Cuando el poder se enfoca en administrar percepciones y no realidades, la sociedad queda huérfana. Se hace urgente asumir el presente sin culpar a los demás

 - Petro se dedicó a gobernar mirando los errores de sus antecesores, sin responder por los propios

Hay gobiernos que no llegan a administrar el presente, sino a explicarlo desde el pasado. Lo convierten en refugio, en excusa, en narrativa permanente. No llegan a gobernar lo que tienen enfrente, sino a corregir lo que —según dicen— otros dañaron. Y en ese gesto, que al comienzo puede parecer legítimo, se instala una lógica más profunda: la de un poder que nunca se siente obligado a responder por el ahora.

Colombia empieza a moverse peligrosamente en ese terreno. Las tarifas de energía siguen asfixiando al Caribe, el sistema de salud se desordena entre deudas y esperas interminables, el déficit fiscal crece sin que haya una conversación clara sobre sus límites, la inseguridad deja de ser una percepción y vuelve a ser una experiencia cotidiana. Todo ocurre al mismo tiempo, con la misma constante: la explicación siempre apunta hacia atrás. El pasado aparece como origen de todos los males y, al mismo tiempo, como justificación de todas las demoras.

No es un accidente. Es una forma de ejercer el poder. Una lógica donde gobernar consiste en sostener un relato más que en resolver una realidad. Desde la psicología política, ese comportamiento ha sido estudiado bajo una categoría incómoda: la tríada oscura. No como diagnóstico clínico, sino como una combinación de rasgos que, amplificados por el poder, terminan moldeando la forma de gobernar.

El narcisismo introduce la idea de redención. El líder no administra; corrige la historia. Bajo esa mirada, los problemas dejan de ser fallas de ejecución y se convierten en herencias inevitables. La reforma que no avanza, el desorden fiscal, la violencia que no cede, todo encuentra una explicación en el pasado. El presente queda suspendido, como si todavía no fuera responsabilidad propia.

El maquiavelismo aporta el cálculo. La narrativa se adapta, se reorganiza, se dirige según el interlocutor. Lo que en un escenario es culpa de un modelo anterior, en otro se presenta como consecuencia de resistencias o sabotajes. El discurso no busca necesariamente explicar, sino sostener coherencia interna en quienes lo escuchan. Gobernar empieza a parecerse más a administrar percepciones que a corregir problemas.

Y hay un tercer elemento, más silencioso, que permite que todo lo anterior funcione sin fricción visible. La distancia frente a las consecuencias. Los números están ahí: hospitales colapsados, cuentas fiscales presionadas, regiones enteras pagando energía como si fuera un lujo, territorios donde la seguridad se deteriora. Nada de eso es invisible. Lo que ocurre es que pierde urgencia. Se vuelve dato, argumento, parte del relato. La realidad deja de incomodar lo suficiente como para obligar a corregir.

Lo inquietante es que esta combinación no pertenece a una ideología. No distingue entre derecha o izquierda. Ha aparecido en distintos momentos, con distintos discursos, bajo distintos liderazgos. Cambian las palabras, se mantiene la lógica. El poder encuentra siempre una forma de evitar el peso del presente trasladándolo hacia el pasado.

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Y ahí es donde la discusión deja de ser sobre un gobierno y pasa a ser sobre una cultura política. Porque cuando la explicación permanente es el retrovisor, el país empieza a acostumbrarse a que nadie gobierne del todo. Se posterga la rendición de cuentas, se diluye la responsabilidad, se instala la idea de que siempre hay una justificación disponible.

La energía no se abarata mirando hacia atrás. La salud no se ordena culpando modelos anteriores. El déficit no se corrige explicando decisiones de otros gobiernos. La seguridad no regresa con diagnósticos reiterados. Todo eso exige algo más incómodo: asumir el presente sin intermediarios.

Al final, no se trata de identificar un gobierno ni de encasillar un liderazgo. Se trata de algo más exigente: la capacidad de una sociedad para obligar a que quien gobierna responda por lo que ocurre mientras gobierna. Porque cuando el retrovisor se convierte en el único espejo, el país deja de verse a sí mismo en el momento en que más lo necesita.

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