Por qué no celebrar la invasión española de 1492

Hoy se cumplen 529 años de la llegada de los primeros piratas invasores, patrocinados por los reyes de España, a las Antillas y luego a todo el hemisferio

Por: José Libardo García Gallego
octubre 12, 2021
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Por qué no celebrar la invasión española de 1492
Pintura: Dióscoro Puebla

A la sangrienta posesión de América por España solía llamársele conquista, pero hoy los indígenas colombianos nos están enseñando que a ese proceso invasor, con exterminio masivo de los habitantes nativos de esta parte del planeta y robo de las tierras y de sus recursos naturales, no puede calificársele de conquista. Nuestros aborígenes tienen sus propias concepciones religiosas y sus idiomas, así que nunca han necesitado otras religiones ni otras lenguas. Desde niño me han hablado de una deuda contraída con España por traernos el catolicismo y el castellano. El martes 12 de octubre se cumplen 529 años de la llegada de los primeros piratas invasores, patrocinados por los reyes de España, a la isla de Cuba y luego se regarían por todo el hemisferio.

Recientemente, los indígenas colombianos nos demostraron cómo esta invasión no es para celebrarla sino para repudiarla, por ser una descarada intromisión española y de otras potencias (Inglaterra, Portugal, Francia) en este continente. Las masacres cometidas por Cortez, Pizarro, Belalcázar y, en general, por los mal llamados conquistadores, no merecen celebraciones sino actos de rechazo.

Lástima que aún hoy haya mestizos que alardean de poseer genes españoles, sin saber siquiera qué clase de personas eran sus ancestros: desempleados, vagos, ladrones o matarifes. Es inaceptable también bautizar las instituciones educativas con nombres de conquistadores, como Robledo. Claro que también hay criollos, como Bolívar o Fidel, que prefirieron hacerse del lado de los amerindios y lucharon toda su vida por la autonomía de estos pueblos.

La historia mal contada más la sumisión y alienación de los pueblos nos hicieron erigir monumentos a los invasores en lugar de exaltar a nuestros líderes primitivos, por ejemplo, a Moctezuma, Manco Capac, Carlaká, así como a los luchadores por la independencia. De modo que derribar las estatuas de Belalcázar, Jiménez de Quesada, los reyes católicos, etcétera, es una lección práctica y objetiva de historia,  y no de vandalismo, como lo quieren hacer ver los gobernantes tiranos, explotadores de los de abajo y sumisos a  los imperios.

Es inexplicable el perdón y olvido de la humanidad ante los crímenes cometidos en nombre de una religión, cómo se practicó la “santa inquisición” y cómo hemos olvidado la calidad humana de sus víctimas y los excesos imperdonables de los Torquemadas. Otra horrible intromisión es la cometida por los misioneros, profesión a la que querían inducirme mis padres. Los misioneros también son violadores de los derechos humanos, están al mismo nivel de los pedófilos y pederastas.

Los fundamentalismos religiosos y políticos son muy peligrosos. ¿Cómo que en nombre de Alá nos suicidamos y matamos en una aglomeración un montón de seres humanos, utilizando bombas u otras armas mortales? Que los talibanes violan los derechos de la mujer obligándolas a comportamientos irracionales, pero si en Colombia es lo mismo, no tanto por violación de los derechos de la mujer sino porque con la complacencia u órdenes de los gobernantes se asesinan líderes sociales, opositores políticos, defensores de los derechos humanos.

Por fortuna vivimos en la época posdeclaración universal de los derechos humanos, el mayor avance social del siglo XX, y aunque aún existe mucha ignorancia sobre los mismos y las formas de reclamarlos, de que algunos de ellos necesitan ser precisados o limitados y los Estados tienen que responsabilizarse de hacerlos cumplir, vamos mejorando.

 

 

 

 

 

 

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