¿Poder versus capitalismo?

¿Pasamos de la omnipotencia del libre mercado al ejercicio frentero del poder por el poder mismo, cuya herramienta elemental es el terror, la fuerza y la violencia?

Por: Jorge Ramírez Aljure
agosto 11, 2020
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¿Poder versus capitalismo?
Foto: @realdonaldtrump

Cuando menos lo esperábamos, el dominio del capitalismo —no de la ciencia económica como tal, que es otra cosa— sobre la realidad que alimentara el neoliberalismo durante los últimos cincuenta años en la vida del mundo ha encontrado un serio enemigo en lo que —pareciendo opuesto— termina logrando resultados económicos controvertibles para quien lo practica.

Es la aplicación del poder por quienes lo tienen, no sabemos exactamente si muestra de su capacidad bélica o su riqueza actual, que se entenderá como capitalista, o resultado de las dos como ha sido en toda la historia de la humanidad. Lo cierto es que hemos pasado de la omnipotencia del libre mercado para dirimir los asuntos de la economía y la vida para reemplazarlo por el ejercicio frentero del poder por el poder mismo, cuya herramienta elemental es el terror, la fuerza, la violencia.

Probablemente porque el mercado dejó de ser, al menos para los Estados Unidos, el instrumento suficiente para enfrentar un capitalismo inesperado como el chino, que resultó demasiado competitivo y peligroso políticamente para mantener el consenso dentro de Occidente sobre su supremacía absoluta. Afincada en los organismos de toda índole que lo rigen, que incluye, por supuesto, el agradecimiento obligado de la Unión Europea y Japón, gracias a los programas de reconstrucción y ayuda que los gringos les proporcionaron después de la segunda guerra mundial.

Reconstrucción y ayuda que dentro del capitalismo —como lo tienen hoy claro diferentes economistas, incluidos Premios Nobel como J.Stiglitz y A. Deaton— son en gran parte engañosas, pues quien las suministra generalmente consigue como contraprestación mucho más de lo que entrega. Una carga histórica que ha llevado a los europeos a permanecer neutrales e incluso a acompañar muchos de los excesos cometidos por Estados Unidos en los últimos tiempos, pero que los debe tener pensando en las consecuencias inevitables que se precipitarían de complicarse, ante una pasividad demasiado larga de su parte, la persecución contra una China que al menos ha querido comportarse de manera racional ante la agresividad manifiesta del gobierno Trump.

Y no solo de Trump. En la historia reciente recordamos guerras contra Afganistán, Irak, Libia y finalmente Siria adelantadas por otros presidentes que blandiendo las banderas de la venganza engalanadas de lucha contra el terrorismo y en favor de los derechos humanos, librarían a los países de sus infernales mandatarios. Que previamente calificados por medios de comunicación mundiales de dictadores poseedores de armas letales, cuyas inminentes ataques a la democracia occidental obligaban a los amantes de la libertad, y por ende a su legítimo y único bastión, EE. UU. —apoyado por Europa y las naciones libres— a invadirlos sin que la ONU —el árbitro escogido previamente para evitar estos abusos— pudiera hacer algo para detenerlos. Y mucho menos evaluar las causas o revelar los intereses claramente económicos y políticos como apoderarse del petróleo de las víctimas e influir desde los países ocupados para mejorar sus posiciones estratégicas respecto al poder y el comercio globales.

O, como lo ha hecho últimamente, ejecutar amenazas militares y bloqueos comerciales contra Irán, o montar regímenes virtuales contra Venezuela, sancionando a quienes los saluden o comercian con ellos, recordando siempre, por sí y ante sí, el carácter terrorista y totalitario de sus gobiernos. O aumentar aranceles, presiones políticas y finalmente persecuciones contra China, primero con empresas como Hauwei —secuestro incluido de su presidente— por compartir conocimientos con empresas estadinenses, u obligándolas, como el caso de Tik Tok, a venderla a una de sus multinacionales para poder funcionar dentro de Estados Unidos.

Decisiones desmedidas y arbitrarias que echan por tierra cualquier principio de productividad, competencia y libre mercado sobre los que descansa la validez del capitalismo, remplazados por un supuesto proteccionismo donde so pretexto de amenazar la seguridad nacional y la economía de Estados Unidos, se toman decisiones altamente controvertibles contra empresas chinas con las mismas características que tienen las norteamericanas.

Queda la impresión de que Estados Unidos no previó, quizás por su excluyente reconocimiento al tipo de libertad occidental que maneja y que cohabitaría con su tipo de capitalismo, que China llegara tan lejos sin que aflorara en su pueblo el deseo de libertad prefabricado por ellos: el rechazo general a la dictadura del partido comunista chino y la caída del gobierno de Beijing para —rememorando la destrucción de la URSS— entregarse con sus ganadores al juego del mundo en el que se considera único líder.

Por el contrario, ha visto durante todo este tiempo que su espectacular desarrollo económico ha llevado, sobre todo a su juventud, a pasear las llamadas democracias desarrolladas, a adquirir y disfrutar sus bondades excesivas para quien tiene dinero, y volver a su país sin que lo visto repercuta de manera importante sobre sus nacionales como para cambiar la historia. Y antes bien jugar la carta de convertirse en poco tiempo en la primera economía mundial, superando la hasta ahora conocida, con el convencimiento de que ser chino es más importante que disfrutar el derroche que han visto.

Y si este es el panorama entratándose de una potencia, ¿cuál puede ser el que debamos enfrentar quienes, como los latinoamericanos, hemos permanecido a la vera del camino tanto del poder como de la economía? De entrada se nos trató de malandrines, ladrones de la riqueza norteamericana e indignos de ingresar a los Estados Unidos, para ahora aterrizar en algo insólito dentro de un mundo supuestamente libre y capitalista, conceptos intrínsecamente dependientes en el mundo anglosajón, que deben tomarse como absolutos por el resto del mundo.

Y es que mediante una Ley de Aclaración Antiterrorista de 2018 del señor Trump que —como todo lo hecho por Estados Unidos bajo este sesgo, se atiene a sus propias consideraciones y alcances con total desprecio por lo que en materia de dignidad y derecho razonables haya adelantado el resto de la humanidad— ideologiza, identifica, juzga y condena no a prisión si hay plata, sino a pagar en dólares a quienes considera han faltado a dogmas sobre cómo debe comportarse el mundo a sus pies.

Y que como en el caso de Venezuela, su rigor llega a extremos risibles, como le ha pasado a un venezolano rico en los últimos días, el señor Samark López, que vio afectados sus depósitos guardados en bancos gringos en la no pequeña suma de 53 millones de dólares, que podrían llegar hasta 300 millones de los mismos verdes si continúa la petición por parte de los afectados, para indemnizar a tres ciudadanos gringos secuestrados en Colombia por las Farc hace tiempo.

Que como no encontraron cómo cobrárselos a la guerrilla por falta de plata, recurrieron a este mal parqueado capitalista para hacerlo, con el argumento de que por ser amigo de un alto funcionario del gobierno venezolano, Al Aissami, calificado de narcoterrorista y amigo de las Farc, debía asumir la indemnización que solicitaban los plagiados por estas.

Plagiados que, a lo sumo sabemos, son empleados de empresas privadas especializadas en seguridad contratadas por el gobierno o el ejército para cuidar la seguridad nacional de los Estados Unidos, una modalidad posterior a la derrota en Vietnam que busca eludir responsabilidades políticas y militares por parte de los gobiernos gringos con respecto a sus tropas en todo el mundo.

Sin que se pueda adelantar qué pitos tocaban en tierras ajenas y menos en las selvas profundas de Colombia, porque son acciones desconocidas para la mayoría de sus ciudadanos, aunque demasiado claras para unos cuantos compatriotas que las utilizan para permanecer vigentes políticamente y conducirnos como un simple apéndice de la potencia del norte.

Por lo que habrá que mirar con mucha atención, en el caso no solo de los colombianos sino de todos los latinoamericanos, este desafuero del poder en desmedro del capital y los derechos inherentes a sus poseedores, pues incluso cualquier afinidad, por pequeña que sea, con cualquiera de los miles de millones de seres humanos que ellos han graduado como enemigos, puede estar condenándolos sin apelación a perder los capitales grandes o pequeños para indemnizar seres intocables como los ciudadanos gringos.

Muy bien moverse bajo las leyes del mercado y mejor aún hacerlo bajo la supervisión de este por el Estado, pero absolutamente riesgoso bajo el poder por el poder mismo de un imperio urbi et orbi, que, aún con convicciones afines a su libertad y capitalismo, puede hacer que terminemos pagando por lo que no nos hemos comido.

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