Pensar la pandemia desde la empatía y la minga

La pandemia permite develar y, en su excepcionalidad, emerjer lo que está oculto para comprender las complejidades desde lo común y la empatía con la vida de los otros

Por: Carlos Alberto Benavides
mayo 05, 2020
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Pensar la pandemia desde la empatía y la minga
Foto: Twitter @CRIC_Cauca

Dicen que una forma de apreciar los paisajes andinos es “sabiendo ver” los canastos y los guaicos en donde se realiza la vida campesina. Los canastos se asoman en los altiplanos y son formaciones de montañas en semicírculos que encierran pequeños valles conformados por lomas y los guaicos forman las terrazas que se precipitan por el abismo por donde serpentean los ríos. En el suroccidente de Colombia, sus pobladores han sido protagonistas de continuas y contundentes luchas sociales.

En el norte del Cauca, aparecen varias formas de canastos y de guaicos. Estos paisajes, dicen los paisanos, desaparecen y aparecen tanto, que a veces parece que se está en el mismo lugar, aunque se ha caminado días. Hace un año, en marzo, las gentes se alistaron y salieron convocados y convocando minga, que es una forma de realizar un trabajo colectivo, de compartir para hacer algo juntos, cuyo resultado produce lo común: arreglar un camino, hacer una casa, alistar un terreno por ejemplo. Esta minga, como viene haciéndose desde el 2008, estaba convocada en la Panamericana, la principal vía del país. Gente negra, indígena y de diversas veredas que no se asumen desde una pertenencia étnica, quienes comparten la vida campesina, se dieron cita en distintas acciones colectivas para llamar a la ciudadanía e interpelar al gobierno nacional. Su voz, expuso propuestas y exigencias no escuchadas ni tenidas en cuenta en los escenarios institucionales o de participación oficial. Sobre todo e que exigió se cumplan los acuerdos incumplidos y se generen acciones urgentes para detener los asesinatos de líderes sociales.

Al final del año pasado, en noviembre, la empatía recorrió las calles urbanas con la convocatoria de paro nacional. Las ciudades se sacudieron y la gente se expresó de diversa manera. Movilizaciones masivas, cacerolazos desde las casas, conciertos callejeros, ofrendas, fueron algunas  de las citas convertidas en lugares de empatía. El derecho a la ciudad se vistió de fiesta, con improvisaciones y variadas orientaciones, una suerte de carnaval en movimiento que definió creatividades y repertorios disimiles de acción colectiva.

En este episodio de lucha que va de la minga al paro, experimentamos la emergencia y configuración del poder en movimiento y  la repolitización de la vida. Justo allí llegó el anuncio de pandemia y las medidas implementadas para contenerla. Entre ellas, la de cuarentena generó el mayor impacto. Para la gente que venía en encuentro y en común, la paradoja era evidente: cómo seguir movilizándonos colectivamente estando asilados?

Desde el establecimiento, se ha buscado hacerlo invisible, ausente, pasado. Pronto todas las agendas viraron y sobre todo las oficiales, prácticamente dejaron cualquier alusión a la minga y al paro. El uso de la indiferencia para tratar las luchas sociales, no es nueva. Desde “ese tal paro no existe” del expresidente Santos, hasta las respuestas coloquiales y de farándula del actual presidente, mientras cursa todas las reformas contra las cuales el paro se convocó.

La indiferencia como herramienta para contener y regular la movilización se combina con la patologización y criminalización, para signar a gente como “desadaptada”, como “vándalos”. Palabras que se repiten cuando la gente, después de esperar los apoyos del gobierno o de expresarse utilizando el trapo rojo, termina saliendo a la calle con su angustia por el hambre .

Pese a la indiferencia o los señalamientos quienes han convocado la minga y han propagado la empatía se mantienen, diversifican y se hacen más creativas. Distintas veredas en el Norte del Cauca, justo al borde de un canasto andino, se han organizado para asumir la cuarentena de una forma particular: la cuarentena no se vive en la casa-familia sino en la casa-comunidad. Los retenes para regular la entrada y salida de la comunidad son la medida  para establecer cuidados frente al contagio. En cada cruce de caminos donde usualmente se cierra el canasto o en donde inicia la bajada de un guaico, se estable la regulación.

A la par, se distribuye quiénes van a mercar u ofrecer lo necesario, generando un proceso de cooperación colectiva, que permite planear el gasto, regular la producción y precisar lo que se traer de fuera. También evidencia las dificultades profundas de la vida campesina, el avance de los cultivos ilícitos mientras el agua merma, la ruptura de circuitos comerciales, la vida limitada por las lógicas de la deuda. En medio de esto, se reencuentran en clave minga, quienes luchan por mantener sus fincas tradicionales de café, chontaduro, cilantro y maíz, con quiénes estan decididos a erradicar manualmente como lo establecieron en la minga de la pana y asumen la cuarentena evitando que nuevos actores armados los vuelvan a confinar.

Lo que antes se asumía como una división entre negros, indígenas y gente campesina, hoy se vive como la posibilidad de defensa del territorio y cuidado desde un aprendizaje intercultural. Esto se repite en cada guaico y canasto, más al suroriente. En Silvia se anuncia que los gobernadores del pueblo misak de Guambia, kishu, Ampule hacen acuerdos para crear puntos de control donde hace poco existían disputas.

También los jóvenes actúan con empatía en los mundos urbanos con la agricultura urbana en Popayán o redes de abastecimiento en los barrios de Bogotá. A la vez, el comando de paro de Nariño critica el centralismo, afirma que solo llegan algunos mercados, mientras se invierte mas en fumigar para la erradicación forzada de cultivos de uso ilícito en la costa pacífica a costa de sus pobladores.

Por paradoja y contradicción, la pandemia permite develar y, en su excepcionalidad, emerjer lo que está oculto. Propicia que espectros y fantasmas recorran el mundo y sus expresiones convoquen a comprender las complejidades desatadas.  Quizá el mayor de los fantasmas es el trabajo, quien se anuncia desde las posibilidades del común, en calles, hospitales, veredas. Él debe enfrentarse a la indolencia social, al desprecio por el trapo rojo, por la gente que exige sus derechos, a la trivialización de la solidaridad, a la banalidad con la que se asumen los llamados al reconocimiento y la empatía con el dolor y la vida de los otros. Debe enfrentarse a la imposibilidad de decidir bien morir y rechazar la mala muerte venida por precariedad e insania.

Si bien, minga y paro se invisibilizan, concurren experiencias de lo común que fortalecen dinámicas comunitarias en redes locales y regionales, enfrentadas a contradictores poderosos. La desigualdad y la violencia limitan la solidaridad. Por eso no es posible dejar todo en manos de lo común. Lo común necesita de lo público como garante: del reconocimiento social de derechos, la distribución de recursos y el establecimiento de políticas públicas, no para controlar, sino para una política de la vida y para la vida. Lo público que combine desde el Estado, escalas y ritmos, con una noción plural y heterogénea que lo constituya y las vitalidades de la gente produciendo lo común en ecosistemas de vida diversos.

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