Opinión

Por qué importa la desigualdad

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septiembre 01, 2014
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Colombia es uno de los países con mayores niveles de desigualdad económica en el mundo. Según las investigaciones de Juliana Londoño, en conjunto con Facundo Alvaredo y Thomas Piketty, el 1 % más rico de la población capta el 20 % del ingreso total del país.

Por fortuna, parece que la infranqueable distancia de este abismo histórico entre los ricos y los pobres de Colombia comenzó a disminuir desde el año 2010, aún demasiado poco, pero de manera bastante más perceptible que en las décadas anteriores, y particularmente en los principales centros urbanos; como lo muestra el análisis realizado por Roberto Angulo sobre la base de un conjunto de mediciones y estudios recientes.

Esta pequeña reducción de la desigualdad económica en Colombia, probablemente va de la mano de una mejor focalización y de una mayor eficiencia de los mecanismos de asignación de subsidios condicionados a las familias más pobres, mas no de reformas estructurales que permitan abrigar la esperanza de una disminución realmente palpable de la brecha.

Si bien el país ha presenciado ingentes esfuerzos y logros significativos en la, claramente importante y prioritaria, lucha contra la pobreza, esta tiene sus propios límites y no es en sí misma suficiente para reducir significativamente la desigualdad.

Algunos analistas interpretan el dictum del Nobel Gary Becker, según quien “el principal propósito de la economía es entender y ayudar a aliviar la pobreza”, como una advertencia contra el intento de enfrentar la desigualdad como un problema en sí mismo.

Para una amplio sector de la ortodoxia económica, la desigualdad, lejos de ser una falla del sistema capitalista, es, en buena medida, lo que mueve la economía. Es gracias a la desigualdad, y a la consecuente necesidad de escalar en la jerarquía económica de la sociedad para mejorar la calidad de vida, que los individuos tienen los incentivos requeridos para invertir tiempo y dinero en una educación que les permita hacer parte de las locomotoras de la innovación y el emprendimiento. En teoría, de ello depende la capacidad de una sociedad para sostener en el tiempo unos buenos niveles de crecimiento económico y, en consecuencia, su capacidad para sacar de la pobreza a quienes resultaron menos favorecidos en la lotería de la vida.

Sin embargo, así como suscribir el dictum de Becker no implica desestimar lo que la ciencia económica y las demás ciencias sociales pueden revelar sobre el problema de la desigualdad y sus soluciones, comprender la lógica de la aparente tensión entre eficiencia económica y equidad tampoco implica suspender el juicio crítico sobre los límites, o los dogmas, de la teoría ortodoxa.

Si bien ciertas desigualdades económicas pueden resultar aceptables con miras a que la sociedad esté en capacidad de brindarle una mayor calidad de vida a sus miembros menos afortunados, las desigualdades excesivas, no solo son tremendamente problemáticas en sí mismas y porque causan graves problemas sociales, sino que, además, son síntomas de profundos desajustes en la estructura básica de la sociedad.

Por ejemplo, como lo indica Roberto Angulo, “a mayor desigualdad, más lenta será la reducción de la pobreza por la vía del crecimiento económico [… y…] puede implicar tensiones sociales que conducen a una mayor incidencia de delitos”.

¿Y qué pasa cuando examinamos la desigualdad a través de lentes adicionales a los de la ciencia económica; cuando penetramos en los terrenos de la economía política y la psicología social?

Una serie de ingeniosos y penetrantes estudios experimentales, han demostrado que la desigualdad económica y su consecuente jerarquización social tienen severos efectos sobre la vida emocional, el sentido de identidad y el comportamiento, no solo de quienes están cerca de la base de la pirámide, sino de quienes están cerca de su cúspide.

Así mismo, la neurociencia ha descubierto que la exclusión y el sentimiento de injusticia que se viven en las sociedades más económicamente desiguales, son percibidas por el cerebro de quienes se ven negativamente afectados por ello como un dolor físico que, al rebasar cierto umbral, puede conducirlos hacia comportamientos violentos, causando, en sociedades altamente desiguales, enormes niveles de violencia cotidiana muy difíciles de desanclar culturalmente de la comunidad.

En este sentido, si queremos construir una paz que podamos sentir y vivir en nuestra vida cotidiana, más allá de la firma de un acuerdo entre las partes, tenemos que enfrentar las difíciles preguntas que nos imponen los aterradores niveles de desigualdad que ostenta Colombia.

Tenemos que ver más allá de la economía, y especialmente de su ortodoxia imperante, y tenemos que irmás allá de la repetición, como si tan solo repetirlo fuera una fórmula mágica, de que la educación es el mecanismo ideal para avanzar hacia una verdadera igualdad de oportunidades.

Reducir la desigualdad no será posible a menos que, sobre todo, ideemos formas de reparar nuestro sistema político y nuestro diseño constitucional, que es, finalmente, lo que la produce y la mantiene vigente.

 

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