Luis Caballero, un genio atormentado

El pintor, hermano del periodista Antonio Caballero, exorcizó sus demonios con su obra, y murió devorado por el SIDA. Su hermana Beatriz lo recuerda

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julio 23, 2022
Luis Caballero, un genio atormentado

Cuando la mamá de Beatriz Caballero murió, su papá, el eminente escritor Eduardo Caballero Calderón, se le acercó después del funeral. “Tengo un secreto que contarte” “Tranquilo papá” “No, pero es que es un secreto muy terrible” “No te preocupes, yo he abortado dos veces” “No, esto es peor, ¿te acuerdas de Julián?, desde que lo abracé por primera vez, cuando él tenía 12 años, no pude dejar de amarlo. Desde entonces tenemos una relación” Beatriz, divertida, le contó a su hermano, Luis, el pintor más genial que ha dado Bogotá, el incomprendido, el neurótico que vivía con sus gatos en un apartamento en Montparnasse, el hombre que una vez le dijo a su esposa Terry Guitar que ya no la amaba, que quería soltarse, conocer el mundo, comerse a todos los jovencitos que se encontraran en fiestas pasadas por cocaína, marihuana y los Rolling Stones, “Luis, papá también es marica y le gustan jovencitos”. Luis, tan chismoso, disfrutó del chisme bajo su rostro adusto.

Marta Traba, la sacerdotisa suprema del arte colombiano, afirmó en 1968 que Luis sería el sucesor de Alejandro Obregón y eso que en ese momento Luis, que tenía 25 años, no había explorado esos torsos imperiales, sacados de tantos peladitos que venían a su apartamento a arreglarle el equipo de sonido, el televisor, el alma. En esa época todavía vivía en una parte de su casa Terry Guitar, la hermosa pintora gringa con la que se había casado por amor, y tenía que soportar el despecho de ver como uno a uno los muchachos hacían fila para entrar a sus fiestas interminables. Era un bacanal.

Pero también era misantropía. A Luis no le gustaba la gente y a medida que se fue haciendo famoso tuvo que soportar eso de que quisieran visitar su estudio personalidades de todas partes del mundo artístico, galeristas, viejos pedorros y las puertas sólo estaban abiertas para su mamá, para Beatriz y para tanto niño bonito.

Luis enfermó de Sida a finales de los noventa. Su consuelo, como ese otro mártir de la enfermedad que no se nombraba, Lorenzo Jaramillo, era la pizza y las películas de Visconti, de Buñuel, de Almodovar. ¡Cómo le gustaba el cine a Luis! Él tan pictórico, tan vivaz, él, un incendio que se apagó de la peor manera, se apagaron con sus ojos que un día se volvieron glaucos, se apagaron con sus piernas que ya no funcionaban, con el páncreas que se atoró como un desague oxidado. En 1995 se devolvió a Bogotá, a recorrer sus viejos fantasmas. Murió con su hermana y uno de sus ayudantes. Murió dejando una de las obras pictóricas más potentes, demoledores, poderosas que tenemos y que podemos disfrutar cada vez que queramos en el Banco de la República de Bogotá.

Su hermana Beatriz Caballero, con una pluma tan descarnada y precisa como los trazos de sus hermanos, acaba de publicar Luis, Hermano Mío, un libro que es un objeto, que es una obra de arte, que es una confesión, que no le tiene miedo a decir las cosas como son y a mostrar los demonios que nutrieron las obras de los hombres que más quiso, su papá Eduardo y su hermano Luis.

Un libro para tener ya.

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