Orgullo gay, una lucha por la supervivencia del espíritu

"Detrás de los arcoiris y las tetillas desnudas, el desfile cuenta historias de dolor, de familias rotas, de futuros desechos en humo, de vidas perdidas"

Por: Lorena Posada Rada
junio 05, 2018
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Orgullo gay, una lucha por la supervivencia del espíritu
Foto: Guillaume Paumier - CC BY 3.0

Aquellos que no entienden por qué se celebra el día del orgullo gay, a los que se preguntan ¿acaso ser gay es motivo de orgullo?, les escribo para abrir la mente y el alma a la empatía.

En la película XMen: The last stand se inventa una cura para las mutaciones. Los mutantes, durante tanto tiempo estigmatizados, podrían por fin ser “normales” y pertenecer a la sociedad. Algunos mutantes y familiares desesperados por una cura que los liberase de ese agravio, celebraron su creación, mientras otros mutantes estaban indignados por que los quisieran erradicar, y huyeron para salvar su mutación y su vida.

Hace unos años alguien me hizo una pregunta similar: si existiera una pastilla que “curara” mi homosexualidad, ¿la tomaría? La pregunta me pareció suficientemente interesante como para replicarla a mis contactos, y la respuesta general fue un rotundo no. A muchos les ofendió la pregunta, recibí indignadas objeciones sobre la idea de la homosexualidad como enfermedad que pueda “curarse”, algunos incluso rehusándose a contestar una pregunta tan ofensiva.

Varios afirmaron que ser gay es parte de su identidad y que hasta no integrar sus preferencias sexuales no empezaron a construir una vida plena, incluso a pesar de perder el apoyo de sus familias en el proceso. Un amigo dijo que su identidad es mucho más compleja y profunda que su orientación sexual, y que las cosas de él mismo que hoy quisiera cambiar no tienen mucho que ver con eso.

Yo respondí que ser lesbiana me daba una visión única del mundo, y que no lo cambiaría, siempre me ha gustado ser diferente y siempre me han interesado las personas que también lo son. Una amiga dijo que inicialmente no cambiaría su orientación pero que si el ambiente era muy hostil consideraría tomarse la pastilla, siendo ella la primera que tomó en cuenta contextos diferentes al suyo.

Entre todos estos ávidos defensores de la divergencia, hubo un ser que no dudaría en tomarse una pastilla que lo curara. Quien inicialmente me hizo la pregunta, odiaba ser homosexual. Odiaba sentirse juzgado por su familia, odiaba sus miradas y sentirse condenado eternamente al infierno católico. A sus ojos los gays somos una aberración de Dios, es un comportamiento antinatura. Ser gay le causaba un dolor profundo, en su cabeza resonaban mensajes llenos de odio de una sociedad que preferiría verse libre de esta “suciedad”.

Podríamos pensar que este ser es una anomalía, que en general las personas no sienten malestar por su sexualidad, que el problema es únicamente de la sociedad que los discrimina, pero no es cierto. Tal vez para muchos de nosotros es claro que la homosexualidad hace parte de la naturaleza y se encuentra en muchas especies. Quizá podamos aprender que la homosexualidad en humanos ha existido desde que existe la humanidad, pero se ha entendido de maneras diferentes a través de la historia y que la palabra homosexual es relativamente reciente. Muchos católicos pueden llegar a pensar que su Dios nos creó así y que somos tan perfectos como él al ser su creación.

Pero no es fácil llegar a esas conclusiones en un país con creencias tan dogmáticas como Colombia, y más con nuestra historia de violencia. Si el malestar no fuera un sentimiento común, no habría adolescentes suicidándose desde los techos de centros comerciales, no existiría una película como Plegarias por Bobby. No habría personas inscribiéndose a tratamientos para curarse, que más que “corregir” una orientación, enseña a odiarla y reprimirla.

A pesar de que la homosexualidad abandonó el Manual de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud en 1990, e incluso antes en 1973 fue retirada del Manual de Diagnóstico de los Trastornos Mentales por la Asociación Americana de Psiquiatría, aún se la considera enfermedad en muchos lugares del mundo, siendo incluso criminalizada en 72 países con penas que varían desde las multas, prisión, latigazos, hasta la pena de muerte que está vigente en 13 países. Solo nueve países contemplan la no discriminación por razones de orientación sexual en sus constituciones. En el Holocausto Nazi los homosexuales fueron perseguidos a la par de los judíos.  

En Ecuador se abolió la criminalización en 1997, sin embargo, clandestinas operan las clínicas de deshomosexualización, centros de tratamientos donde encarcelan a los homosexuales contra su voluntad por petición de sus familias. Los tratamientos consisten en abuso físico y psicólogico, incluyendo terapia de electroshock, encierro, privación de alimentos, y violaciones correctivas.

Las violaciones correctivas se extienden por todo el globo. En la India hombres y mujeres son violados por sus familiares, lo cual muchas veces lleva a las víctimas a huir de sus hogares. En Zimbabwe las mujeres son violadas por hombres para “hacerlas disfrutar de actos heterosexuales” y los hombres son violados (por hombres) para “eliminar tendencias erróneas”.

Para el mundial de fútbol en Rusia en 2018, surgieron manuales de supervivencia para turistas homosexuales indicando las ciudades donde su vida correrá peligro por cuenta de los civiles si se da la mano en público con su pareja.

En América Latina se practican exorcismos que desgastan física y emocionalmente a la persona, pero más allá de eso, destruyen su espíritu. Estos rituales muchas veces guiados por una institución cuyos miembros pedófilos tienen como preferencia sexual los niños sobre las niñas.

En Chechenia un hombre lanzó a su sobrino de un edificio por ser gay. Jóvenes torturados en sillas eléctricas para delatar a otros gays. En Colombia un padre torturó a su hijo adoptivo hasta matarlo por sospechar que era gay. Probablemente el niño ni siquiera sabía qué significaba esa palabra, quizá aún no había experimentado la atracción. Cada año son asesinados 150 LGBTs en Colombia.

En lo personal, varias veces me han dicho que si no me gustan los hombres es porque no he conocido al hombre adecuado, al hombre que me “enseñe cómo se hace” o que me “haga mujer”. Mi sexualidad es un fetiche para los hombres heterosexuales (gracias porno). Me da miedo dar besos en público porque temo por mi integridad física y moral. No tengo derecho a mostrar afecto en centros comerciales, el espacio público es de otros. Hay moteles donde no se me permite follar a menos de que queramos hacer un trío con un hombre. Allí, donde la homofobia intersecciona con el machismo.

Hace un par de años no podía casarme, mi pareja no podía afiliarme a salud y pensión, no podía adoptar legalmente a su hijo, ni heredar sus bienes. La sociedad prefiere tener a los  niños huérfanos o violentados a que viva un hogar con amor diverso.

Sin embargo, gracias a guerreros de la resistencia, en Colombia tengo derechos legales y puedo intentar hacer algo al respecto, si es que tengo la paciencia de pasar por este sistema legal tan tortuoso. Cada vez hay más políticas públicas y privadas luchando contra la discriminación, aunque hay resistencias, sobretodo de sectores conservadores que se sienten respaldados por sus respectivos dioses.

El rechazo de la sociedad a sus minorías tiene su costo emocional. La constante duda y terror de muchos que crecieron en la religión católica de si de verdad al morir irán al infierno, de si su Dios los odia, de sentirse sucios por dentro, indignos. Los discursos de odio a los que estamos expuestos, a los que los niños están expuestos. No so<lo la violencia física hace daño, la psicológica también crea temblores, temblores que colapsan en el odio a uno mismo, el autorechazo, la impotencia de estar obligado a soportar tanto sin derecho a reaccionar más que un grito una vez al año en el Desfile del Orgullo Gay. Los suicidios. Lo diré otra vez. Los suicidios.

Detrás de los arcoiris y las tetillas desnudas, el desfile cuenta historias de dolor, de familias rotas, de futuros desechos en humo, de vidas perdidas y espíritus en desconcierto. No se trata de estar orgullosos, ni siquiera de defender la divergencia sexual... se trata de un grito ahogado, un ruego por el derecho de existir sin sufrir violencias. Hay tanto dolor que no parece caber en el pecho, y ebulle la necesidad de gritar a quienes nos rechazan, de unirnos en una voz a exigir, implorar un cambio de conciencia, de unirnos a recordar a aquellos que ya no están y que fueron simples bajas en esta guerra de intolerancia. Nos unimos todos en un deseo humano de cambiar el pasado, pero sobretodo, de crear un futuro diferente.

El pasado no puede cambiar, pero el futuro aún está pendiente. Para crearlo queremos que la juventud entienda que sí hay una vida después de ese dolor, que si tus amigos y tu familia no te aceptan, la solución no es morir, no es drogarte hasta perderte, es descubrir otras maneras de vivir. Cambiar tu vida, cambiar de amigos y crear tu propia familia. Es amarte a ti mismo con la familia, sin la familia o contra la familia. Incluso a veces contra Dios. Hay miles de personas dispuestas a escucharte, apoyarte y contarte su historia.

Ahogados en rabia e información olvidamos a los niños que a diario aprenden de lo que ven en el mundo y en los medios de comunicación. Ellos reciben todos estos mensajes contradictorios de cómo ser, cómo no amar, y a quiénes odiar. Es importante decirles, y entender nosotros mismos, que amar y amarte en una sociedad que prefiere que no existas es un acto revolucionario. Y como acto revolucionario, tendrá sus resistencias.

Hay días que quema tanta injusticia. A veces invade el rencor y la impotencia; el miedo de que no se cumpla este loco deseo de vivir en un planeta donde yo pueda viajar sin tener que buscar en internet si el gobierno de ese país puede privarme de la libertad por atreverme a amar... y que se note. Un planeta donde ningún disidente de la heteronormatividad tema por su vida, donde no haya mujeres perdiendo la fe en la humanidad porque un hombre quiere curarlas con su pene o sus puños. Donde ningún hombre tema perder el amor o la custodia de sus hijos por culpa de la homofobia. Donde ningún transexual tema salir de su habitación o mirarse al espejo. Donde a ningún niño huérfano le sea negado el derecho a una familia solo porque los interesados en adoptarlo no son hetero.

Hay tanta oscuridad que se pierde a veces la fe, pero desde mi rincón del mundo seguiré intentando incomodar. Haré lo posible por estallar algunos prejuicios porque creo que es momento de trascender. Pero los cambios no nacen de la nada. Ojalá lleguen pronto épocas donde nadie sienta su espíritu romperse por ser diferente.

Muchas corrientes espirituales afirman que el alma no tiene género, y si solo existe un género del alma, todos somos homosexuales.

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