¿Por qué la papatón no sirvió para nada?

“El PapaChallenge es otro capítulo más en la ya larga e inútil solidaridad colombiana que históricamente no ha servido para una papa”

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noviembre 17, 2020
¿Por qué la papatón no sirvió para nada?

El #PapaChallenge del fin de semana en Bogotá es otro capítulo más de la histórica e inútil solidaridad colombiana que nada resuelve, que nada ayuda y que solo sirve para hacernos sentir bien por un ratico: ya aporté, ya colaboré, soy un buen colombiano. En el libro que tengo en preparación le dedico un ensayito a la inútil solidaridad, pero tendrán que esperar a que el libro salga —si es que sale— para leerlo.

Ahora quiero expresar simplemente que el problema de los paperos y de los maiceros y de todos los agricultores del país —salvo los cocaleros— no se resuelve haciendo papatones y maicetones o yucatones. Vi en Facebook a varios amigos mostrando su saquito de papas y puedo jurar que la más de esa esa papa va a terminar podrida en la basura porque una familia normal colombiana no consume más de tres o cuatro kilos a la semana.

Y es que el negocio de los paperos no pasa exclusivamente por la papa que llega a las plazas de mercado y que, después, consumen las familias en las sopas, el ajiaco o el sancocho. La cadena de comercialización de la papa integra, además, la papa que llega empaquetada a los supermercados, la industria de los mecatos y las comidas rápidas. Yo no tengo el dato exacto, pero podría jurar que hay un equilibrio entre los bultos de papa que llegan a las plazas de mercado y los que van directamente a las industrias de alimentos y a los supermercados. Y el problema de los paperos no está tanto en la papa que va al mercado como en la que se vende a las industrias y supermercados.

Una leve digresión:

He visto que se ha compartido en redes sociales una publicación en la que se afirma que la solución a los problemas de los paperos y demás productores del campo colombiano pasa por el cumplimiento del punto del Acuerdo con las FARC denominado Reforma Rural Integral, y nada es más falso que esto. El problema de los productores del campo colombiano —los que ya producen— no radica en lo que pasa en nuestros campos, sino en la manera en que Colombia se ha insertado en la economía global a través de los tratados de libre comercio.

Hay un buen documental en el canal alemán «DW Documental» —el mejor canal de documentales en español que se puede encontrar en YouTube— que explica cómo funcionan los tratados de libre comercio. El título del documental, ya lo verán que es muy diciente, es «La mentira del libre comercio». En esencia, el documental muestra, con ejemplos concretos, cómo los países con más poder económico protegen a sus productores e industriales estableciendo aranceles punitivos a economías igual de poderosas, como la china, mientras exportan productos agrícolas a economías más débiles que, curiosamente, estas ya producen en sus campos.

El documental muestra varios ejemplos en un sentido y otro: por un lado, Alemania se protege del poderoso mercado chino de bicicletas —que hoy puede inundar todas las calles del mundo—, estableciendo aranceles punitivos e importando solo los marcos que hacen antes un tránsito por Taiwán, donde son pintados, para llegar a una planta de ensamble en suelo alemán. Con esta estrategia comercial, el país europeo protege a las industrias de su país y a los miles de empleos que hay detrás de este negocio.

Mientras los países de la Unión Europea imponen aranceles a países igual o más poderosos que ellos, exportan productos agrícolas a países africanos o de América Latina con quienes tiene tratados de libre comercio. Los Países Bajos, por ejemplo, importan cebollas a Camerún y papa a Colombia, cuando Camerún y Colombia cuentan con la suficiente producción de estos alimentos para abastecer su mercado interno. En el caso de la papa que los belgas exportan a Colombia, esta no llega a las plazas de mercado, sino a las industrias de alimentos y a supermercados como Éxito, Olímpica y D1.

¿Y por qué ocurre esto? Porque el empresario de las papas fritas o los dueños del D1 y la Olímpica —los Santodomingo y los Char— lo que buscan es la rentabilidad de su negocio, y esta la consigue importando papa barata de Europa o de Estados Unidos y no comprándola en Boyacá.

Aquí cabe una pregunta: ¿Es más barata la papa europea que la colombiana? Sí y no: la industria agrícola europea —y la de Estados Unidos— está más tecnificada que la colombiana y hoy puede producir mucho con muy poco. Pero además goza de la protección, por medio de subvenciones estatales, que les permiten a los productores competir en los mercados internacionales. Esto quiere decir que la plata que recibe por la venta de sus productos una empresa agrícola europea viene, por un lado, del empresario colombiano que paga muy barato ese producto y, por el otro, del gobierno de su país que subvenciona la producción.

Con esto, ya se puede avizorar que el #PapaChallenge no resuelve nada. Es una completa inutilidad, una manera de hacernos sentir bien por un ratico. Por el contrario, este tipo de actividades alargan la tragedia del campo colombiano mientras exculpan a los últimos gobiernos que se pusieron a firmar tratados de libre comercio a lo loco sin primero proteger nuestro campo. La solución es que el gobierno amplíe las subvenciones al campo colombiano para que nuestros productos del campo se queden aquí, se consuman aquí, a menor precio: con esto ganan los campesinos y ganas los consumidores.

El próximo 21 de noviembre miles de colombianos saldrán a comprar televisores, computadores y celulares baratos. Esto no solo por el Día sin IVA, sino porque importar un aparato electrónico es sumamente barato. En el documental de DW hay una frase que nos pone pensar: «El libre comercio trae bienestar a mucha gente, pero lo hace ampliando la brecha entre ricos y pobres». Mientras muchas familias colombianas de clase media se van a prestar para que los grandes empresarios del país sean más ricos comprando aparatos tecnológicos traídos de China, los paperos del altiplano cundiboyacense y los maiceros de Córdoba van a tener que seguir viviendo de la caridad, la inútil caridad que no sirve para un carajo, porque esos mismos empresarios que importan televisores también importan papa y maíz.

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