Periodistas contagiados de gazapos

Aseguran que los futbolistas “recepcionan”, como si fueran radios, o que hay un congreso “a nivel” nacional, como si el país fuera plano

Por: Jairo Enrique Valderrama Valderrama
octubre 02, 2020
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Periodistas contagiados de gazapos
Foto: Pixabay

“Se sabe que alguien es libre cuando tiene un discurso propio”.

Cuando en algunos medios de comunicación dicen que un equipo de fútbol ha contratado a un “importante” jugador, surge la inquietud de si los demás jugadores son considerados unos pobres diablos, porque a pocos comentaristas se les ocurren expresiones distintas y más precisas, como “destacado”, “reputado”, “famoso”, “célebre”, “renombrado”, “hábil”, “conocido”, etc. A pesar de las muchas opciones, ese “importante” se ha convertido en el adjetivo comodín de la pobre baraja de palabras, sobre todo de los periodistas descuidados, que quizás desean impresionar más que informar.

Ese es solo un ejemplo de los tantos que a diario se propagan con la pandemia de gazapos. La claridad, la precisión y la concisión son algunas de las reglas del lenguaje periodístico, pero el desconocimiento en esta materia cada día es mayor. Basta atender las emisiones de los noticieros para descubrir las faltas de propiedad, las contradicciones, las muletillas y los clichés de cientos de colegas. Como si acudieran a una plantilla verbal, repiten una y otra vez las frases hechas y se convierten, más que en periodistas, en mensajeros de sus fuentes, porque de allí mismo toman expresiones prefabricadas e imprecisas cuyo significados ignoran.

Esta indigencia en el dominio del lenguaje prueba también que se han descuidado el significado y el contexto. Así, se refuerza un estilo único y muy pobre para informar, y un solo estilo demuestra que no hay uno propio. Por supuesto, en las noticias cambian las fechas, los nombres, los lugares, las cifras, etc., pero se reitera el pisoteo de tantos vocablos banales, y de esa manera se va construyendo un discurso artificial y generalizado.

Incontables comunicadores sociales dan por sentado que si un colega “experimentado”, una fuente famosa o un sofista avezado usan un término cualquiera o una expresión casual, entonces la corrección ya está validada. Por eso, es necesario recordar que los periodistas no somos simples transmisores, sino profesionales con criterio que determinamos cuán relevante y pertinente es cada dato para la sociedad y de qué forma debe ser comunicado. Reproducir los eslóganes soterrados del mercadeo o los estereotipos ridículos de la moda es notar cómo una hoja seca se ha entregado a la fuerza de un ciclón maligno.

Si hace ocho meses se les hubiese preguntado a estos colegas qué es “confinamiento” o “pandemia”, es posible que muy pocos acertaran en esas definiciones. Hoy, sin embargo, ya están tan amaestrados que, entre otros términos, acuden sin rubor alguno al “reinventarse” (creen que son elegantes), cuando la lógica simple demuestra que aquello que ha sido inventado ya no puede inventarse otra vez; pero insisten en ese bagazo de palabra sin que pase por sus mentes “renovar”, “cambiar”, “innovar”, “mudar”, “transformar”, “modificar”, “reorganizarse”, “variar”, “convertir”, etc.

Para usar uno de sus propios clichés, les han introducido el chip que encuadra su discurso. Para muchos de ellos, solo existe un sustantivo: “tema”, y tan desastrosamente usado que alteran los significados: “el tema del transporte ha impedido llegar a los hogares”, como si hablar del transporte les impidiera llegar a sus casas. De igual manera, parece que vivieran en un casino, porque todo es una “apuesta”, y todo espectáculo para ellos es “imperdible”. Luego, afirman que un padre de familia no llegó al éxito a pesar de trabajar “demasiado”, desconociendo que ese impreciso “demasiado” entraña una carga peyorativa. Creen que el diccionario es una herramienta destinada solo para quienes dudan, y ellos asumen que están llenos de certezas.

Se sobrentiende que la intención aquí es remediar esas imprecisiones y conciliarnos con un adecuado uso del idioma: todos los seres humanos fallamos, aunque en Colombia fallamos tanto y en tantos ámbitos. No obstante, los errores idiomáticos son frecuentes. En un profesional del lenguaje (¡eso es un comunicador bien formado!), nos intranquiliza esa ridiculez inconsciente. Muchos pretextan que el lenguaje debe ser sencillo, entendible, claro, asequible… que la importancia está en que se entienda el mensaje. ¡Por supuesto! Esa es una exigencia periodística.

Una persona puede decir que “haiga paz en Colombia”, y esa idea se entiende, pero no significa que el verbo “haber” se conjugue así. Estos periodistas formateados confunden sencillez con impropiedad. Y no es menos erróneo el “haiga” que el “a nivel” nacional; suponen que un uso muy expandido (como las pandemias) por ninguno motivo debe ser un error. ¡Qué error!

Cuando les falta confirmar un dato, optan por “no se descarta”, “presunto”, “se cree” (¿quién lo cree?), “al parecer”. También acuden al futuro condicional, una manera muy evasiva (nada profesional) de presentar hechos dudosos: “se habría fugado”, “estaría escondido” o “aprobaría la propuesta”. Y así, si no se fugó, si no está escondido y si no se aprueba la propuesta, pues nada habrá que reclamarle al informador, porque jamás afirmó tales hechos; solo especuló.

Además, con urgencia se requiere un alma caritativa que les muestre cuán ridículos se escuchan y se ven al pronunciar “aperturar”, con ceño fruncido (quizás mamá los está viendo en casa), cuando indican que “los vecinos van más allá de las medidas sanitarias” (¡¿“más allá” de dónde?!) o mientras aseguran que “inicia el plan retorno” si lo correcto es “se inicia el plan retorno”. Y, entre muchas otras palabras, ojalá buscaran “recepcionar” en el diccionario.

Con vuestro permiso.

*Profesor de la Universidad de la Sabana y doctor en Ciencias de la Información de la Universidad Austral de Buenos Aires, Argentina.

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