Patriarcados contemporáneos

Asumir que las mujeres son las grandes perdedoras y víctimas de los hombres como opresores y victimarios es simplista y maniqueo

Por: CLAUDIA ESCOBAR
marzo 05, 2018
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Patriarcados contemporáneos

El tipo de feminismo dominante en nuestro medio sostiene que las relaciones de poder entre las personas se encuentran determinadas por su género, y que un balance global de las mismas arroja un resultado negativo para las mujeres. Según este modelo explicativo, los hombres ejercen distintos tipos de dominio sobre la vida y el cuerpo de las mujeres, impidiéndoles el acceso a la vida pública y confinándolas al encierro del hogar, en el que tendrían que limitarse a ejercer un rol exclusivamente reproductivo, rol este que, a su turno, provoca y profundiza su dependencia frente a los hombres, y que alimenta diferentes tipos de violencia hacia ellas, incluida la física, la económica y la sicológica, modalidades de violencia frente a las cuales las mujeres no están en capacidad de resistir. Además, las estructuras políticas, económicas, sociales y culturales darían sustento a estas relaciones asimétricas de poder, de modo que el sistema judicial, el sistema educativo, el sistema legal, la vida económica y todas las demás manifestaciones de la vida del hombre en sociedad, estarían permeadas por esta desigualdad.

A mi juicio, esta apuesta teórica tiene graves limitaciones y deficiencias en las explicación de los fenómenos sociales: se prescinden de las determinaciones económicas, culturales, biográficas, raciales, etáreas, étnicas, y de muchos otros tipos, que colocan a los mujeres en muy distintas posiciones frente al fenómeno discriminatorio, y en su lugar, se apuesta por un único modelo que, si bien puede ser válido en algunos escenarios, no constituye una realidad homogénea. Esta teoría, simplista y maniquea, asume que las relaciones entre hombres y mujeres se encuentran definitivamente establecidas, que son siempre verticales, y que las mujeres, todas, somos las grandes perdedoras y las grandes víctimas de aquellos, es decir, de los hombres como opresores y victimarios, cuando en realidad la vida social, siempre compleja y heterogénea, requiere dar cuenta de todas las variables y de todos los matices que la atraviesan.

El fármaco contra estas aproximaciones totalizantes y monolíticas está en la misma realidad. Se requiere entonces un agudo y profundo proceso de disección de los fenómenos sociales para postular nuevos modelos explicativos, con herramientas como la estadística, los estudios de casos individuales, las entrevistas, y otros tipos de estudios cualitativos y cuantitativos.

Quisiera poner a prueba las tesis y las premisas fundamentales de la teoría del patriarcado, con una realidad concreta y específica: las relaciones entre Juan y su actual exesposa, Alexandra.

Tesis del confinamiento al hogar. La teoría nos dice que los hombres, y en general el "sistema", conducen a las mujeres al hogar y las priva de participar en la vida pública, quedando relegadas a su rol de "amas de casa".

Alexandra fue efectivamente un ama de casa. Aunque la expresión "ama de casa" debe ser entendida en el sentido más laxo del término, porque su estadía en la casa no era para lavar platos, cocinar o planchar ropa. Teniendo una empleada tiempo completo, su estadía en la casa era para vigilar el trabajo ajeno, para dormir, y para las citas a domicilio con la manicurista, la esteticista y con la bruja que adivina su futuro y le enseña fórmulas mágicas y supersticiones para manejar las vidas ajenas con velas, luces, y otros fetiches.

También es relevante la forma en que llegó a su condición de ama de casa. No fue porque Juan se lo pidiese. Ella llegó solita a ese estado. Luego de pasar por varios colegios, ingresó a la Universidad de los Andes a estudiar Ciencia Política, pero nunca se graduó porque luego de permanecer años y años y en la universidad repitiendo y retirando materias a punto de perder, detectaron plagios en su trabajo de grado. Después vinieron algunos cortos y efímeros trabajos de los que fue despedida, o contratos que nunca le fueron renovados, seguramente gracias a la aptitud e idoneidad que demostró en el colegio y en la universidad. Fue así como decidió no trabajar y convertirse en ama de casa, no porque Juan quisiese dominar su vida y su cuerpo.

Tesis de la opresión a través de rol reproductivo. La teoría dice que la reproducción ata y oprime a las mujeres porque las obliga a entregar sus energías, su tiempo y sus destrezas al cuidado de los demás, impidiéndoles tener una vida autónoma y generándoles una situación de dependencia frente a los hombres.

Las cosas funcionan a la inversa con Alexandra y su hija. Gracias a su hija tuvo lo que nunca hubiera tenido por sí sola. Durante el matrimonio la hija le sirvió para justificar su inactividad económica, con el argumento de que debía dedicarse a la maternidad, aunque, curiosamente, a partir de los dos años la niña estuvo en el jardín y luego en el colegio en jornada completa. También le sirvió para fijar unilateralmente las reglas del hogar, con la tesis de que solo las madres conocen a sus hijas y de que sus extrañas reglas redundarían en beneficio de la menor. Después del matrimonio, la hija fue utilizada con múltiples propósitos: para quedarse en el apartamento que Juan pagó en su integridad, para que Juan la tuviera que mantener, nuevamente con el pretexto de que ella no puede trabajar para dedicarse a su hija, y para cobrarle en dinero a Juan cada instante que permanece con su hija. Se trata entonces de un negocio muy lucrativo: habiendo obtenido Alexandra para sí la custodia en los estados judiciales por su sola condición de mujer, cada uno de los minutos que Juan está con su hija tiene un costo que escrupulosamente cobra su exesposa cada mes. Así, la maternidad es la fuente de poder, y no la fuente de subordinación.

Tesis de la violencia física, económica y psicológica. Según esta tesis, la posición de dominio del hombre sobre la mujer le permite ejercer distintas formas de violencia contra ella, física, económica y psicológica, y además, de manera sistemática y reiterada.

Alexandra nunca hubiera podido probar ningún tipo de violencia física porque nunca existió. El tono de sus mensajes en WhatsApp, en cambio, revela que era ella la que maltrataba a Juan, seguramente alentada porque existe una mayor aceptación social de la emotividad femenina: "pobre idiota", "tenga claro q no disfruto ni un segundo con usted", "deje de ser tan pendejo", "llegará un momento en su vida en el que no va a poder culpar a nadie de su incapacidad, de su ineptitud", "mezquino, patético, bajo y solapado", "idiota" y "machito tercermundista", son algunas de los improperios que constan en el juzgado sexto de familia de Bogotá, donde se surtió el proceso de divorcio. Ninguna respuesta equivalente por parte de Juan en esos chats.

La violencia económica también ocurre a la inversa. Aunque Juan tiene un buen salario, debe pagar la cuota hipotecaria del apartamento del que ya se apropió Alexandra, pagar un arriendo para él porque ya no puede disponer de la mitad de lo que en teoría es su vivienda, pagar el sostenimiento de Alexandra, que se rehúsa a trabajar con el pretexto de que debe velar por una hija que, ya bien grande, permanece todo el día en el colegio, y además sostener integralmente a su hija. Mientras tanto, Alexandra, como buena administradora de la cuota de su hija, la tiene con lo más elemental y básico, sin el menor lujo de nada, y aprovecha los excedentes en tratamientos de belleza para sí misma. Al final del mes, Juan está casi en 0 en su cuenta. Ahora, en el proceso de liquidación de la sociedad conyugal, ella aspira a quedarse con el apartamento que únicamente él pagó, a quedarse con todos los bienes muebles que se adquirieron durante el matrimonio, y más encima, a que Juan le pague la mitad de todos los salarios que devengo durante su matrimonio, pese a que esa plata ya no existe porque se destinó al mantenimiento del hogar al que Alexandra nunca contribuyó. Esta es la violencia económica que la teoría nos dice que sufre la mujer.

Tesis del desplazamiento de cargas en el cuidado de los hijos. Algunos feminismos sostienen que los hombres trasladan a la mujer todas las cargas asociadas al cuidado de los hijos, lo que se traduce en una mayor autonomía de los hombres, y en una serie de desventajas económicas y sociales para las mujeres.

Aunque Juan siempre quiso tener la custodia compartida, el sistema judicial se la adjudicó a Alexandra por su sola condición de mujer. Bajo un esquema de visitas reducido, la relación entre padre e hija es cada vez más difícil de mantener. Tres ejemplos ilustran cómo es que ocurre el desplazamiento en el cuidado de los hijos. El día 8 de febrero de 2018 Juan tenía derecho a visitar a su hija a las 4:30, debiéndola regresar en las horas de la noche, que Alexandra fijó unilateralmente a las 7:00; la querida madre, para alimentar las buenas relaciones entre Juan y su hija, decidió que en ese tiempo la niña no solo debía hacer la tarea para el día siguiente, viernes, sino también las que pusieron para el lunes y para el martes siguiente, y que además, la niña debía comer antes de regresar a la casa. En dos horas y media debían correr contra el tiempo para ir a la oficina de Juan, hacer todas las tareas de todos los días siguientes, buscar un sitio dónde comer, y llegar puntualmente a las 7:00 p.m. La visita estuvo amenizada por frecuentes llamadas de Alexandra donde alertaba sobre las tareas. Como Juan llegó a las 7:20, y no a las 7:00 p.m., delante de su hija le dijo que había incumplido el acuerdo de divorcio y luego le mandó un cordial correo electrónico con el título de “nuevo incumplimiento”. En ausencia de visitas la ruptura es total, pues no existe un canal abierto de comunicación: los mensajes de WhatsApp no son contestados, ninguna llamada a la hija es contestada, y tampoco es informado sobre lo que ocurre con la hija en el día a día. Incluso, la señora Alexandra, como administradora del chat de papás del curso de la hija, se rehusó a incluir a Juan en este grupo que le permitiría saber de la vida de su hija en el escenario estudiantil, hasta que el colegio sugirió amablemente a Alexandra que dejara de ser abusiva. Así que, evidentemente, hay un ruptura entre padre e hija, pero provocada por la madre.

Tesis de la violencia y de la discriminación estructural. El feminismo sostiene que la discriminación y la violencia hacia la mujer es estructural y endémica, y que por ello se encuentra latente en todas las formas de organización social: la familia, las instituciones educativas, el trabajo, el sistema judicial y las instituciones públicas en general. De esta suerte, que los hombres individualmente considerados discriminen o violenten a la mujer no es casual sino el reflejo de una cultura patriarcal.

Pude verificar hasta qué punto el sistema judicial está permeado por esta cultura de la discriminación y la violencia hacia la mujer, cuando el juzgado 6o de familia del circuito de Bogotá compró las tesis de la señora Alexandra sobre su condición de madre abnegada y de víctima del mundo, en un auto de medidas cautelares en el proceso de divorcio. En esta providencia se otorgó la custodia a la mamá por su sola condición de mujer, sin indagar siquiera por sus condiciones mentales y emocionales, y se ordenó a Juan pagarle a Alexandra, para su sostenimiento, el doble de la cuota que dispuso para la hija, acogiendo el argumento de que la señora Alexandra se encontraba imposibilitada para trabajar por dedicarse enteramente al hogar y a su hija, cuando ya sabemos que el hogar era atendido por una empleada a tiempo completo, y que la hija, ya mayorcita, permanece en el colegio. Finalmente Juan logró un acuerdo de divorcio con su exesposa, y obtuvo algo más que las usuales visitas cada 15 días, pero para ello tuvo que pagar, y bastante: debe sostener integralmente a su hija y a su ex esposa. Ya en el proceso de liquidación de la sociedad conyugal el mismo juez ordenó que se practicarán todas las pruebas solicitadas por la señora Alexandra, pero no decretó las requeridas por Juan.

A ningún abogado familiarizado con estos asuntos sorprendieron las decisiones del juez, pues es públicamente conocido que las instancias administrativas y judiciales otorgan automáticamente la custodia a las mujeres y excluyen a los hombres del cuidado de sus hijos, con la sola excepción de unas exiguas visitas cada 15 días. También es públicamente conocido que cualquier acusación que hagan las mujeres contra sus parejas son incuestionadas, sin que haya que contar con ningún otro elemento de juicio.

Esta situación llevó a Juan a buscar el apoyo de la fundación Padres por Siempre, en la que él ha podido conocer las más desgarradoras historias de papás que llevan sin ver a su hijo por años, y que, en cambio, deben pagar religiosamente una cuota para el sostenimiento de sus hijos y de su expareja. La figura del cajero electrónico es la más precisa para imaginar un papá víctima del sistema judicial, y en general, del patriarcado.

Pero como la realidad nunca es en blanco y negro, y como el mundo no se divide entre buenos y malos, ni entre víctimas y victimarios, ni entre opresores y oprimidos, Juan se encontró con una realidad opuesta a la suya. Yo debo sostener económicamente a mis dos hijos, y el papá, que vive en el que exterior, solo los ve dos veces al año desde que tienen 4 y 9 años respectivamente, hasta ahora que tienen 10 y 16. No ha habido modo en que se logre un acuerdo equitativo y justo. Sin embargo, y a pesar de que podría dramatizar y poco asumir el papel de víctima en un proceso de alimentos, sabiendo que el sistema judicial está a mi favor, no acudo a este porque lo consideró incapaz de entender, manejar y resolver dramas humanos complejos como éstos.

Considero también que el feminismo nació como respuesta a las injusticias entre mujeres y hombres, y que muchas estas inequidades persisten hoy en día. No obstante ello, para que este feminismo puede impactar efectivamente la realidad y la vida de las mujeres de carne y hueso, resulta indispensable, primero, proteger y blindar los discursos y las herramientas de aquellas personas que, sin ocupar la posición de víctimas, emplean de manera inescrupulosa los beneficios que se han diseñado para quienes sí se encuentran en una clara posición de desventaja en la vida social, segundo, reconocer la autonomía y las capacidades de la mujer, en lugar de tratarlas como menores de edad, desvalidas y víctimas del universo entero, y finalmente, crear un marco explicativo alejado de los discursos fundamentalistas y lineales, radicalizados e hipersimplificadores de las realidades humanas.

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