Petro y el efecto lupa

"Consiste en aumentar de manera exagerada sus errores o defectos, varios construidos a través de leyendas urbanas; y, por otro lado, reducir a nanómetros cualquier gestión"

Por: Elmar Darío Pautt Gutiérrez
mayo 18, 2018
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Petro y el efecto lupa
Foto: EFE/LEONARDO MUÑOZ

Gustavo Petro no solamente ha logrado desfigurar la tranquilidad y paciencia de candidatos presidenciables sino que también, sin pretenderlo, ha llevado a algunos periodistas al extremo de cambiar preguntas por sindicaciones, interrogantes por suspicacias y análisis por señalamientos.

Este comportamiento atípico, en un país acostumbrado a tener en el punto de partida los mismos apellidos y grupos políticos, con algunas remodelaciones de fachada, pero idénticos idearios y propósitos, ha mostrado una faceta inhabitual en quienes adquirieron el compromiso de informar imparcialmente. Es más, de educar, entendiéndose que por naturaleza el comunicador y periodista debe ser una persona, al menos, medianamente culta.

Y nombro el caso específico no con el ánimo de hacer proselitismo político en esta nota; no me interesa en lo absoluto. Lo toco porque no deja de llamar la atención la manera cómo en algunos medios se ha venido tratando el debate; al extremo de que los entrevistadores terminan evidenciando una animadversión que los rotula como "ignorantes voluntarios" en varios temas de país.

Asuntos como la problemática en Tumaco, municipio del Pacífico colombiano, o la tendenciosa pregunta, que si los proyectos son para ejecutar en cuatro años han sido enfocados de manera equivocada llegando al extremo peligroso de la desinformación.

En el caso del Pacífico colombiano, cuando el candidato se disponía a explicar las razones que han contribuido a su descomposición socioeconómica, la periodista de un medio nacional lo interrumpe aseverando, de manera irresponsable, que la explicación sobraba por ser de público conocimiento.

Ignora ella que las entrevistas periodísticas a personajes de cualquier sector de la comunidad científica, deportiva, cultural, artística, no están destinadas para informar e instruir a los comunicadores. El primer propósito, y el más importante, es informar y educar a la sociedad.

¿Qué tanto puede saber la ama de casa, el mecánico, el médico, el vendedor ambulante, la arquitecta, la abogada, el ejecutivo, con el tiempo suficiente para el hogar y otros quehaceres, del origen de la problemática actual en muchas regiones del país?

Los debates deben ser espacios fértiles para que, sin excesiva profundidad, pero con suficiente tiempo, el pueblo pueda enterarse de la simplicidad o complejidad que representa un sector de su patria y los demás temas que le atañen.

Ahora bien, la suspicacia al preguntar que si en cuatro años es posible cumplir con su programa de gobierno, de ser elegido, es una pregunta torpe, aparentemente.

Sugerir que las propuestas que se plantean en un programa de gobierno, vengan de quien vengan, deben ejecutarse en un cuatrienio, como lo sugirió Darío Arizmendi, expone una condición cortoplacista y retardatoria; es la demostración más clara de que en este país no existe la concepción de un propósito nacional alrededor de lo fundamental, como si lo ha logrado Chile en el mismo continente.

Basta echar un vistazo a desempeños económicos de algunos países, varios más jóvenes que Colombia, para comprobar que en ninguna parte se han resuelto los problemas esenciales en un cuatrienio ni en un decenio. Ha sido a través de procesos y compromisos políticos bien intencionados.

Andrés Oppenheimer, autor de Basta de Historias, hace una excelente selección de países que en décadas, adoptando políticas económicas claras y cimentando su desarrollo en la educación, ocupan los primeros lugares del mundo.

El país con la educación de más alta calidad es Finlandia; hace algunos decenios el más pobre del norte de Europa. Hoy en día, según Oppenheimer, está en los "primeros lugares del ranking de competitividad internacional". El éxito de su desarrollo es la educación.

Singapur en cincuenta años, tiempo aproximado que duró el conflicto armado con las Farc, elevó la calidad de vida de sus habitantes y es reconocido como uno de los países con mayor riqueza per cápita; el año pasado, según BBC Mundo, era la ciudad más próspera del planeta (Ciudad-Estado).

En 1950, Corea del Sur tenía como ingreso per cápita anual la suma de 900 dólares. Hoy está cerca a los 30.000 dólares anuales. Es la economía número 11 a nivel mundial por volumen del PIB, según Datosmacro.com.

Chile, lo destaca Oppenheimer, va "rumbo al primer mundo". De las estrategias más inteligentes que adoptó fue identificar los sectores productivos prioritarios en los que se podían presentar ventajas competitivas a través de la innovación; avicultura, fruticultura, alimentos procesados, servicios financieros, servicios de tecnología de la información, agricultura, turismo y minería del cobre fueron los principales.

En el 2015, luego de una dictadura reciente, presentó un PIB per cápita de 23.564 dólares, en Colombia en el mismo año fue de 13.794 dólares.

(Los anteriores ejemplos no explican ni justifican sistemas políticos de ninguno de los países relacionados. Ejemplifican el tiempo que puede durar implementar políticas de gobierno dentro de un proceso).

Podría continuar, pero son interminables los ejemplos.

Petro ha originado en algunos periodistas un fenómeno que he denominado el efecto lupa. Consiste en aumentar de manera exagerada sus errores o defectos, varios construidos a través de leyendas urbanas; y, por otro lado, reducir a nanómetros cualquier gestión exitosa.

Algo similar ocurrió cuando el esnob afectó la campaña de Antanas Mockus. Un sector de la prensa aprovechándose de su rechazo a la demagogia y su dificultad para comunicarse verbalmente lo atacó de manera frontal. Hasta convertir algunas situaciones en motivo de burla, ridiculización, logrando opacar capacidades que lo hacían elegible.

El periodismo, en una verdadera democracia, tiene su prueba de fuego cuando en un proceso electoral tiene que decidir entre influir en la decisión de los electores o limitarse a informar junto con análisis justos y equilibrados. Aquí se gana el respeto o se pierde la confianza.

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