¿Por qué fracasó el Acuerdo de Paz de Doha en Afganistán?

Estados Unidos se retiró sin que hubiera un avance en elecciones libres y derechos humanos. ¿Por qué? Para algunos, Doha fue una rendición a favor de los talibanes

Por: Fredy Alexánder Chaverra Colorado
agosto 30, 2021
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¿Por qué fracasó el Acuerdo de Paz de Doha en Afganistán?
Foto: Wikipedia by Ron Przysucha/ Public Domain

La reciente toma de Kabul por parte de las milicias talibanes configura un punto de inflexión en la narrativa occidental pos 11S. En un territorio que en el imaginario popular se ha convertido en un “cementerio de imperios”, la desordenada retirada de Estados Unidos y sus aliados tras 20 años de ocupación solo confirma el declive de su grandeza imperial y expone la fragilidad de su autoimpuesta condición como gendarme moral de la humanidad. Ni dos décadas de ocupación, miles de millones invertidos o un portentoso despliegue militar, fueron suficientes para evitar que las milicias radicalizadas, nutridas por el tráfico de opiáceos y el apoyo estratégico de Pakistán, acabaran con las fuerzas leales a Washington en pocas semanas en un vergonzoso efecto domino.

Aunque Biden debe asumir el costo político de un histórico fracaso en política exterior (con la mayor pérdida de militares norteamericanos en la última década), su decisión a favor de acelerar la retirada de las tropas del territorio afgano solo secundó un compromiso acordado por Trump y los talibanes en el Acuerdo de Paz de Doha (Qatar). Fue en Doha donde se acordó el cronograma de retirada de las tropas y un espurio proceso de pacificación intrafgano que eventualmente derivaría en un gobierno de coalición. Ese acuerdo se logró en febrero de 2020 y fue anunciado por el entonces secretario de Estado, Mike Pompeo, y el vocero talibán, Abdul Ghani Baradar, como un paso transcendental para la estabilización de la región.

Sin embargo, del Acuerdo de Doha solo queda un mal recuerdo. El gobierno de coalición nunca llegó y la desordenada retirada de las tropas occidentales permitió que los talibanes se hicieran con el poder, impulsados por una operación relámpago sin precedentes y que evidenció la debilidad de las fuerzas “leales” a Washington; la precariedad del gobierno de Ashraf Ghani y el proceso de acumulación de fuerzas que venían experimentando los talibanes en sus áreas de influencia.

Un fracaso unilateral

Las negociaciones de paz en Doha fueron un fracaso solo para occidente, pues en la cronología del rápido ascenso de los talibanes son un punto de inflexión táctico en su retoma del poder. Aunque fue un proceso de paz que suscitó atención mundial, con intermediación de la comunidad internacional y delegaciones representativas (la delegación afgana estuvo integrada por varias mujeres), Doha solo sirvió para confirmar el afán de occidente por salir del territorio afgano y se convirtió en una oportunidad para que los talibanes, fortalecidos militarmente, acordaran una retirada estratégica para desatar el acumulado de sus fuerzas y hacerse con el poder.

Creería que en las intenciones de los talibanes que negociaron en Doha nunca estuvo la posibilidad de compartir el poder o concertar un gobierno de unidad con el desprestigiado Ashraf Ghani. Esa propuesta tan solo fue un “globo” para que occidente no se detuviera en su afán por salir de la región.

Van quedando muchas preguntas en el aire, pues si la intención de los Estados Unidos era salir de Afganistán a la vez que garantizaba un gobierno de unidad: ¿por qué no condicionó su retirada al avance de reformas institucionales o a la celebración de elecciones libres?, ¿por qué no acordó un cronograma de retirada progresivo y verificable a la consolidación de un gobierno de unidad?, ¿por qué ignoró el proceso de acumulación de fuerzas que venían experimentando los talibanes en sus áreas de influencia?

Para algunos expertos, Doha no fue un proceso de paz, tan solo fue una rendición a favor de los talibanes.

Volviendo al pasado

Diferentes analistas y estudiosos han comparado la toma de Kabul con la caída de Saigón. Evento que ilustró el mayor fracaso militar de los Estados Unidos al cierre de la guerra de Vietnam. A la caiga de Saigón le antecedieron los Acuerdos de París en 1973, suscritos por Henry Kissinger y Le Duc Tho (y que les hizo merecedores del premio Nobel). En París se acordaron veintiún artículos que garantizaron el alto al fuego y el fin de la ocupación militar norteamericana en Vietnam del Sur. Estados Unidos cumplió y fue restringiendo la ayuda militar; sin embargo, Vietnam del Norte vio la oportunidad para terminar definitivamente con el Sur y dos años después, el 30 de abril de 1975, lo logró en la operación Liberación de Saigón (que pasó a llamarse Ciudad Ho Chi Minh).

Al menos, Vietnam del Sur resistió por más tiempo que las fuerzas afganas que, sumidas en la desmoralización y la corrupción, no resistieron la avanzada talibán, pues en algunas regiones ni siquiera opusieron mayor resistencia a sus enemigos.

Indiscutiblemente, la guerra la ganaron los talibanes, la ganaron en franca lid y se hicieron con un arsenal impresionante. Suficiente para oponer una sólida resistencia ante una nueva ocupación internacional o para doblegar focos de resistencia armada. A Estados Unidos, el mayor derrotado de la guerra, solo le espera volver a padecer los síntomas del síndrome Vietnam.

¿Volverán las negociaciones de paz?

Lo dudo. Ya Doha cumplió su objetivo como movimiento táctico para el ascenso talibán. Tras el desmoronamiento del gobierno pro-occidental y asumir el control del 90 % del país, los talibanes no están en ninguna desventaja militar. Sin embargo, podrían utilizar el proceso como fachada para alcanzar cierta legitimidad internacional y que así los bancos descongelen sus reservas. Tampoco se puede desestimar que tras el atentado en el aeropuerto de Kabul en el que murieron 12 militares norteamericanos, atentado suicida reconocido por una facción local del Estado Islámico (enemigo de los talibanes), los antiguos adversarios se conviertan en aliados.

A Estados Unidos le conviene que Afganistán no se convierta en “santuario de terroristas” (fue una de sus principales motivaciones para iniciar el proceso de Doha) y en ese objetivo necesita del apoyo del naciente Emirato Islámico.

Bajo esas circunstancias, puede que las negociaciones continúen desde una nueva agenda. Más orientada por la supremacía de la victoria talibán y las necesidades geopolíticas de Estados Unidos en la región. Sin la preeminencia por el respeto a los derechos de las mujeres o a los derechos humanos, un escenario que ya anticipó Fawzia Koofi, actual negociadora y vicepresidenta del parlamento afgano, quien afirmó recientemente sentirse abandona y “traicionada” por los líderes mundiales.

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