¿Podría implementarse la renta básica universal en Colombia?

Si bien se podrían conseguir los recursos necesarios, se requiere voluntad política, cosa que no parece haber

Por: Gerardo Maria Varona Delgado
septiembre 01, 2020
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¿Podría implementarse la renta básica universal en Colombia?
Foto: Leonel Cordero

Hoy se considera la posibilidad de llevar adelante lo que se conoce como renta básica universal, que en realidad aún no se aplica de manera puntual en ninguna parte del mundo, pero sí el ingreso mínimo vital, que se ha implementado en algunos países con notable éxito: contribuye a paliar la pobreza, promover la libertad y aliviar la pesada carga que lleva a cuestas la población vulnerable y la clase media, donde también hay vulnerabilidad y por supuesto se evidencia la pobreza oculta.

Hemos importado de otros países y gobiernos, adictos al modelo neoliberal, la idea de la competitividad y el egoísmo que caracteriza al mismo. Por ende replicamos aquí de manera alegre el concepto de que son las personas las culpables de ser pobres, sin analizar en profundidad la complejidad del tema. A su vez omitimos la inmensa responsabilidad del fracaso actual que le cabe a los llamados dirigentes y a la sociedad que hace el juego a este concepto. Ahora bien, es preciso revisar y entender las consecuencias de la oprobiosa concentración de la riqueza, que significa abundancia para unos pocos y pobreza y miseria para la inmensa mayoría, como lo confirman agencias internacionales y el propio Dane cuando manifiestan que el índice Gini nuestro es muy elevado, lo que explica el alto grado de desigualdad en la distribución de la riqueza que caracteriza a Colombia.

Por otro lado, aún carecemos de estrategias pedagógicas que preparen a la gente a la autosubsistencia para paliar la pobreza. Los dirigentes en Colombia han sido por naturaleza proclives a abordar el tema de manera tangencial, recurriendo al asistencialismo, traducido en programas como Familias en Acción, Jóvenes en Acción y demás. Esto corrobora la mirada miope con la que se pretenden enfrentar problemas sociales de gran calado: un auxilio pírrico que no ataca el problema de raíz. Es por esa poca voluntad de los gobiernos que estas personas que deberían ser consideradas más como participantes que como beneficiarias no pueden salir de lo que podríamos llamar un gueto social.

Mucho antes de la pandemia actual ya eran ostensibles los protuberantes problemas de pobreza y desmantelamiento del Estado de bienestar en el mundo. No se puede olvidar que en Colombia la pobreza multidimensional afecta a 9,6 millones de personas, sin contar a los pobres como tal, situación a menudo causada por la liviandad moral e intelectual de la dirigencia y el apego estricto al modelo neoliberal, lo que ha multiplicado la precariedad laboral, sanitaria y social.

Se vienen instalando programas de ingreso mínimo vital en Holanda, Noruega, Irán, España (recientemente avalada por Podemos) y Estados Unidos, donde incluso y contra todo pronóstico fue avalada por Silicon Valley. En los últimos tiempos, estos programas están consolidándose para afianzar y proteger a los pueblos, paradójicamente, siendo esta una medida de corte eminentemente social, es acogida por vertientes políticas antagónicas y que están de alguna manera coincidiendo, aunque por diversas razones. Sabemos que el capitalismo se basa en la libre compra y venta de mercancías, y que un programa de esta naturaleza podría verse contrario a la filosofía del modelo económico; es decir, retribuir a la gente independientemente de que produzca o no. Por eso no ha tenido eco en países como el nuestro, donde aún no concebimos que la riqueza del país es un patrimonio colectivo y que entronizar un programa de estos no solo mitigaría la problemática social, sino que podría mostrarse el pretendido rostro humano del capital, además de desmontar programas asistencialistas que no solucionan mucho, sino que multiplican y mantienen latente la pobreza.

Así pues, el ingreso mínimo vital es por naturaleza una herramienta óptima para mitigar la desigualdad. Los recursos se pueden lograr, lo que se requiere es voluntad política. Como es un programa ambicioso, los recursos podrían venir en primera instancia de una reforma tributaria estructural que suponga la redistribución de la renta de los más privilegiados y que rectifique sustancialmente la anterior: hacer algo con la perniciosa exención de impuestos (transferencia de riqueza pública a los privados), hacer que tributen de manera justa los más pudientes, hacer que se aumenten los gravámenes a la riqueza (no el 1% sino el 10 o 12%, como lo hacen en los países donde ya se desarrollan esos programas), hacer que se aumenten los gravámenes a la herencias millonarias, etcétera.

Sin embargo, siendo realistas no creo que este programa se dé en la actual administración. Lastimosamente habrá de postergarse. Será tiempo oro que se pierde en calidad de vida. Aun así, tarde o temprano será menester implementarlo, además por la creciente automatización y revolución tecnológica, que podrían aprovecharse para dignificar la vida y no para pauperizarla. Es preciso cambiar o remozar las ideas, muchas de ellas arcaicas e inveteradas, y desde luego adelantar campañas para controlar el crecimiento de la población y así no neutralizar los esfuerzos.

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