Política: ¿ira, apatía o participación?

Hay todo tipo de personajes disímiles en este recoveco subdesarrollado de la viña del Señor, otrora consagrado al Sagrado Corazón de Jesús

Por: CÉSAR CURVELO
julio 26, 2021
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Política: ¿ira, apatía o participación?
Foto: Flickr www.audio-luci-store.it - CC BY 2.0.

Dentro de ese conjunto de seres humanos está el importante subconjunto de colombianas y colombianos, nacidos aquí o nacionalizados, que portamos cédula y no estamos encarcelados en una guandoca pagando una pena judicial ejecutoriada. Me refiero al conglomerado de más de 38 millones de almas habilitadas para sufragar en las cruciales elecciones venideras.

Se puede clasificar a ese tremebundo grupo de los votantes potenciales en tres clases, para efectos explicativos. Esto será a vuelo de pájaro, puesto que el tema da para una tesis de lomo gordo. El que por estar en determinadas particiones le caiga el guante, que se lo chante.

Una parte de la gente con mayoría de edad odia todo lo que huela a candidaturas o consultas populares. Es la del antipolítico, ese paria en su propia tierra que no asiste a votar y raja de la política con desprecio, vulgaridad y rabia. “Todos son cucarachas del mismo calabazo. Están cortados con la misma tijera. Son los mismos con las mismas”, espeta. Despotrica del asunto en tiendas, reuniones de familiares o amigos, encuentros ocasionales en pasillos, salas de espera, campos universitarios o en cualquier lugar donde las circunstancias le abran la ventana a su lengua viperina. Sus razones tendrá. Podría ser que alguna vez apoyó a un candidato a conciencia y este resultó ser un rapaz asaltante del erario, o le prometió un trabajo y no le cumplió. O una beca y luego no le dio ni media. O iba a arreglar la calle en que vive o vivía y luego el ingeniero que dio cara jamás volvió a dar señales de vida.

Para otra porción de los inscritos para sufragar esto del arte de gobernar le es olímpicamente indiferente. Ya no se trata del antipolítico, pero sí del apolítico. Tampoco se acerca a las urnas y le tiene sin cuidado si lo hacen quienes están a su alrededor. Hablando en términos de la despiporrada tauromaquía, ve los toros desde la barrera; o mejor, ni siquiera sabe dónde está la plaza ni le interesa saberlo. Ni fu ni fa. Ni negro ni blanco y tampoco un matiz grisáceo o de cualquier color. No es centrista, ni tibio, ni izquierdoso, ni derechuelo. A lo mejor no vive en el municipio o distrito en que sacó la cédula y ni se mosquea en inscribirla en un puesto de votación situado a una cuadra. Se encoge de hombros cuando le reprochan que por personas como él han ganado los que sabemos.

Esos dos grandes segmentos de ciudadanas y ciudadanos, los dos que acabamos de ver, conforman la masa de los abstencionistas. Son casi la mitad del padrón nacional. Este hecho es el argumento principal de quienes plantean que debería aprobarse el voto obligatorio como en el resto de Latinoamérica. Fíjate: solo Nicaragua y nuestro país son la excepción a la regla.

Los que bien, regular o mal participamos, y por tanto votamos, somos el resto, el cual a su vez se puede dividir en tres subcategorías.

Están, en el primer subgrupo, los que podríamos llamar desconcientizados, aquellas y aquellos tarambanas que rebajan su conciencia a vil mercancía. Son los vende-voto y los compra-voto, criminales que el día de las elecciones son como el espíritu santo: están en todas partes, pero nadie los ve. Pocos son los que han sido judicializados, procesados y condenados por este delito político. Son los del voto-bobo o voto-avivato, dependiendo del prisma con que se mire. Los hay orgullosos. “Hey, pisco, loco, parse: si voy, marco y muestro la constancia de voto, el  politiquero me da tal vaina o chanfaina. ¡Del chiras, bacano, súper, eh Avemaría pues!”, alardean.

Otro subgrupo lo conforman quienes “venden” el sufragio así, entre comillas. O sea que protagonizan el guion del contragolpe, el teatro de la doblecara, la pantomima alternativa: reciben lo que reciben dando vítores a “sus” candidatos y a “su” partido, ya sea por plata, puesto, contrato, media beca, tejas, arreglo de vía u otra obra vecinal, bolsas de cemento o botella de ron. “¡Qué carajo!”, exclaman en su oculto yo interior a la hora del té, y votan por otro. O anulan la tarjeta electoral, quizás poniendo cualquier frase de protesta o un dibujo vulgar.

Y ya vámonos de puntada final con nosotros, los del subgrupo bastante grande de partidarios inmancables que consideramos que marcamos los tarjetones a conciencia, los millones de activistas y simpatizantes de cualquiera que sea el partido, movimiento o grupo significativo de ciudadanas y ciudadanos. Que nos compra-convence el carisma de nuestros líderes y los múltiples beneficios sociales que podrían derivarse de la posibilidad de conseguir una paz política, alcanzar un desarrollo económico sustentable y construir un Estado en el que no se despedacen los erarios y no se exprima al pueblo con altos impuestos, tasas de valorización y peajes.

Te remato con mi caso: ha habido campañas en las que he sido cargaladrillos. Sí, he sido pegador de afiches, pintor de letreros, repartidor de volantes, convocador de reuniones, hablador en tiendas de esquina y de media cuadra, asistente a concentraciones y marchas de todo tipo, etc., etc., etc. Por decir algo, en las elecciones presidenciales de 1982 oficié como coordinador en el puesto de votación aledaño al cementerio católico, en Barranquilla. Ahí, desde las siete de la mañana, en una calurosa acera, bajo sombra de árboles.

Recuerdo que, terminado el conteo de votos en las tantas mesas, con unos compañeros me fui a pie a llevar el informe de votación a la sede central. Al pasar por la esquina de la carrera Hospital, 35, con la calle Manga de Oro, 50, había una casa con el frente lleno de afiches de Belisario Betancur. En la terraza había un combo de pelaos rotos que, al ver nuestras distintivas camisetas, empezaron a gritar como locos: “¡Galán es un galón, Galán es un galón!”

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