Óscar Emilio Bustos, un cronista todoterreno de overol y botas

Reside en las goteras de Bogota y desde allá se inspira para narrar la ciudad. Hoy se encuentra al frente del servicio informativo de Canal Capital

Por: Ricardo Rondón Chamorro
abril 03, 2020
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Óscar Emilio Bustos, un cronista todoterreno de overol y botas

Camino a la Puerta de los vientos, a campo traviesa entre el potrero aledaño del acueducto de donde brotan maltrechos cambuches de desadaptados y la cancha de fútbol hace muchos soles abandonada, con marcado paso de trochero, franca y altiva la mirada, el cronista Óscar Emilio Bustos recita como si en su garganta crepitaran leños los versos del payador uruguayo Juan Pablo López en su poema insigne, La Leyenda del Horcón:

Llovía torrencialmente, y en la estancia del Horcón, / como adornando el fogón, / estaba toda la gente. / Dijo un viejo de repente: / “Les voy a contar un cuento, aura que el agua y el viento / traían a la memoria mía / cosas que naide sabía / y que yo diré al momento… /

La puerta de los vientos, como Bustos la bautizó, no es otro asunto que la monumental terraza natural de donde se divisa Bogotá con sus luces y miserias, reverberante a esta hora de un atardecer de domingo, bajo un sol patagónico que hiere la retina y carbura el Eros, como en Luna caliente, la novela despiadada del argentino Mempo Giardinelli.

En este mirador, donde confluyen ráfagas heladas en las madrugadas, y vientos alisios que escocen frágiles pieles, el narrador, bien de mañana, se reconforta de aire puro, estira miembros, se soslaya, medita sobre la ciudad de la que ha escrito kilómetros de páginas, y organiza su jornada esté en activo o vacante.

Es el entorno del cronista de marras, en el sector de La Y, en las goteras del suroriente capitalino, San Vicente Parte Alta, localidad de San Cristóbal, equidistante con barrios como Alpes, Macarena, Futuro, Bellavista, Altamira, Altos del Poblado y Nueva España, entre otros territorios circundados por una espléndida gama de verdes de bosques y montañas, caminos agrestes y empinados por donde trepan y bajan, desde que despunta el alba, vehículos atestados de estudiantes y trabajadores mil oficios, desafiantes a los precipicios y a los cráteres de pavimento, con ese trajín sin remedio de maquinarias vetustas y desgastadas que rugen y traquean como fieras del mesozoico.

Cronista de leguas

Para llegar a la parcela de Óscar Emilio hemos cruzado media ciudad en articulado, con sus respectivos transbordos de estaciones y alimentadores. Una parada obligada fue en el tradicional barrio 20 de Julio. Quien escribe estas líneas no podía dejar pasar por alto la experiencia en vivo y en directo de Radiografía del Divino Niño, crónica maestra de Bustos alrededor de la imagen icónica de peregrinaje y devoción, de brazos abiertos a clamores lacrimógenos de feligreses de todas las estirpes.

Radiografía del Divino Niño, publicada por primera vez en la desaparecida revista Número, a órdenes del escritor, editor y gestor cultural Guillermo González Uribe, ha sido replicada en la Antología de Grandes Crónicas Colombianas, selección y prólogo de Daniel Samper Pizano, en una edición hace tiempo agotada de la serie Libro al Viento, de la Alcaldía Mayor de Bogotá, y en la antología de Óscar Bustos, Colombia Crónica, que él sacó a la luz de su bolsillo. Leerla, vivirla, releerla y compartirla, debería ser un ejercicio obligado en las facultades de periodismo, a propósito de la preocupante debacle que atraviesa el oficio.

El Divino Niño huele a chocolate. No está batido, mezclado en leche o hervido en agua. Está en pastillas y guardado en grandes cantidades. El olor viene de la multitud congregada que de pie o sentada escucha el oficio religioso, la misa pronunciada por el sacerdote de turno, cuya voz golpea poderosamente al ser distribuida por altoparlantes, reza el introito del gran relato que está dedicado a Maxelenda.

Maxelenda Bustos es la madre del inagotable contador de historias de overol y botas todoterreno. Enfermera de profesión y jubilada de la Clínica San Pedro Claver, adscrita al antiguo Instituto de Seguros Sociales (que precedió a la Clínica Méderi), cruza olímpica la edad nonagenaria en una finca de Apulo, Cundinamarca, con una memoria y locuacidad admirables; lectora infatigable y declamadora, con un repertorio de más de cien poemas del parnaso universal.

Unida en matrimonio con Rodulfo Bustos (su primo hermano), sastre de oficio, Maxelenda trajo al mundo cinco hijos, entre ellos una niña, la única mujer de la prole, que falleció a la edad de trece años víctima de una extraña e irremediable fiebre. Los otros cuatro, Ricardo, sastre como su padre, y visionario del tarot; César, mellizo de Óscar, que se desempeña como archivista; y Omar, ingeniero todero, creativo de la construcción en guadua, y piscicultor.

El hombre de las letras, Óscar Emilio, heredó de su señora madre la afición por la lectura y el gusto por la poesía, por la música y el arte en general. Fue ella quien le inspiró la crónica Memorias de una niña llamada Maxelenda, que alterno a su virtud de declamadora, escribió el bambuco Río Bunque, remembranza y homenaje del afluente que cruza su pueblo natal, El Peñón, Cundinamarca, de donde también era oriundo su esposo.

Y de don Rodulfo, el legado de innato contador de historias, con una sorprendente capacidad histriónica, como de actor de radionovelas, para relatar con lujo de detalles y onomatopeyas cruentos episodios de la violencia bipartidista, y de la sangrienta guerra verde representada en el conflicto esmeraldífero en regiones boyacenses como Otanche, donde el curtido sastre vio morir a cuatro hermanos.

Hombre de barriada

Bustos, en el umbral de la biblioteca de barriada que fundó con su esposa, la maestra y gestora cultural Anadelina Amado.

Bustos, en el umbral de la biblioteca de barriada que fundó con su esposa, la maestra y gestora cultural Anadelina Amado.

Bustos, el cronista, la tenía clara desde la juventud con sus quimeras de teatrero, periodista y escritor, y de tiempo atrás, por presiones emergentes de la economía de bolsillo, cuando oficiaba de payaso bajo el remoquete de Pinochín, megáfono en mano como impulsador de corrientazos en restaurantes de San Victorino, igual que alertando chisgas de ropa de cargazón en el mismo sector para lograr algo de provisiones de alacena, y el infaltable tarro de leche en polvo de su hija recién nacida, fruto de su unión de hace treinta y cinco años con Anadelina Amado, trabajadora social, gestora cultural, promotora de lectura, y creadora con Bustos de la Biblioteca Simón el Bolívar, en un local abandonado de la comunidad, que fue expendio de cocinol, antaño el riesgoso combustible de las clases menos favorecidas.

Reside Óscar Emilio en una casa de tres pisos levantada bloque a bloque y hombro a hombro con su mujer, en un lote, herencia de sus padres, donde también edificaron sus hermanos para compartir con sus familias.

El inmueble dista apenas un par de cuadras de la cancha de fútbol, escenario que resume un surtido manojo de recuerdos de la infancia de Bustos cuando soñaba las gambetas brujas de su majestad Pelé, con el número 10 estampado en la camiseta del equipo del barrio, el Puro Pueblo, que ante la frustración de perder por goleada todos los partidos, retomó su nombre para el grupo de teatro de calle y de sala abonado de entusiastas acróbatas, zanqueros y malabaristas que armaban retenes en los semáforos en pos de recursos para dar largas a sus gestas lúdicas.

En la terraza de la vivienda, donde se trenzan urdiembres de cables eléctricos y colgaderos de ropas aseguradas con pinzas que se mecen al ritmo de los ventarrones, Bustos acomete una copla cantarina que una mañana, frente al espejo, brotó como una Venus de la espuma de la afeitada:

Mi barrio es un mirador / y en la distancia resalta /. Mi barrio es mi gran amor, / San Vicente Parte Alta.

Es el feeling del hombre de barriada, del reportero acucioso, del cuenta cosas, aliado en su amor y su forja cultural por la comuna, el contacto fraternal del vecindario, la cancha de fútbol, su puerta de los vientos siempre abierta al vuelo de cometas, el expendio de líchigo, el almacén de abarrotes, la bicicletería, el quiosco del zapatero remendón, el ventorrillo de empanadas, la biblioteca, la satelital de la chismografía en la tienda esquinera donde los viejos apuran frascos de lúpulo y copas de anís, mientras cuecen las últimas noticias de la comuna.

Todero de la información

En la azotea de su casa, levantada ladrillo a ladrillo, hombro a hombro, con su compañera sentimental.

En la azotea de su casa, levantada ladrillo a ladrillo, hombro a hombro, con su compañera sentimental.

Como un Altas de calicanto, Bustos lleva a cuestas la memoria de su barrio, y la de los circunvecinos de La Y, donde vivió en cuartos de inquilinato con su familia en los albores de la infancia. En la piel tiene la impronta generacional del vecindario: esas batallas emprendidas por desplazados de lejanas tierras, que a pundonor sobrevivieron a las penurias y calamidades del éxodo de la violencia, y se asentaron en estos territorios heridos de los extramuros de la capital para ponerle el pecho a desafíos quijotescos, y a un cúmulo de adversidades en aras de levantar un rancho y probar nuevas suertes en arrabales desconocidos.

Son las historias que Bustos ha narrado para prensa, radio y televisión en diferentes períodos de su quehacer reporteril con distintos medios de comunicación, desde Radio Santa Fe, que fue su primer nicho como profesional en activo, cuando salía al aire con la bocina pegada a la quijada de un teléfono de monedero para reportar el crimen del día en Bogotá, y donde inauguró la serie Historias de barrio; pasando por Colprensa, Noticiero 7:30 Caracol, Séptimo Día, Panorama, Hora Cero, Noticiero Nacional, Tv Hoy, Noticiero CM&, RCN Televisión (El mundo según Pirry), City Tv (con sus relatos underground de Ciudad X), y Canal Capital, su casa periodística de los últimos años, a donde retornó como director general del servicio informativo, después de una experiencia significativa.

En Canal Capital, Bustos estuvo primero a órdenes de Hollman Morris (con quien ya había compartido lides periodísticas desde el Noticiero Nacional), célebre etapa por la consecución de los más de 150 capítulos de Hagamos memoria, suerte de crónica-documental de los personajes y las historias que, no obstante el paso del tiempo, recobraron hálito en su virtud investigativa y narrativa..

Pero en ese tránsito de ires y venires por diferentes medios de comunicación, Óscar Bustos también ha vivido las duras y desoladoras intermitencias que arroja el oficio, como quedar desempleado en cinco ocasiones por circunstancias inauditas con sus consecuentes descalabros económicos.

Escritor y poeta

De sombrero verde al extremo derecho, cuando Óscar Emilio se ganaba el sustento como payaso impulsador de corrientazos en San Victorino. Foto: Archivo particular.

De sombrero verde al extremo derecho, cuando Óscar Emilio se ganaba el sustento como payaso impulsador de corrientazos en San Victorino. Foto: Archivo particular.

En esos períodos de vacancia, de dos y tres meses, Bustos aprovechaba para retomar sus escritos de literatura: cuento, novela, poesía. Encerrado en su estudio, rodeado de libros y libretas de apuntes, con el respaldo moral y económico de Anadelina Amado, su esposa, que se multiplicaba en labores para el sostenimiento del hogar, el cronista de leguas invirtió días y noches en la selección antológica de su libro Colombia Crónica, finiquitó su novela Un grito desde el páramo, derivada de su crónica (nominada al premio de periodismo CPB en 2010) sobre la desaparición de un joven supervisor de puentes, que después de una incisiva búsqueda fue hallado muerto ocho días después. Dicha obra quedó preseleccionada en el concurso de novela Ciudad de Bogotá, y años más tarde, con otro título, El grafitero y la heliconia, participó en la convocatoria de novela de la Cámara de Comercio de Medellín.

En otro receso obligado de sus actividades de reportero, se concentró en la escritura de cinco crónicas (de un trabajo en equipo) que le encargó el editor Guillermo González Uribe para el libro 25 años de una revolución musical, memoria de la Fundación Batuta. Y le sobró tiempo para perfilar su poemario Suroriente (Los versos del sastre), poemas musicalizados, homenaje a Rodulfo, su padre.

De condición humilde hasta en su forma de vestir (en su ropero no aparece un traje formal, menos una corbata ni para amarrar un joto de periódicos), Bustos, curado en la virtud y la perseverancia de su trabajo a fondo, liado a la vocación y el criterio que lo ha catapultado como uno de los grandes narradores de Colombia, sintetiza su quehacer en una frase: “Nací en un país que es sinónimo de crónica y de ella me he nutrido todos los días de mi vida”. Una experiencia también compartida en las facultades de periodismo.

En esas estaba a mediados de febrero del año en curso, recapitulando historias y desempolvando recortes amarillentos de periódicos que registran crónicas del pasado, cuando el timbre del celular lo rescató a la cruda realidad. Era una llamada de Ana María Ruiz, politóloga y experta en diseño y montaje de medios de comunicación, nombrada por la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, como nueva gerente de Canal Capital:

—Óscar, necesito verte en mi oficina cuanto antes. Quiero que seas el director de noticias de Canal Capital.

Y el llamado no se hizo esperar. El responsable cargo de director no cambiará en nada su forma de ser, su rutina, sus ejercicios matinales de aire puro en la Puerta de los Vientos, menos su ropero de prendas de combate y botas todoterreno. Continuará siendo el vecino saludero de barrio, el de San Vicente parte Alta en las cumbres brumosas del populoso sector de La Y, presto a primera mañana a tomar el alimentador que lo lleve a su ruta de TransMilenio, con sus respectivos transbordos.

El mismo Óscar Emilio Bustos, visionario de grandes historias, artesano de la crónica, obrero de la información, esta vez en la poltrona de orientador de la sala de redacción, pero siempre con el overol puesto

* Fotos: David Rondón Arévalo y archivo particular.

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