¡Por el amor de Claudia!

"Ella no tiene que demostrarle nada al establecimiento, su compromiso es con el pueblo bogotano y no puede perderse en el camino"

Por: Héctor Peña Díaz
enero 07, 2020
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¡Por el amor de Claudia!
Foto: Twitter @ClaudiaLopez

"Enamorado de Claudia, pero no… la he conseguido" (Guillermo Buitrago).

Me impresiona la energía de Claudia López, es como un pequeño trompo que no para de bailar. Me recuerda a una muchacha del barrio, pila, juiciosa y cuadernera (nerd dirán en estos tiempos) que trabajaba de día y estudiaba de noche, que supo desde muy temprano en la vida que no había otra opción que quemarse las pestañas si quería subir esas escaleras infinitas que son la cerrada movilidad social, pues a menos que uno sea un bandido, en este país dominado por corruptos y avivatos, se le abren las puertas del dinero y el poder.

Ella (como yo, lo menciono y me incluyo por el orgullo de serlo) es hija de una maestra de escuela, algo que imprime carácter y es una experiencia extraordinaria para quien lo vive de cerca. Se le nota en su sencillez y constancia; en la seguridad con que discute los problemas. La percibo como una persona bien intencionada y de una inteligencia rápida para adecuarse al público o interlocutor que tenga al frente. Es una mujer valiente porque no le tembló la mano para develar con sus estudios sobre el terreno, apoyada en cifras y estadísticas, la alianza ominosa entre el paramilitarismo, la clase política y el narcotráfico, denuncia que le permitió a los jueces contar con una sólida base probatoria para condenar a muchas de las cabezas visibles de esa empresa criminal que pretendía refundar el país.

No se arruga, como decimos coloquialmente, ante ningún patriarca de la vieja política. Se ha enfrentado al uribismo y como no tiene rabo de paja lo hace sin temores, a pesar de las serias amenazas contra su vida. Sin embargo, la política es por naturaleza contradictoria y hacerla implica un ejercicio permanente de equilibrio y negociación. En este sentido, Claudia ha sido muy hábil para no dejarse encasillar en las coordenadas de derecha o izquierda y eso la hace un poco anfibia y camaleónica. Los verdes, a los que pertenece, más que un movimiento con perfiles ideológicos claros, es una franquicia política que alberga gente de muy diversa procedencia e intereses. Esa indefinición los puede llevar a constituirse en una nueva estafa política, solo que a diferencia de la que sufrimos y gobierna, lo que se pretende “vender” es una esperanza de cambio.

La ciudad espera a Claudia. Buena parte de sus habitantes tiene ilusiones de que las cosas pueden ser de otra manera, que la honestidad de la alcaldesa pueda darle la vuelta completa a una anomalía: que los dineros recuperados a la corrupción puedan ser invertidos enteramente en lo social. Eso sería una revolución. Claudia no tiene que demostrarle nada al establecimiento, su compromiso es con el pueblo bogotano y no puede perderse en el camino. La institucionalidad que ella defiende a capa y espada es una posibilidad y un límite. Las leyes, sus procedimientos, son algo que ningún gobernante puede soslayar, pero no se pueden convertir (y de hecho lo han sido) en una camisa de fuerza que impida el cambio.

Claudia recibe una herencia de complejos y ocultos intereses que pueden ser un desastre para su gestión en Bogotá. Un ejemplo: el metro. Ella dice que respetará los contratos (¿aunque sean leoninos?, pregunto) y adelantará las obras tal como se cocinaron por debajo de la mesa. Sea cual fuere la cuestión de la legalidad de todo ese proceso, lo que es inconcebible para un bogotano que ame la ciudad es que se intervenga su espacio histórico, la ciudad que se recuesta contra los cerros, mediante una línea de metro elevado a lo largo de la Caracas que destruiría los elementos orgánicos y ambientales que le dan su identidad. La nueva alcaldesa tiene que consultarle a la ciudadanía si eso es lo que quiere que se haga. Allí es donde estaría la clave y podría hacer la diferencia: el modo de relacionarse políticamente la nueva gobernanta con la gente que vive en la capital.

Lo que se hace en Bogotá repercute de una manera geométrica en todo el país, como si la ciudad fuera el epicentro de un terremoto. Claudia López tiene unas llaves del cambio, no puede desperdiciar esta oportunidad de oro y alinearse con los poderosos; no se trata de jugar al poder con unos jóvenes “privilegiados” que tienen más de un doctorado en las costillas; se trata de servirle exclusivamente al pueblo bajo su mandato y orientación. Si ello es así, estaremos millones dispuestos a apoyar esa política. Por el amor de Claudia, la ciudad cargada de decepciones y jóvenes rebeldes que marchan en sus calles, la espera. El idilio comienza el primer día del año, pero no debemos olvidar que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones y que muchas ilusiones terminan en tragedia. Dejemos el pesimismo y pensemos con el poeta Ernesto Cardenal que lo que está por venir "tal vez un día lo examinen eruditos, / y este baile de Claudia se recuerde por siglos".

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