Opinión

¿Por qué estamos polarizados?

La polarización en Colombia, que aquí traduce buenos y malos, a la luz de la teoría de Ezra Klein, uno de los comentaristas políticos más influyentes en EE. UU.

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marzo 07, 2021
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¿Por qué estamos polarizados?
Aunque existe la polarización petrismo-uribismo, quizás en este país nos ha faltado algo de polarización

¿Por qué estamos polarizados?, es el título del libro de Ezra Klein, uno de los comentaristas políticos más influyentes en Estados Unidos. No me refería en el título, por supuesto, a nosotros en Colombia, en donde no suele estar permitido hablar de polarización, sino de buenos y malos. Me pareció interesante el libro de Klein, no solo porque da pistas sobre las causas del lío monumental que tiene la democracia gringa, que pretendía hace solo un par de décadas ser el ejemplo mundial a seguir, sino porque, leyendo entre líneas, se puede usar su teoría para pensar en nuestra realidad. El tema no es menor: para Klein, y otra cantidad de gente, la polarización creciente es la base para la destrucción de la democracia.

Klein parte de una observación, para mí, sorprendente: a mediados del siglo pasado en Estados Unidos, el problema era justamente el contrario al actual, algunos académicos decían que no había suficiente polarización. Esto es un problema, entre otras, porque cuando todas las opciones políticas son, en esencia, la misma propuesta -usualmente por un acuerdo entre élites-, la democracia pierde vitalidad. En el libro, el asunto principal es entonces explicar cómo es que un país pasa de tener un problema de baja polarización a tener tanta que pone en riesgo su propia supervivencia como una democracia. Para empezar, vale la pena hacer algo que es difícil, definir un término que usamos a diario. Piensen, por un momento, si saben definir las palabras que usan. Es un buen ejercicio. La polarización se entiende acá como un estado político en donde una población se divide de manera estricta en dos grupos alrededor de las discusiones u opiniones sobre un conjunto amplio de temas. Es importante notar que, en principio, estamos pensando en dos grupos y no más. Por supuesto, a medida que crece el número de grupos (y, necesariamente, se vuelven más pequeños), ya no estamos hablando de polarización sino de las preferencias de pequeños grupos de personas.

La tesis fundamental es que la lógica de la polarización es la narrativa principal para explicar la historia reciente de la democracia estadounidense. Hay otros elementos, pero, sugiere Klein, el marco de análisis principal debe cómo y porqué ha crecido la polarización. La polarización en este caso es alrededor de las identidades políticas. Es decir, las personas definen buena parte de su existencia alrededor de su grupo político y la relevancia de ser republicano o demócrata trasciende la de otras identidades. El proceso que resulta en mayor polarización se puede describir así: para llamar la atención de un público más polarizado, instituciones y actores políticos se comportan de manera aún más polarizada, y cuánto más polarizados están, más se polariza el público. Esto genera un ciclo vicioso que se retroalimenta constantemente.

Ya cuando el círculo vicioso está andando, es fácil entender cómo se retroalimenta, sin embargo, es más difícil explicar en qué momento empezó a dibujarse el círculo. Klein ubica este inicio a mediados del siglo pasado, en el momento en que las identidades políticas se realinearon en la discusión sobre los derechos civiles (en buena parte liderada por afroamericanos). Ahí, algunos demócratas del sur, en contra de la lucha para suprimir políticas racistas, se pasaron a ser republicanos, y los partidos que eran básicamente indistinguibles, porque se cruzaban en muchos temas, pasaron a empezar a alinearse de manera más clara en temas sociales, económicos y políticos. En pocas palabras, la realineación de los partidos políticos resultó en dejar a todos los conservadores de un lado y a todos los liberales del otro lado.

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Al vivir en burbujas que ven la realidad de manera radicalmente distinta, la sociedad se fractura en dos partes que no se reconocen y, como veremos, terminan por odiarse

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El ciclo de retroalimentación, empieza entonces con la creación de esta superidentidad política. En los contextos menos polarizados, los individuos tienen muchas identidades que se cruzan y esto hace que la tensión disminuya – por ejemplo, un católico de derecha hincha del Medellín y un católico de izquierda hincha del Medellín, compartirían dos identidades, la religión y el equipo, que pueden unirlos más allá de sus diferencias políticas-. Cuando todas las identidades están alineadas bajo una posición política, la tensión solamente crece. Un elemento clave en el proceso es que los de un lado ven solo un grupo de medios de comunicación que nada tiene que ver con lo que ven los del otro. En Estados Unidos, por ejemplo, los republicanos ven Fox News, los demócratas ven CNN, y quien haya visto esos dos canales entiende que son dos burbujas radicalmente distintas. Más importante aún, poco a poco, las relaciones sociales se empiezan a forjar alrededor de esta superidentidad política y se vuelve imposible el caso ese del hincha de izquierda y el hincha de derecha que se encuentran más allá de sus diferencias políticas. Al vivir en burbujas que ven la realidad de manera radicalmente distinta, la sociedad se fractura en dos partes que no se reconocen y, como veremos, terminan por odiarse.

Klein destacada dos ingredientes importantes para entender cómo crece exponencialmente el problema: primero, la superidentidad hace que sea más importante destrozar al contrario que defender las ideas propias. El “otro” ya no solo tiene diferencias con uno, lo normal entre cualquier grupo de humanos, sino que es una amenaza a la existencia propia. Entonces, así pueda tener algún desacuerdo con los de mi grupo, lo importante es que estamos todos unidos en destruir al contrario. Por eso decía Trump, con razón, que podía caminar matando gente por Manhattan y lo seguirían apoyando: sabía que cabalgaba sobre tal polarización que, más allá de lo que hiciera, mientras su promesa fuera destruir a los oponentes, contaría con el apoyo de un polo. Segundo, gradualmente, la política se vuelve un asunto nacional alrededor de grandes temas abstractos que nada tienen que ver con el día a día de las comunidades. Entonces, aun si las personas pudieran tener buenas razones para encontrarse a trabajar sobre problemas de su barrio, de su localidad, no lo pueden hacer cuando ya están metidos en la polarización nacional.

El libro es de hace un año, su relevancia solo ha aumentado desde su publicación. Los eventos de la toma violenta del capitolio confirman la teoría de Klein: la polarización es evidentemente dañina en ciertos niveles. Si bien cuando todos los políticos son iguales y nadie propone nada distinto, la democracia se erosiona porque va en contra de su propia esencia, la de tramitar de manera civilizada las diferencias inherentes a la especie humana, después de cierto punto la polarización se vuelve peligrosa. Más allá del hecho puntual del capitolio, que es la punta del iceberg, Klein demuestra como Estados Unidos se ha vuelto una “vetocracia” en dónde hay un bloqueo casi total de las iniciativas importantes. Nada se puede hacer porque nadie puede darse el lujo de hacer una concesión al otro polo. El que lo haga es un tibio, diríamos por acá, y en el ambiente polarizado eso es costoso políticamente. La política se vuelve todo o nada.

Hasta ahora hay un elemento que no he discutido y que juega un papel protagónico en otras teorías: las redes sociales. Klein dice que hacen parte de la historia, pero no son determinantes. Lo demuestra de dos maneras: primero, la tendencia de la polarización creciente viene mucho antes del surgimiento de las redes sociales y, segundo, los datos muestran que otros países han visto que la polarización se mantiene o se reduce en los últimos años, lo cual sería inexplicable si las redes sociales fueran la explicación fundamental. Esto me gustó porque estoy convencido de que solo el pequeño grupo que sigue la política puede pensar que las redes sociales son las que determinan los comportamientos políticos en general. Puede ser que más adelante sea así, todavía no.

He presentado acá en mis propias palabras el trabajo de Klein. El lector más interesado debe ir al libro para hacer su interpretación propia. Esta presentación basta para ilustrar algunas críticas posibles. Por ejemplo, Klein no desarrolla bien hasta qué punto la polarización entre las élites implica realmente una polarización entre las “masas”. No es obvio deducir que, si los políticos están en una pelea, eso se traduce inmediatamente en que las “masas” se dividen. Muchas veces las peleas entre políticos son vistas como lo que son, pequeños problemas personales. O, al revés, la polarización entre las “masas” no implica que se polaricen las élites, como lo demuestra que tantos políticos profesionales saltan de bando en bando sin mayor problema, tan solo tomándose un momento para borrar trinos viejos cuando dan el salto. Los seguidores de esos políticos se ven en el problema de encontrar justificaciones rebuscadas a lo que se puede resumir en un par de palabras: oportunismo barato. Por otro lado, me pareció que su libro no desarrolla bien cuál es el papel de la economía en la polarización, al fin y al cabo, una lectura simplista pero influyente es que son las clases sociales, “los pobres y los ricos”, las que estructuran la confrontación política.

El libro me dejó pensando sobre Colombia. Yo no tengo claro aún cuál es el daño que hace la polarización en el nivel actual acá. No tengo duda de que existe y es significativa, basta con darse una pasada por alguna red social o ver alguna discusión familiar alrededor del petrismo o del uribismo, las corrientes más influyentes. Sin embargo, quizás en este país nos ha faltado algo de polarización: el proyecto uribista que se definió como el mayor polo del país al enfrentarse a las Farc, está agotado. Las inmensas mayorías que tenía el urbismo, aglomeradas principalmente por el odio a las Farc, se han diluido con el tiempo. Los políticos que estaban ahí se han ido reubicando o radicalizando: Santos, Vargas Lleras, De la Calle, Roy Barreras, Armando Benedetti y otros más. Esa forma de entender del mundo, o con Uribe o con las Farc, era propia de una democracia muy simple. Hemos venido viendo mayor variedad de visiones, en buena parte gracias al proceso de paz. Parece natural que haya polarización en esa búsqueda de volver más compleja la lectura de la sociedad. ¿Ya pasamos el punto en el que la polarización pasa de ser útil a ser dañina? Asunto de próximas columnas.

@afajardoa

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