Sin partidos ni estructuras: el ocaso de la política en Colombia

Hay dos tendencias preocupantes: el sistema democrático en general es cuestionado. Y reluce un profundo vacío de liderazgo político. ¿Qué nos espera en 2022?

Por: Francisco Manrique
noviembre 09, 2021
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Sin partidos ni estructuras: el ocaso de la política en Colombia
Foto: Pixabay

En mi último blog mencionaba que hay dos tendencias muy preocupantes. La primera, que el sistema democrático en general está siendo cuestionado y atacado desde muchos frentes en el mundo. La segunda afirmación, que hay un profundo vacío de liderazgo político.

Estas dinámicas están teniendo varias consecuencias muy negativas. La narrativa imperante es cada vez más pesimista. La desconfianza hacia las instituciones, que sustentan la democracia, ha llegado a niveles históricos. La desorientación, polarización y el escepticismo de la población son la marca de esta época.

Pero lo más preocupante: la democracia se está quedando sin defensores que recuerden que, a pesar de sus debilidades, durante el siglo XX, el sistema democrático creó las condiciones para que el mundo experimentara la dinámica de crecimiento y avances más importante de la historia de la humanidad. Y como lo afirmaba Churchill, este sistema es el menos malo cuando se le comparaba con las alternativas del comunismo y el totalitarismo.

A pesar de los logros obtenidos, ya entrada la segunda década del siglo XXI, estamos viendo desarrollar una película muy preocupante en el mundo. La democracia está siendo atacada desde adentro y desde afuera sin que haya una reacción fuerte en su defensa. Y lo más preocupante es que en América Latina se ha convertido en el vehículo para llegar al poder y quedarse con él, desmantelando las estructuras que sustentan la misma democracia. Los casos de Nicaragua con Ortega, El Salvador con Bukele, Venezuela con Chávez y Maduro, Ecuador con Correa, Bolivia con Evo Morales y ahora el Perú con Castillo, así lo demuestran.

Cuando las encuestan premian con altos niveles de aceptación a dirigentes políticos, como López Obrador en México y Bukele el El Salvador, a pesar de que estén vulnerando profundamente piezas claves que sustentan la democracia, y lo hacen sin consideración a las consecuencias, no sorprende que las encuestas realizadas en muchos países de América Latina muestren un rechazo creciente hacia la democracia.

Este rechazo tiene un común denominador muy preocupante: el colapso de una estructura partidista sólida, que por muchos años, y a pesar de sus limitaciones, había servido de cadena transmisora para hacer funcionar las democracias.

Pero hay que recordar que una de las características principales que predominaron en la expansión de la democracia durante el siglo XX fue la consolidación de unos partidos políticos representativos y fuertes.

En los países que ha sido referentes, como los Estados Unidos, Inglaterra, Alemania después de la II Guerra, Francia, Canadá, Australia, entre otros, una de las funciones principales del sistema partidista, ha sido el de servir de puente entre las necesidades y expectativas de la gente con las instituciones del Estado y sus dirigentes. Pero también han sido los espacios para la formación y selección de quienes podían aspirar a liderar los destinos de un país.

Hay algo más muy importante: los partidos políticos se desarrollaron para interactuar entre sí, en el Congreso y en otros espacios de discusión y debate, donde se deben logran acuerdos (a pesar de las divergencias) sobre temas fundamentales que le permitan avanzar a la sociedad. Y en las democracias fuertes, estas dinámicas se logran dentro de un marco de reglas respetado por quienes participaban en las contiendas electorales y en las discusiones públicas.

En el contexto anterior, sirve para analizar el confuso y cada vez más preocupante panorama político colombiano de la actualidad.

En Colombia, se hacen cada vez más evidentes las consecuencias del desmantelamiento de la estructura partidista que sostuvo el sistema democrático, que se consolidó desde la independencia en 1819. Durante más de 160 años, los partidos Liberal y Conservador fueron los protagonistas principales del devenir de la política en nuestro país. Y a pesar de sus múltiples debilidades, eran organizaciones reconocidas, respetadas y acatadas, con procesos más o menos transparentes para formación y selección de sus líderes.

Hoy vemos con asombro que quienes aspiran a llegar a la presidencia de Colombia no buscan contar con el apoyo de los partidos tradicionales porque comulgan con una visión y unas ideas. De hecho, se considera que su apoyo es un lastre que puede hundir las aspiraciones de quien se atreva a aceptarlo. Un caso emblemático actual es el de Alejandro Gaviria con el Partido Liberal. Además de que son cascarones sin contenido ideológico que aporten al debate nacional, y cuyo único interés es electoral para poder ordeñar al Estado.

Por lo anterior, no es menos preocupante la formación de partidos de papel que solo sirven para dar avales para la inscripción de los candidatos en las campañas políticas. Pero cuando esta posibilidad no existe, la vía de escape para muchos aspirantes a cargos por elección es la búsqueda de firmas para distanciarse del sistema variopinto partidista electorero que hoy muestra la institucionalidad política colombiana. Esta realidad es la mayor manifestación del desprestigio y desconfianza al que han llegado los políticos y sus estructuras a los ojos de millones de colombianos.

El resultado es patético: más de 60 personajes, como el exalcalde de Bucaramanga, Rodolfo Hernández, quien supera en las últimas encuestas a personas con trayectoria serias como Juan Carlos Echeverri o Juan Manuel Galán. Y más patético aún es ver los niveles de favorabilidad menores del 4 % en los que se mueven la mayoría. De razón en ese panorama tan fragmentado Petro, con el 17 %, se sienta como el rey entre los pigmeos, como lo presentó la revista Semana hace poco.

¿Qué muestra esta situación? Un profundo vacío de liderazgo político en Colombia, que como el covid-19 ha infectado a toda la nación. Sin un liderazgo colectivo que sustente los partidos y un sistema que está siendo atacado porque no responde a las expectativas de la gente, no es de extrañar el desencanto, el escepticismo, la indiferencia, la desconfianza, la rabia que hoy acompañan los procesos electorales en toda la región.

El problema de esta situación es paradójico. Si creíamos estar mal, el remedio populista y autoritario, que es la solución que se vende desde los extremos del espectro político, termina volviendo el remedio peor que la enfermedad. Y el problema más grave es que el lobo disfrazado de oveja, usando las elecciones llega al poder, una vez adentro, se entroniza y acaba con las instituciones que le sirvieron para llegar a él.

Este es un libreto ya muy conocido que lleva más de dos décadas en desarrollo promovido por el Consenso de Sao Paulo, y que personajes como Petro quieren utilizar para llegar a la Presidencia de Colombia. Ha entendido que la debilidad de sus contrincantes actuales es una ventana de oportunidad única y la piensa explotar al máximo. Pero además, lo ha dicho públicamente para que no nos sorprendamos después.

El resultado es trágico en términos de destrucción de capital humano, institucional y económico, como lo muestra el caso de nuestro vecino Venezuela. Casi 6 millones de venezolanos fuera del país, un narcoestado enraizado y una oposición sin posibilidad de cambiar la situación hasta la fecha. Reconstruir ese país, suponiendo que caiga el régimen algún día, tomará muchas décadas, con daños muchos de ellos irreparables.

A pesar de que las señales de alarma se han disparado, de cara a las elecciones en Colombia el próximo mayo, este vacío de liderazgo de la dirigencia política se ha vuelto demasiado evidente. Los “enanos” caricaturizados por Semana han sido incapaces de hacer una demostración de liderazgo colectivo ante el país.

Hoy vemos expresidentes que se detestan, aspirantes políticos que dividen o que se sienten superiores a los demás. Todos sin excepción, de espaldas a una realidad que demanda orientación y ejemplo, pero que están ofreciendo todo lo contrario. Todos ellos están demostrando un nivel de irresponsabilidad histórica con el país.

Lamentablemente, el resultado lo podemos ver por anticipado en el Perú, donde llega al poder un desconocido qué pasó a la segunda vuelta con un porcentaje de votación muy bajita. Hoy, este señor, en alianza con exmilitantes de Sendero Luminoso y otras fuerzas marxista de extrema izquierda, quieren seguir la partitura de Venezuela, seguramente refinándola para garantizar el desmantelamiento de la democracia en ese hermano país.

¿Qué hacer ante esta debacle de la dirigencia política que no ha estado a la altura de los múltiples retos que enfrentamos como sociedad? Como lo señalé en el blog anterior, vamos a tener que arremangarnos otros actores de la sociedad para cambiar esta narrativa tan negativa que nos conduce al abismo.

Respecto a este tema iré escribiendo sobre las diferentes iniciativas en las que estoy participando, buscando aportar luces al final del túnel. Lo que no es admisible es permanecer espectador y mudo mientras nos están empujando a precipicio del cual va a ser muy costoso recuperarse de la caída.

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