Opinión

Personigramas políticos, redes, agenda

La larga la lista de presidenciables 2018 se enreda en internet y las redes sociales donde el microchisme supera el análisis de lo que representan

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marzo 06, 2017
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Los mensajes políticos a través de las redes sociales y las reacciones a ellos se han convertido en una secuencia de microchismes y eslóganes que nos dejan la ficción de estar bien informados.

Ya suenan los nombres y las alianzas de cara a las elecciones del 2018 en Colombia. Aunque aún falta un largo trecho, ya se especula acerca de quiénes pasarían a la segunda vuelta, qué alianzas se tejerían. Las primeras encuestas presentan índices de favorabilidad y pareciera que el escándalo de Odebrecht  golpea la credibilidad del Gobierno y del Centro Democrático por parejo.

Son numerosas las personas en la lista de los elegibles. Sin embargo, es poco el interés por analizar lo que representan. Nos interesa el personigrama político y poco las prioridades de la agenda del país.

Las encuestas hablan de la corrupción como principal preocupación; entonces, piensan los políticos, hay que priorizar la lucha contra ella. Se ha convertido en lugar común, banal. Wilmer González, elegido gobernador de la Guajira a fines del 2016 como alternativa a la secuencia fatal de gobiernos corruptos, terminó preso a los tres meses… por corrupción, en un departamento en el que niños de la alta Guajira mueren por desnutrición.

La ausencia de planteamientos de largo plazo de parte de los políticos, del orden nacional y regional, ha sido crónica. Es claro, por otra parte, que las buenas maquinarias electorales, bien aceitadas, requieren más de mermelada que de argumentos. De modo que las observaciones siguientes se refieren a lo que suele llamarse el “electorado de opinión”, más común en centros urbanos que, digamos, en las zonas de votantes cautivos a quienes se seduce por otros medios.

Las formas de comunicación de hoy eran impensables hace 10 y 20 años. Internet de hoy no es lo mismo que internet anterior a las redes sociales, por añadidura, móvil.  Se diría que estamos más y mejor informados acerca de los asuntos públicos y que la ciudadanía es más exigente con los políticos, como lo es hoy al informarse para adquirir algún servicio en línea, sea una habitación por Airbnb o un servicio de transporte vía Uber.

La paradoja en política suena absurda: a mayor posibilidad de comunicarnos, gracias a la revolución digital, que nos permite crear contenidos y manifestar nuestras opiniones por las redes sociales, y a los políticos transmitir masivamente sus mensajes, mayor banalidad en la argumentación.

Sobra decirlo: internet móvil y las redes sociales le han dado un vuelco a la política, simplemente porque cualquier ciudadano puede opinar como le venga en gana.

También, porque los que hacen política saben que una buena estrategia de redes es herramienta indispensable que multiplica la potencia del mensaje, sea asertivo y propositivo, o agresivo, incluyendo calumnia y bullying al adversario.

 

¿Quién puede impedir que titulares de cuentas fantasmas,
afiliadas a determinada línea política,
insulten, amenacen y desacrediten a alguien?

 

Algunos de quienes buscan ser elegidos cuentan con una ventaja perversa con el uso de las redes: lo que en los códigos de ética de los medios tradicionales está prohibido, tiene vía libre en el mundo virtual. El trabajo sucio es posible. ¿Quién puede impedir que titulares de cuentas creadas bajo el anonimato o simplemente cuentas fantasmas, afiliadas a determinada línea política,  insulten, amenacen y desacrediten a alguien? De ahí que algunas de las empresas de marketing político suelan vender, también, el lado oscuro de tirarse al contrincante político sin reparar en los medios, lo que, obvio degrada la argumentación política.

La banalidad se relaciona, también, con los formatos de las aplicaciones de las redes sociales,  diseñados para recibir y transmitir información en lo que le llaman “tiempo real”, aquí y en cualquier lugar. La ilusión de estar informados se traduce en el acceso a la ficción de realidad que, con frecuencia, no es otra cosa que un mosaico de microchismes. Como todo ocurre “ya”, corresponde expresarse, de inmediato,  en los 140 caracteres (twitter, por ejemplo) y, en cualquier caso, muy brevemente, ya que nadie espera aburridas crónicas ni análisis en WhatsApp.

El formato del microchisme es consistente con ese halo que tienen individuos urbanos bien educados que parecen ocupadísimos, pegados del celular, con mínima capacidad de concentración, incapaces de sostener una conversación o de almorzar tranquilamente con su familia, porque están recibiendo y enviando pendejadas.

También, íntimamente ligado a la banalización, es la condensación de las ideas en unas pocas palabras, es decir, la aptitud de difundir eslóganes en las redes en pocos caracteres, sustitutos de esfuerzos adicionales de análisis. Durante el primer mes de su gobierno, Trump dio las pautas de política internacional por la vía de sus trinos, sin contar con el Departamento de Estado, sin que se sepa, a la fecha,  cuál es la propuesta real del nuevo gobierno.

En el abanico de presidenciables hay de todo. A mí me gustan Claudia López, Sergio Fajardo, Humberto de la Calle y, aunque no coincido con el CD,  creo que Iván Duque es un tipo serio. A ellos y a otros, un mensaje: no tienen que seguir la pauta de la superficialidad ni del uso perverso de las redes. Promuevan un debate acerca de los retos de Colombia en el 2040. ¿Qué tal buena calidad de la educación para todos, ciencia y tecnología para un desarrollo sostenible, empleo para los jóvenes, el conocimiento como base para la creación de riqueza?

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