¿Paz política con realidades que asesinan?

"Debemos comprender que para construir paz hace falta la reconciliación, al igual que la promesa de no repetición de ninguna de las violencias estructurales e invisibles"

Por: Camila Prado Armenta
octubre 13, 2017
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¿Paz política con realidades que asesinan?

Colombia ha emprendido desde hace algunos años un proceso de conciliación para lograr la paz política, por lo que ha sido bastante común en los diferentes discursos escuchar, constantemente, reivindicaciones hacia las víctimas y los distintos tipos de violencia que se ha vivido de manera sistemática, a raíz del conflicto armado.

Sin embargo, y tristemente, ha habido muchos de estos discursos, que aunque recurrentes, han sido silenciados. Por ejemplo, las problemáticas específicas de violencias que sufren cotidianamente las mujeres.

Pero, sin importar este silenciamiento del discurso de género, se han pronunciado distintas voces de feministas de la autodenominada 'tercera ola', en donde se ha exaltado (y rechazado) el acoso callejero (entre otras muchas problemáticas), y se la ha puntuado, de primera mano, como violencia de género.

Y, como era de esperarse, se ha recibido incontable número de críticas, entre las cuales se ha encontrado, de manera reiterada, la idea de que dicha "actividad" no pertenece a la categoría "acoso", y mucho menos a la de violencia, ya que se alberga, simplemente, en un hecho cultural, propio de la idiosincrasia nacional: el piropo.

Pero, antes de posicionarse ante una de estas dos enfrentadas (y problemáticas) posturas, tendríamos que evaluar, de manera objetiva, saliéndose de la emotividad propia del discurso político (y más aún, del de la paz), lo que se nos está implícitamente planteando:

De primera mano, se está afirmando que el espacio "público" solo pertenece a los hombres que, aguerridos, se toman para sí la soberanía y libertad con la cual la mujer debería contar (pero que no), expresando así una problemática social bastante normalizada (e incluso justificada), que se ha sustentado de manera sistemática, en la violencia y opresión, propias de una institución bastante insulsa (pero poderosa): el patriarcado.

De esa forma, en la otra mano se nos plantea la idea neoliberal de la ya "lograda" igualdad, y cómo, de esta manera, la mujer no ha sido víctima (o por lo menos no de manera puntual) de una violencia callejera, planteada erróneamente, como de género.

Y entonces aquí, ¿cómo podríamos entender la incansable lucha de las (a veces tan "molestas") feministas? ¿Cómo entender la incesante necesidad que estas (o mejor, que nosotras) sienten de visibilizar una situación aparentemente común y cotidiana?

Simple, y es que la violencia no siempre es ruidosa y no por esto significa que no exista.

Este fenómeno se debe entender desde las relaciones desiguales de poder que existen en el tejido social y en la estructura administrativa del sistema cultural, entre hombre y mujer (en un sentido binario del género), que permite entonces que una situación tan aparentemente ridícula, sea tan importante en el discurso feminista actual.

Las teorías del poder y las relaciones de dominación no son un simple cuento (invento) de un grupo organizado de mujeres insurrectas que se niegan a alinearse al sistema, y que se "reivindican" justificando la misandria como modo de vida. No, el feminismo no ha entrado a disponer de una guerra discursiva de posiciones contrarias (machismo-hembrismo), sino que ha entrado a vigorizar y rescatar la libertad y el empoderamiento de las mujeres en todos sus ámbitos humanos, incluyendo en estos, la soberanía sobre sí misma, y su pertenencia, como sujeto político, al ámbito social (público).

Los mal denominados "piropos" hacen parte de una enraizada problemática social conocida como "cultura de la violación", en la cual se hace una apología a la violencia machista, en cuanto a la cosificación y sexualización de las niñas y mujeres, normalizando dicha situación de opresión en todos los ámbitos sociales (tanto los privados como los públicos).

Esta cultura es constantemente reivindicada por un sistema machista, que está arraigado en cada uno de nuestros sistemas culturales y políticos, implicando una situación de 'guerra' para más de la mitad de la población.

Los "piropos" y la cosificación, no en pocas ocasiones, terminan en violencia sexual, y agresión física y verbal, y estas, en algunas circunstancias, en feminicidios.

Y, no es, de ninguna forma posible, el concebir una paz política estable, cuando problemáticas así se viven día a día.

Debemos comprender que para construir paz hace falta la reconciliación (a través del diálogo diferenciado y plural, que incluya a todos los sectores sociales), al igual que la promesa de no repetición de ninguna de las violencias estructurales e invisibles (invisibilizadas), ya que estas están constantemente creando conflicto y persecución. Ya basta, por favor.

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