido, ese rechazo de la modernidad al ser viejo, traducido en políticas discriminatorias que, como aquellos veteranos de guerra olvidados en asilos, mueren peleando contra un sistema que nos les retribuye nada, que mueren a la espera de la cita, esperando la carta como el coronel de Gabriel García Márquez, con la ilusión de que este otro si va a ser mejor, si les va a cambiar algo. En este momento histórico tenemos dos opciones, creo que ha sido evidente hacia quien hago un llamado.

Por eso, por don Andrés, por una vejez más digna y una humanidad más humana en esta Colombia tan devastada, yo también con algo de recelo, pero como una apuesta al cambio y un llamado a quienes leen estas palabras digo: “ojalá Petro gane el domingo”; a ver si se nos compone un poquito esto, a ver si le damos dignidad a aquellos que la han perdido, a ver si aprendemos a reconocer que el otro podrá ser diferente pero también humano, algo a simple vista  sencillo pero que nos cuesta tanto; eso tan humano que la extrema derecha en su práctica y filosofía ha tenido que ir entendiendo.

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