Un reportero, por pura casualidad, descubrió la maquina de corrupción llamada Emilio Tapia

Samuel e Iván Moreno lo ayudaron a acaparar coimas cuando accidentalmente el periodista Jorge Gonzalez descubrió al delincuente que quiere enlodar a Abudinen

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octubre 20, 2022
Un reportero, por pura casualidad, descubrió la maquina de corrupción llamada Emilio Tapia

En abril de 2014 el nombre de Emilio Tapia Aldana no había aparecido nunca en letras de molde y su mención no le decía nada a nadie: ni a los investigadores judiciales, ni a los medios ni a los ciudadanos de a pie. Sin embargo, un azar del destino se encargaría de descorrer el velo que lo cubría como uno de los principales comisionistas de los negocios oscuros que se le atribuían ya al entonces alcalde Bogotá, Samuel Moreno Rojas.

Un reportero de una revista especializada en economía y negocios acudió un viernes de ese mes a una cita con una fuente en un escenario inusual para él: La Escuela de Caballería del Ejército, en Usaquén. La fuente le pidió al periodista que lo acompañara a una ceremonia militar que se realizaba allí y le prometió que luego lo llevaría a un encuentro con un abogado depositario de información documentada sobre la presunta financiación de campañas políticas en Colombia por parte del régimen venezolano de Hugo Chávez.

La oficina del abogado se encontraba en un edificio próximo a Unicentro, sobre la calle 127 de Bogotá. “Les agradezco que hayan venido, pero lamento decirles que este no es un buen día para trabajar el tema que les he propuesto”, saludó el abogado para decepción inicial de los visitantes. “Tendríamos que revisar muchos documentos y construir un mapa de casas de cambios y otros intermediarios financieros que mueven los dineros, pero hoy no tengo tiempo”.

“Si usted quiere, puede prestarme los documentos y yo los voy leyendo y vuelvo cuando usted me diga”, respondió el periodista con un atisbo de esperanza. Apenado por la insistencia, el abogado expuso la situación que se le presentaba ese día. “Quiero ayudarle, pero ayudarle bien, con tiempo. Hoy estoy corriendo porque un cliente, Cooperativas de la Sabana, me acosa para que les ayude con el cobro de 17.000 millones de un contrato de malla vial.

“¿Y la Alcaldía es mala paga?”, preguntó con curiosidad el reportero “No, lo malo para mis clientes es que hicieron el contrato a través de un intermediario que dice que paga cuando la Alcaldía le dé su comisión”. El rumbo de la conversación cambió abruptamente.

¿Cuál intermediario? ¿Cómo así que pago de comisiones en contratos públicos de la Alcaldía? Sí, el nombre de intermediario comisionista era Emilio Tapia Aldana. Cuando el periodista escribió el nombre en su libreta de apuntes el abogado le corrigió: “No es Tapias, con “s”, sino Tapia, como si fuera singular”.

Las supuestas garantías no eran tales de la deuda no eran tales. No había letras, ni pagarés, sino unas grabaciones hechas de manera subrepticia por el representante legal de las cooperativas y por el abogado de sus conversaciones presenciales y telefónicas con Tapia.

Fueron casi tres horas de ruego para que el abogado sacara de un cajón de su escritorio una de las memorias en las que estaban contenidas las grabaciones y dejara escuchar al menos un fragmento. Lo que el abogado permitió oír fue breve pero contundente. Se oía la voz de un hombre (según el abogado, Tapia) que decía que pagaría cuando el al alcalde y su hermano, el entonces senador Iván Moreno, cumplieran su parte en el acuerdo y le dieran su plata.

El fragmento, unido a la copia del contrato y documentos de cámara de comercio que revelaban que los contratistas no tenían el músculo financiero para ejecutar un negocio como el pactado, resultaban ser toda una bomba. La revista de economía y negocios se olvidó del tema inicial, la supuesta financiación ilegal chavista de campañas políticas en Colombia, y se ocupó de ir más a fondo en una investigación sobre el pago de coimas y saqueos contractuales que los medios terminarían bautizando como el “carrusel de la contratación”.

Una primera publicación, sin mayor despliegue y con la inhibición propia de una publicación que no se especializaba en temas escandalosos, fue suficiente para atraer más fuentes y generar un interés masivo en el tema.

El mismo día en que apareció la edición impresa de la revista, una joven caleña, atractiva y de buenas maneras, se presentó en las oficinas de la casa editorial. Decía ser la asistente privada de Tapia, recién despedida por anunciarle una demanda laboral por incumplimiento salariales. Para probarlo, llevaba una agenda personal de su exjefe en la que estaban relacionados sus compromisos habituales y también algunos documentos, entre ellos un contrato con una empresa de vuelos chárter que Tapia solía usar para sus viajes al exterior. Llevaba además copia de algunas facturas de pago de vuelos cuyo destino más frecuente era Miami. Según la joven varios de los viajes eran de farra, con invitados especiales, entre ellos personajes del jet set criollo.

Durante tres meses, antes de casarse con un fotógrafo con quien se radicaría en Europa, la joven fue la “garganta profunda” del medio porque varios de los documentos que entregó de manera dosificada servirían para el destape de numerosos entuertos de corrupción protagonizados por su exjefe.

Inicialmente renuente a hablar con el medio, Tapia decidió finalmente comunicarse. Citó a los periodistas a su oficina situada en el segundo piso de un edificio que se encuentra en la esquina suroccidental del Parque de la 93. Cuando el reportero y su fotógrafo llegaron, Tapia tenía dispuesta la mesa de su sala de juntas para un almuerzo con platos de un menú mediterráneo que terminarían por enfriarse.

Durante la entrevista, difícil por su renuencia a contestar lo que se le preguntaba, insistió en que comisiones e intermediaciones “hacían parte de la lógica empresarial moderna”. Pero insistía, eso sí, en que un corrupto no era.

El “menú” de su historia personal comenzó a conocerse entonces. La fiscalía y los medios pusieron los ojos en él y empezaron a hilvanar la historia completa de un hombre que comenzó como vendedor de electrodomésticos en su natal Sahagún hasta llegar a convertirse en el capo de la contratación gracias a la amistad que su familia tenía con los Moreno Rojas, dueños de un predio heredado de su abuelo, el general Gustavo Rojas Pinilla.

Es el mismo Tapia que desde la cárcel se las ingenió para meterse en las mallas de contratistas adjudicatarios del proyecto Centros Poblados y de Emcali. El mismo que por estos días tiene dando explicaciones públicas a la exministra Karen Abudinen.

Y el reportero que se encontró con historia de casualidad es el mismo que hoy Scribe esta crónica para Las2orillas.

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