Oscurantismo versus progresismo, ¿la guerra del fin del mundo?

Aunque ambas posiciones arrastran grandes lastres intelectuales y morales, siguen enfrentando a muchos

Por: Octavio Cruz González
noviembre 11, 2020
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Oscurantismo versus progresismo, ¿la guerra del fin del mundo?
Foto: Pixabay

En la humanidad se viene librando una fuerte guerra, diría que a muerte y desde hace tiempo, entre el oscurantismo social, que en política representa y significa mantener y someter a las sociedades, en donde dominan con sus postulados, bajo los yugos de métodos y sistemas sociales con los que solo pretenden favorecer a ciertos grupos privilegiados de las sociedades; y entre el progresismo social y liberal, un concepto intelectual y ético que busca y propende extender los beneficios de unos Estados compuestos y blindados de derechos, que cubran y caigan sobre todos los grupos étnicos y sociales que componen a las sociedades, buscando y tratando que el beneficio del progreso y del desarrollo cultural, educativo, laboral, industrial, tecnológico y social pueda llegar a todos sus rincones, y sobre todas las personas, intentando que la equidad y la justicia sean los principios rectores de todos sus objetivos.

El oscurantismo es de carácter ético, económico e intelectual, como también moral, religioso, político y social, siendo liderado por las élites económicas, y que en política son representadas por movimientos conservadores, fascistas y hasta religiosos, con un plan determinado y un único fin, además con la férrea convicción de sostener los privilegios que argumentan haber heredado, u obtenido con mucho esfuerzo físico y material, alegando, y sosteniendo muchas veces, que el desarrollo personal no se subsidia, porque los subsidios lo único que produce son personas perezosas, ignorando de paso las circunstancias que han definido las vidas de los desposeídos, ya que éste, el desarrollo personal, se gana con trabajo y esfuerzo individual, estando el Estado en la obligación de protegerlos de los vagos que quieren todo fácil y regalado; considerando que todos aquellos que intenten modificar estos parámetros deben ser sometidos por la fuerza, o incluso eliminados, y si es el caso desaparecidos, de todo escenario de confrontación ante sus postulados, difuminando e invisibilizando cualquier tipo de política u obligación social en las funciones de los Estados.

El progresismo igualmente es ético, intelectual, moral, económico y social, pero sin el componente religioso, pues, aunque se respeta en él las creencias individuales, se argumenta que la religión es un asunto que debe estar ajeno a los fundamentos de los Estados, pues estos sólo deben velar por beneficiar a cualquier persona o ciudadano, ajeno a sus creencias políticas o religiosas, a los sexos y al color de piel, porque el concepto de raza ya ha sido revaluado por la ciencia.

Ambas posiciones desgraciadamente arrastran unos grandes lastres intelectuales y morales, al haber, hacer y tener, en ambos lados de estos espectros políticos y éticos, vertientes que encuentran en la violencia, y en la muerte de sus contradictores y opositores, la herramienta perfecta para zanjar las abismales diferencias de los objetivos que persiguen.

Ante este terrible escenario solo la educación, y la cultura que de ella emana, pueden ser los mejores caminos para solucionar este aberrante enfrentamiento social entre unas sociedades cansadas, hastiadas y desesperadas hasta el extremo de la desesperanza, ya que con sociedades justas ambos extremos pueden encontrar y tener sus propios espacios, permitiendo que las élites, sí así lo quieren, como está demostrado que lo desean, se mantengan separadas detrás de sus muros del vulgo que tanto repudian; como igualmente las sociedades populares, y en general, reciban y mantengan estilos de vida justos y equitativos, dando incluso la oportunidad, a algunos de sus miembros, porque los hay desesperados, puedan alcanzar el éxito económico para poder ser parte de las elites que tanto envidian, encontrando las oportunidades de hacer parte de ellas, donde encuentran que la riqueza material es la fuente de su soberbia, por muy escasa que tengan la intelectual.

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