Plegaria en Tierra Santa

Han pasado 68 años de la Nakba: cómo olvidar esta catástrofe palestina

Por: Jaime Jurado Alvarán
mayo 27, 2016
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Plegaria en Tierra Santa

Aún humeaban las cenizas de la Segunda Guerra Mundial y miles de colonos judíos se unían en Palestina ,a los que desde décadas atrás se fueron asentando en ese rincón del Oriente Medio, por esas calendas bajo ocupación británica disfrazada de mandato de las Naciones Unidas. El holocausto de los judíos de Europa en los campos de exterminio nazis, los esfuerzos coordinados de las organizaciones judías en el mundo y el apoyo de las principales potencias mundiales, llevó a la Organización de Naciones Unidas a dictar en 1947 la resolución 181 sobre la creación de dos estados en esa tierra histórica: uno que albergaría a la comunidad judía y otro a los árabes palestinos, residentes allí desde tiempos inmemoriales.

Al año siguiente, el 15 de mayo, nacía el flamante estado de Israel y de la disposición internacional solamente se cumplió una parte, ya que los palestinos no solamente no tuvieron su estado sino que fueron despojados de sus tierras. Las milicias sionistas, convertidas en ejército del nuevo país, atacaron ciudades y pueblos, destruyendo más de 530 aldeas y asesinando alrededor de 13.000 palestinos. En medio de la primera guerra árabe-israelí que concluyó con la victoria de Israel frente a tropas de varios países árabes, la gran perdedora fue la población palestina, ya que 750.000 huyeron al exterior y los que permanecieron quedaron convertidos en ciudadanos de segunda categoría.

Según datos de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos, estos son el grupo de población que durante más tiempo ha estado y permanece en el exilio. Aproximadamente una tercera parte de los refugiados del mundo pertenece a esa nación. Son 5,1 millones de personas, de las cuales 1,4 millones viven hoy en los campos de refugiados existentes.

Después de casi setenta años aún hay personas que siguen viviendo en tales campos o han nacido en ellos, siempre con la esperanza de retornar a sus hogares o a los de sus ancestros. Entre ellas es costumbre sagrada tener guardados en un lugar secreto, cuya ubicación se transmite de generación en generación, los documentos de propiedad y las llaves de las casas de las que fueron desalojados violentamente por los días de lo que constituye la gran desgracia nacional, la “Naqba” o catástrofe que todavía continúa y no da señales de tener un fin pronto.

Los conflictos posteriores no hicieron sino agravar la situación de este pueblo, especialmente la llamada guerra de los 6 días, en 1967, cuando el ejército israelí demostró nuevamente su poderío y se apoderó de más tierras ancestrales árabes y de todo Jerusalén, que en las resoluciones originales de la ONU se concebía como una ciudad con un estatus especial bajo administración internacional. Así Palestina quedó reducida a su mínima expresión, ocupada brutalmente y dividida en dos zonas sin conexión entre sí (la ribera occidental o Cisjordania y la Franja de Gaza). El despojo no fue solamente contra Palestina ya que también Egipto perdió la península de Sinaí, en tanto a  Siria se le arrebataron los Altos del Golán.

Entre tanto, ante la rebelión palestina y la presión internacional, después de arreglos con Jordania y Egipto (pactos de Camp David en 1978), Israel se vio obligado a negociar y surgieron los acuerdos de Madrid y Oslo en 1993 que concedían una autonomía limitada a los palestinos, pero sin una verdadera independencia y sin que se pusiera fin a las colonias judías en sus tierras.

En la ribera occidental Israel continúa con sus actividades coloniales, se apodera de fuentes de agua, destruye viviendas, establece numerosos retenes y puestos de control. Como si eso fuera poco, a pesar de la condena de la ONU,  continúa la construcción de un infame muro de 700 kilómetros de largo que serpentea en el territorio palestino para proteger las colonias de israelíes instaladas dentro de él y separa pueblos y familias árabes.

Por su parte, en Gaza, en apenas 360 kilómetros cuadrados se apiñan millón y medio de personas, el 70% de la gente está desempleada o no cobra un salario y más del 80% de la población depende de la ayuda humanitaria de la comunidad internacional. Además se convirtió en la cárcel a cielo abierto más grande del mundo ya que la potencia ocupante la tiene bloqueada e impide el ingreso de alimentos y medicinas.

Incluso se obstaculiza la entrada de materiales para la reconstrucción de las viviendas y edificios destruidos por los despiadados bombardeos a los que los han sometido las crueles operaciones militares israelíes, entre ellas la agresión de 2008 que en forma cínica el gobierno agresor denominó “Operación Plomo Fundido”.

Otra muestra diciente y extrema de esa política fue el ataque a la “Flota de la Libertad”, compuesta por 6 barcos en los que viajaban 633 personas de 37 países, con 10.000 toneladas de ayuda humanitaria para la población de Gaza. Su barco insignia, el Navi Mármara, de bandera turca, fue abordado violentamente por militares israelíes el 31 de mayo de 2010 en aguas internacionales del mar Mediterráneo con el resultado de diez activistas muertes y treinta heridos.

Defensa de Palestina no es antisemitismo

Con frecuencia los círculos gobernantes de Tel Aviv tachan de antisemita o enemigo de Israel a quien critique las políticas de ese estado.

Sin embargo, la justicia impone no solamente cuestionar la ocupación, la agresión y la política de colonización de tierras palestinas sino la legitimidad misma del “Estado de Israel” y sus fundamentos. A pesar de que sus gobernantes presentan a su país como el único democrático del Medio Oriente, no parece muy compatible con el canon democrático que supone igualdad para todos los ciudadanos el proclamado carácter “judío” de ese estado, lo que implica un basamento nacional-religioso que inevitablemente lleva a una posición secundaria para quienes pertenecen a etnias o confesiones diferentes al judaísmo, principalmente los árabes palestinos, que constituye el 21% de la población total.

Cuestionar la legitimidad del estado de Israel no es necesariamente antisemitismo. Inclusive existen corrientes judías que consideran que no es válida una entidad originada en los vaivenes de la política y las guerras, producto de la violencia, que se mantiene en guerra permanente con sus vecinos. El historiador judío Yakob M. Rabkin en su libro “La amenaza interior: historia de la oposición judía al sionismo”, destacado representante de esa tendencia, desconoce la validez del actual estado y sostiene que la redención del pueblo de Israel debe ocurrir en el futuro como obra divina y resultado de la fe, la justicia, la misericordia y la actitud pacífica de los judíos como pueblo de Dios. Por ende condena la práctica arrogante y agresiva de un estado que se atribuye la representación de todos los judíos del mundo y los convierte en rehenes de esa política, al grado que hoy el lugar más peligroso para un judío en el mundo es precisamente Israel.

En todo el planeta existen organizaciones judías de oposición a las políticas del estado de Israel, que claman por la transformación de Israel en un estado laico, y que no aceptan las matanzas perpetradas en su nombre. En el interior mismo de Israel hay voces que piden un cambio de política. El caso más reciente es el general Yaalon, hasta hace poco ministro de Defensa, quien permitía la libre expresión de los altos oficiales bajo su mando y se oponía al ingreso al gobierno de sectores caracterizados por su posición extremista frente a los árabes. Por cierto, esto le valió su destitución y el primer ministro Netanyahu nombró en su reemplazo a un verdadero halcón, al ultranacionalista Abigdor Lieberman, líder del partido de extrema derecha ultranacionalista Israel Beitenu (Israel Nuestra Casa), conocido por haber propuesto la pena de muerte para los palestinos que se resistan a la ocupación.

Otro ejemplo lo protagoniza el subcomandante de las fuerzas armadas, general Yair Golan, quien manifestó recientemente, en el Día Nacional de Conmemoración del Holocausto: "Me atemoriza ver vestigios entre nosotros de las espeluznantes tendencias que reinaban en toda Europa y especialmente en Alemania hace 70, 80 ó 90 años". Poco antes, el mismo militar, al comentar un incidente en Hebrón, Cisjordania, en el que un soldado israelí le disparó en la cabeza a un palestino herido que estaba en el suelo, había expresado: "No todo lo que hacemos es correcto".

Es entonces válido inquirir qué tan democrático es un gobierno que dinamita las casas de los palestinos acusados de cometer actos en su contra, que mantiene en detención administrativa a cientos de prisioneros durante períodos prolongados, sin llevarlos ante los jueces. Esto sin mencionar el incumplimiento de las resoluciones de la ONU que le exigen poner fin a la ocupación, a los asentamientos de ciudadanos suyos en las tierras ocupadas y a cesar la construcción del muro en Palestina.

Otro punto inquietante es el hecho de ser Israel el único gobierno que tiene armas atómicas en la región del Medio Oriente, lo que es aumenta el riesgo para la paz en una caracterizada por la existencia de graves tensiones.

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En versos transidos de dolor, el poeta más representativo del pueblo palestino, Mahmoud Darwish reclamaba para su patria cautiva (“pequeña cual gramo de sésamo, piedra preciosa que resplandece a lo lejos iluminando su entorno mientras sus habitantes en ella se ahogan sin cesar”), “la libertad de morir consumida de amor”.

El mundo no puede ser sordo a este llamado. No debemos dejar que las llaves de los hogares de los abuelos palestinos se oxiden por siempre jamás bajo tierra ni callar ante el desastre que condena al infierno en la tierra a un país que merece, como todos, “un techo de nubes y un horizonte celeste”.

 

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