Opinión

Para resentidos, disidentes y el propio ELN

La ultraderecha apunta a destruir los Acuerdos de La Habana, porque le parecen peligrosos para sus intereses; lo más racional políticamente es luchar por su implementación plena

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Febrero 08, 2019
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Para resentidos, disidentes y el propio ELN
Dos años después de la firma de los acuerdos de La Habana, la prioridad sigue siendo su implementación. Foto: archivo Farc

En estos asuntos hay que andar como por una senda tapizada de huevos, cuidando de no pisar ninguno. Cualquier palabra puede ser interpretada en un sentido diferente a la intención con que fue escrita, y del mismo modo la lectura que se haga de una idea expresada, puede ser distinta al sentido que quiso imprimírsele, hasta desatar las más inesperadas y furiosas réplicas.

Milité treinta años en las Farc, un tiempo en mi parecer suficiente para tener una apreciación madura de la realidad política nacional y mundial. Llegué a ellas buscando conservar la vida sin abandonar la lealtad a unas ideas. Estaban masacrando a la Unión Patriótica. Lo hice a tiempo, mes y medio después cayó asesinado Jaime Pardo Leal, y la lista continuó creciendo.

Dejé las armas en junio de 2017, al igual que todos los nuestros, comprometido en el cumplimiento fiel de lo pactado en los Acuerdos de La Habana. Lo que hicieran nuestros adversarios nos afectaría en adelante, claro. Pero no debía alterar nuestra decisión, que era de índole estratégica, poner fin al largo conflicto armado que tenía a nuestro país sumido en un mar de sangre.

Nuestra lucha en adelante sería legal, sin ninguna clase de argucias. No íbamos a jugar doble, a tener armas y dineros de reserva guardados, a mantener estructuras clandestinas que estuvieran preparando una insurrección armada. En eso fue muy clara la Décima Conferencia de las Farc celebrada en el Yarí. El cambio en nuestro país no iba a llegar por la vía violenta.

De no haber pensado así, no habríamos celebrado ningún Acuerdo, hubiéramos seguido en la guerra. Pero es que 53 años de muertos, heridos, asaltos, emboscadas, atentados, bombardeos, prisioneros, desaparecidos, torturas, negocios dudosos, secuestros, paramilitarismo, masacres, despojos y horror eran suficientes para comprender que así no íbamos a llegar a ningún lado.

Allá el régimen si faltaba a su palabra. Al fin y al cabo estábamos celebrando un verdadero tratado de paz, de cara al país y a la comunidad internacional. Hasta el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas daba fe de nuestra sincera intención. De lo que se trataba en adelante era de ser consecuentes, de transformar la superioridad moral en arma política.

Algo verdaderamente nuevo. Por primera vez, un movimiento guerrillero que se calificaba a sí mismo como vanguardia de la lucha revolucionaria armada por la toma del poder, se atrevía a reconocer que la gente de su  país no quería su romántica guerra. Que por el contrario, la veían como una amarga pesadilla de la que se querían librar. Y decidía obrar en esa dirección.

 

Quizás hay mucha gente en Colombia que sí quiere la guerra.
No para hacer una revolución, sino para machacar y aniquilar
todo vestigio del pensamiento revolucionario, progresista o democrático

 

Si el adversario dejaba las armas, si se incluía dentro de su legalidad, si aceptaba sus reglas del juego y proponía luchar por cambiar lo que hubiera que cambiar siempre por vías pacíficas, y si obraba efectivamente de ese modo, dejaría de ser todo lo que le adjudicaban, podría presentarse ante la sociedad con un nuevo rostro y ganar pacientemente su confianza.

Obvio que para ello requeriría de unas garantías elementales para su vida, para su integridad, para su libertad. Para poder organizarse políticamente y actuar en la legalidad. Contar con posibilidades ciertas de reincorporarse económica, social y políticamente a la vida civil. Alcanzar cuando menos el principio de la solución a los graves problemas de tierras y abandono que encendieron el conflicto.

Me atrevo a comprimir así el sentido de los Acuerdos de La Habana, que para unos cuantos gatos significan poca cosa, incluso traición. Como si no hubieran costado ríos de sangre y sufrimiento durante décadas. Como si esos críticos fueran capaces de sentar ante sí al Estado y arrancarle muchísimas más cosas, quedar a las puertas del poder tras la firma de su acuerdo.

O como si fueran capaces de tomarlo mediante una insurrección triunfante, al punto de decir firman esto o mañana los sacamos por la fuerza. De tal modo son ciegos, literalmente hablando, que no perciben que todo el poder de la ultraderecha y la caverna, apunta a destruir los Acuerdos de La Habana, porque les parecen sumamente peligrosos para sus intereses.

Lo más racional políticamente, consiste en luchar por la implementación plena de lo pactado en La Habana. Los resentidos, la llamada disidencia, el propio ELN, debieran considerarlo con calma. No se trata de marchar a la cola de las Farc, cuestión que puede parecerles infamante, se trata de ponerse a tono con la población nacional que detesta la guerra.

Que no comparte la terquedad inamovible de ningún bando.

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