Pacto por la mediocridad

Lo que piensa un maestro sobre la educación en Bogotá

Por: Alberto blandon Schiller
agosto 05, 2014
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Pacto por la mediocridad
Imagen Nota Ciudadana

Urgente, necesario y justo continuar con el análisis y las propuestas que nos permitan superar le PACTO POR LA MEDIOCRIDAD EN EDUCACIÓN  hoy se ha instalado en los colegios, escuelas y universidades.

El escritor mexicano Jorge Volpi, titula así un ensayo donde aborda el tema de los gobiernos y sus capacidades de fabricar mentiras y echarlas a andar. Algo muy parecido nos sucede en Colombia y más particularmente en Bogotá respecto a la educación. asistimos a un pacto por la mediocridad donde la educación, el aprendizaje, el acceso a la ciencia y la tecnología y en general los grandes problemas y necesidades de educación no se dan en la escuela; allí la mediocridad campea y sin embargo las estadísticas, los discursos de gobernantes y opositores nos contagian con la mentira de una “educación de excelencia”

El tiempo escolar transcurre entre la soledad y abandono de los estudiantes, las inasistencias de los docentes (en promedio en Bogotá faltan 3 (tres) docentes por colegio diariamente, lo que significa que cada día cientos de estudiantes no reciben las clases completas, que quedan sin clase en los salones o en el patio o con “actividades” improvisadas por fuera de los procesos pedagógicos. Si el mundo escolar no transcurre desde la lógica del sentido, el saber, el aprendizaje, la creatividad y el conocimiento del mundo y de la vida socio cultural, la pasión y los deseos significa que la escuela pierde, que pierde el estudiante, que pierde la sociedad... que perdemos todos.

La mediocridad significa justamente que se abandona el tiempo escolar, que no acontece la vida en el colegio y que en sus espacios aparecen otras dinámicas brumosas y perversas que contaminan el tiempo del colegio con el lastre del microtráfico, el pandillismo, el maltrato, el conformismo, la sumisión y un peligroso incremento del consumismo. Ir al colegio y no satisfacer las demandas de aprendizaje y conocimiento configura una estafa social.

El colegio tiene el encargo social de producir cultura, de potenciar el desarrollo de capacidades, de aprender a tramitar los conflictos sin violencia y aprendiendo de ellos, pero también de posibilitar el acceso al mundo simbólico, la expresión de múltiples lenguajes, el acceso a la ciencia y la tecnología, la creación de hábitos de estudio, el desarrollo de procesos mentales que posibiliten la comprensión y el desarrollo del pensamiento, entre otros, pero si el tiempo escolar transcurre entre la vagancia, la improvisación y la irresponsabilidad de no cumplir horarios y no mantener continuidad en los procesos de aprendizaje el resultado es una educación mediocre. Ya algunos investigadores y periodistas han señalado el peligro de un “Pacto por la ignorancia” (Armando Montenegro, El espectador abril 6 de 2013- http://www.elespectador.com/opinion/el-pacto-ignorancia-columna-41444).

Deseos, deseos y disputas

La escuela se ha convertido en un evidente campo de disputas no sólo en asuntos ideológicos y culturales sino de diversa naturaleza, por un lado la administración distrital busca implementar todo tipo de proyectos en la escuela, Claro más como deseo que como realidad y desde una “intersectorialidad” que permite justificar presupuestos, contrataciones e incrementar “coberturas”. La Secretaria de Educación -SED-, por ejemplo, tiene en el nivel central cerca de 61 cargos directivos, y varios centenares de contratistas cada uno exigiendo datos, informes, ejecución de proyectos y quienes incluyen casi sin excepción a sus continuos requerimientos “sírvase atender de manera inmediata, de no cumplir dentro los términos establecidos puede verse incurso en la presunta trasgresión del código disciplinario único”. La escuela sufre, entre otras disputas, las de los funcionarios y operadores que deben “cumplir metas e indicadores” con los informes de los colegios.

En la práctica es la explosión confusa y autoritaria de un sinnúmero de deseos (llamados “proyectos”) pero que no contemplan ni re-conocen las realidades educativas de la ciudad y de la población infantojuvenil, más bien acentúan el pacto por la mediocridad como lo hace el deseo (“proyecto”) llamado “media fortalecida...” que ni siquiera a medias fortalece nada distinto al pacto por la mediocridad en la educación e implanta el grado 12 valiéndose de un discurso melcochudo y ambiguo.

Bogotá con un presupuesto anual de 3  billones de  pesos, que puede gastar de manera autónoma, gracias a que la ciudad está certificada por el MEN, no parece tener interés en re-inventar la educación. La ciudad cuenta no sólo con recursos sino con autonomía para el manejo de sus recursos, decide la política educativa de la ciudad en cuanto a cobertura, infraestructura, calidad y formación y sin embargo no se nota voluntad política ni capacidad para asumir la educación en tiempos de la Bogotá Humana.
No puede ser que a nombre de la Bogotá Humana no sólo se profundice el pacto por la mediocridad consolidando una educación pobre para pobres, sino que además se fortalezca la visión del colegio como un panóptico donde la función principal es “vigilar y castigar” con cámaras y manuales de convivencia convertidos en “códigos policivos” impuestos desde el autoritarismo y con una perversa mirada moralista y neo conductista, con deleznables consecuencias para el conjunto de la sociedad.

Si la Bogotá Humana de verdad piensa y se preocupa por la niñez, por los jóvenes y por humanizar la vida debe trabajar más en la vía del re-conocimiento y la construcción colectiva y menos en la arrogancia, el mesianismo, la instrumentalización y el autoritarismo; Nos resistimos a creer que en la Bogotá Humana triunfen los necios intereses de los contratistas con su perversa provisionalidad y su desierto de sentido sobre la avidez de conocimiento, de sentimientos, de saberes y deseos que se fermenta en los jóvenes con su vívido tropel de expresiones. De otra manera nos veríamos no sólo sufriendo con mayor cinismo el pacto por la mediocridad en la educación, adornado de “mentiras contagiosas” sino ante el peligro de algo mayor ya que como dice mi amigo Mauricio “el que desea y no actúa engendra peste”.

 

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