El paradigma del inmigrante latino

Cómo es la vida en el exterior, según un colombiano radicado en Canadá

Por: Javier B. Ortiz
mayo 16, 2016
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El paradigma del inmigrante latino

A muchos que se quedaron allá, en nuestra tierra, les parece inoportuno y fuera de lugar que nosotros opinemos o tengamos la intención de “inmiscuirnos” en el debate nacional. Aquellos críticos consideran que al dejar la patria perdemos el derecho a sentirla nuestra, que la abandonamos en busca de mejores horizontes guiados por nuestro egoísmo e intereses personales. ¿Cómo va a ser posible que tengamos una opinión válida sobre la problemática nacional, si vivimos en sociedades 'primermundistas' ganando grandes sumas de dinero? El inmigrante latinoamericano no tiene la autoridad moral para opinar acerca de su país porque no es testigo presencial de lo que allí se vive. Pues nada más alejado de la realidad.

La realidad que los inmigrantes latinos vivimos no es tan color de rosa como la pintan algunos. Con el tiempo nos convertimos en individuos segregados por nuestra propia gente, pues consideran que no somos de acá, ni de allá. Probablemente, es muy fácil juzgar desde el victimismo que conlleva el vivir allá, pues son ellos los damnificados que sufren en carne propia los dramas del pueblo Latinoamericano. Ahora bien, siempre he sido partidario de ‘ponerse en los zapatos del otro’ antes de llegar a conclusiones tan exclusivas. Existe una realidad que muy pocos saben, y con la que cargamos a cuestas desde el primer momento que decidimos decir adiós al país que, toda la vida, fue nuestra casa.

Plasmando realidades que he tenido la oportunidad de conocer, he llegado a concluir que el impacto psicológico que significa salir de casa nos da, a los inmigrantes, la misma autoridad moral, y quizás más herramientas, para debatir y hacer nuestra la realidad de aquella patria a la que un día le tuvimos que decir adiós.

Existe la realidad de aquel padre que decidió dejar su carrera y renunciar al éxito laboral por brindarle un mejor porvenir a sus hijos, por brindarles un lugar donde la palabra ‘justicia’ tenía significado, y probablemente lo más importante, por brindarles a sus hijos un lugar donde la vida se disfruta y no es algo por lo cual se teme.

O la de aquél estudiante universitario que se decepcionó al ver que los trabajos no se obtienen por mérito sino por influencias, o la de miles de personas afectadas por el conflicto que no les quedó de otra más que salir del país para proteger su vida. En fin, dejarlo todo no es fácil; atrás dejamos a un familiar, al que probablemente ya no volveremos a ver, dejamos a una hija que veremos crecer en la distancia, dejamos amores, amistades entrañables… El no dar un último adiós a quien marcó nuestra vida, te desgarra el alma.

Dentro de todo el proceso que significa adaptarte a un nuevo mundo, llega un momento de realización, en el que empezamos a entender, en realidad, que es el conflicto, y el porqué del miedo que rodea la tan anhelada paz. Nosotros no tenemos un referente propio de paz, y los que tenemos son de lugares con contextos culturales tan diferentes, que tememos fracasar en el intento. Adicionalmente, el ‘exilio’, por así decirlo, nos despoja de anti-valores, heredados por generaciones, como los son el individualismo, la desconfianza y la incredulidad.

Personalmente, vivir en un país en paz me ha llevado a ver el conflicto con otros ojos, pero sobre todo, a entender que para lograr un cambio es necesario cambiar ciertos paradigmas sociales y elegir el perdón en lugar de la venganza. – “Es imposible” –,  dirán muchos. No lo creo así, basta mirar casos como el de Ruanda, en el que un proceso de reconciliación llevó a superar un genocidio de más de 850.000 personas en un mes (Abril de 1994). O el caso de Chile, donde el  plebiscito terminó con la dictadura más sanguinaria de su historia sin derramar una sola gota de sangre; a través de la campaña del ‘NO’.

Todos estos casos tienen un factor en común; Son sociedades que fueron capaces de cambiar sus paradigmas simplemente porque unos vieron una gran  oportunidad donde otros vieron una posibilidad fallida de entrada.

Por lo tanto, estar fuera o dentro del país es irrelevante al momento de actuar. Si queremos un cambio, es necesario cambiar nuestros paradigmas y traducir nuestra capacidad individual a nivel colectivo. Solo en ese momento podremos empezar a hablar de cambio y construcción de paz.

No existen pueblos condenados.

 

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