Opinión

Para atreverse a amar y no morir en el intento (I)

Por:
marzo 24, 2015
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Con un grupo de maravillosas mujeres en Cali, denominado “Mujeres en Red”, nos dedicamos todo el mes de marzo a hacernos preguntas y a promover conversaciones. Una de las conversaciones que siempre declaramos pendientes y abiertas en la vida de las mujeres, es la del amor.

La pregunta con la que se convocó a la conversación giraba en torno a si el amor puede ser algo diferente a un mortal peligro, recordando la sentencia de la filósofa feminista  Simone de Beauvoir, que nos encanta y nos acompaña hace más de cinco décadas: “El día que una mujer pueda amar no con su debilidad sino con su fuerza, no para escapar de sí misma sino para encontrarse, no para renunciar sino para afirmarse, ese día el amor será tanto para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal”.

Imagino que las preguntas alrededor del amor deben ser mucho más antiguas. Desde que se inventó la monogamia, o desde que se inventó el amor romántico, o desde que se inventó la supremacía del amor heterosexual y se creó el veto a las otras formas de amar. Puede que desde que se creó el tabú del incesto. En todo caso, todas estas son construcciones humanas y nos corresponde revisar las huellas que van dejando en las vidas individuales y colectivas las maneras de amar que vemos, escuchamos y aprendemos. Porque, el amor, aunque es una fuente de inspiración y de bienestar tan generalizada, también es una fuente de infelicidad enorme, que atraviesa culturas, generaciones y también a las diversidades sexuales. Nadie está vacunado contra los malos amores.

Otra de las motivaciones, además de la importancia del amor en nuestras vidas, tenemos que confesarlo, es el índice creciente de feminicidios y otros crímenes, cuyos victimarios son parejas o exparejas. ¿Cuál es el camino que recorre el amor para terminar en una camilla en medicina legal? ¿Cuáles son las matrices culturales que dan paso a este doloroso resultado de lo que empieza como un sentimiento noble, altruista, generoso? ¿En qué macabra metamorfosis se interna un sentimiento que puede ser tan vital y lleno de emociones y pasiones alegres? ¿Qué ideas y emociones, qué creencias acompañan este tránsito, naturalizándolo para que no se enciendan las alarmas de la autoprotección, para que no aparezcan los límites en ninguna de las partes involucradas? ¿Cómo es que aprendemos formas y contenidos del amor que terminan en tragedias?

Se pueden desaprender estas recetas trágicas? Cuáles otros posibles caminos puede recorrer el deseo, la pasión y el afecto? ¿Qué pistas se vienen construyendo como humanidad y como sociedad al respecto?

Con la grata compañía de Elizabeth Gómez, socióloga y docente de la Universidad Autónoma de Occidente en Cali y  Argelia Londoño, feminista académica e investigadora desde el movimiento de mujeres de Antioquia, la academia y el Estado, iniciamos una cita en la que mujeres y hombres de diferentes generaciones intentamos detectar pistas para construir mejores amores, como requisito para nuestra felicidad.

Un punto en común en las conversaciones es que la experiencia amorosa, al ser gratificante y estar sobreexpuesta y sobredimensionada desde nuestro nacimiento, ocupa un lugar omnipresente, que por eso mismo está naturalizada y no logramos tomar distancia para mirarla de frente, para identificar sus falacias y desventajas.

De tal manera que la primera pista puede ser justamente esa: No hay amor neutro, el amor es un amor patriarcal, que desde todos los géneros musicales, las telenovelas, el cine, la publicidad, los catecismos, nos enseña una fórmula basada en la propiedad privada, el sacrificio, el sufrimiento y la manipulación. Aunque mujeres y hombres extraen grandes dosis de infelicidad de ese esquema de amor perjudicial, es obviamente un esquema de enormes desventajas para las mujeres, quienes han cargado el peso de renunciar a sus deseos, a su propio cuerpo, a la libertad, a la autonomía y han quedado atrapadas en una red de recetas como la fidelidad, la generosidad, la entrega, las pruebas de amor, el depositar todo su valor y su autoestima en un gesto de aprobación del hombre amado. Se le llama conformar pareja, pero no hay nada más disparejo que entrar cediendo a una relación.  Así que, aunque sea poco romántico, hay que aprender a leer críticamente los dispositivos del amor romántico como dispositivos de poder. No acomodarnos en ellos.

Insiste mi amiga Sandra Érika en que esta primera pista se complementa cuando recordamos que el primer y único amor eterno debe ser el amor propio. El sentimiento de amarse y estar feliz con una misma, hace que cualquier experiencia amorosa sea una ganancia, pero no nos confunde al extremo de depositar nuestro valor en algo o alguien externo.

Hay una mirada de incompletitud, hacia ambos sexos, que presiona con refranes como “cuarentón solterón, maricón segurón”. O a las mujeres cuando salimos en grupo a rumbear y nos preguntan de las otras mesas ¿“Por qué tan solitas?” Basta decidirse a salir sola o permanecer sola un fin de semana para que todo el mundo a tu alrededor te quiera sacar de ese estado. En este sentido, encontramos múltiples pistas para ejercitarnos en disfrutar de nuestra propia compañía. Disfrutar de la soledad, de mi piel, mis pensamientos, mis gustos, mis emociones, es tal vez el paso más grande para soportar la fuerza arrasadora de la cultura que descalifica la soledad, la cuestiona y hasta la penaliza. Construir un espacio y tiempo sagrados para estar conmigo misma(o) es una tarea que deberíamos enseñar desde la educación inicial.

Hay muchas pistas más, para tratar de desmarcarnos del amor convertido en un mortal peligro. Ya las podré ir abordando en próximas columnas. Por el momento, queda el reto de someter el amor romántico a examen y atrevernos a mirarlo sin tapujos ni tabúes, para encontrar sus posibilidades y sus cadenas. Les regalo una banda sonora para la reflexión:

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