Orgías, estruendo y drogas: Uribe Noguera, el vecino indeseable

Cuatro años después del crimen más horrendo, los vecinos del Equus 66 recuerdan la pesadilla que era tener en el mismo edificio al asesino de Yuliana

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diciembre 03, 2020
Orgías, estruendo y drogas: Uribe Noguera, el vecino indeseable

Todavía recordamos con estupor como los medios de comunicación querían tapar el nombre del asesino de Yuliana. Se demoraron casi un dia entero yendo por las ramas "al parecer un prestigioso arquitecto bogotano se vio envuelto en un escándalo..." un periodista de Caracol Noticias, en la emisión del mediodía del 5 de diciembre del 2016, se atrevió a decir el nombre del monstruo que había matado y violado a Yuliana Samboní: Rafael Uribe Noguera, hermano de un abogado socio de la firma más importante del país.

El arquitecto ahora está en el rincón más hediondo de la cárcel de la infernal Tramacúa, en Valledupar,  al lado de Garavito, quien ya pidió traslado por encontrarse en estado terminal, y hasta hace poco de Popeye. Está haciendo maquetas y ganándose unos pesos dentro de la cárcel. Pero cuando estaba en libertad y tenía a su disposición un apartamento en el último piso del edficio familiar. A veces debe extrañar cuando su casa se atestaba de amigos y él era nada más que otro niño bien de Bogotá

¿Cómo eran las rumbas?

Todas las mañanas Rafael Uribe Noguera se ponía la sudadera y salía a correr. Sus vecinos del edificio Equus 66 habían notado que el arquitecto había cambiado. Dos años atrás las fiestas que hacía no dejaban dormir a nadie. A la música con un volumen intolerable se sumaban las mujeres prepago que atiborraban la portería del edificio presionando para poder entrar.  Las quejas arreciaban pero no había mucho que hacer: Uribe Noguera era socio de la firma de arquitectos Lascaux que había construido el edificio, entre muchas otras obras.

Sin embargo un escándalo rebosaría la copa. En una madrugada de agosto del 2014 los gritos y la música que salían de su apartamento eran atronadores. En el mismo piso se habían mudado una pareja de esposos jubilados. Insistentes llamaban a la portería pero nadie les hacía caso. El esposo fue hasta la puerta de Uribe Noguera, tocó el timbre y él mismo, borracho y trasvestido, le abrió la puerta. No se sabe muy bien que pasó después pero, al parecer, hubo insultos y un intento de agresión hacia el anciano. Al otro día la familia del arquitecto lo convenció de que se tenía que ir del edificio.

Le aconsejaron que se tratara. El efecto que le hacía el alcohol y las drogas lo convertía en otra persona que no se parecía en nada al tipo amable y despierto que conocieron sus compañeros en el Gimnasio Moderno, colegio en donde se graduó en 1996. Allí no sólo se destacó por ser un excelente jugador de fútbol sino que su liderazgo lo llevó a ser el director de la banda de guerra. Aunque nunca nadie lo vio meterse un pase de cocaína se sabía que era rumbero y que a veces se le iba la mano y solía faltar a clases porque las fiestas se le alargaban más de lo debido. Las directivas del colegio recibieron quejas de padres de familia porque a Uribe Noguera, sacándole jugo a su popularidad como futbolista, músico y mujeriego, le encantaba hacer Bullyng.

Siguió ligado íntimamente a sus compañeros de colegio con los que convivió desde que tenía seis años. Por eso ellos lo vieron en septiembre cuando su promoción celebró los 20 años de su graduación en una finca cerca a Bogotá. Era el mismo. Estaba intentando no volver a tomar más porque el trago lo transformaba. Sus vecinos también habían visto el cambio: desde que regresó al edifico Equus en marzo del 2016 no se habían vuelto a presentar escándalos. Uno de sus compañeros del Gimnasio Moderno lo vio el sábado pasado en el cumpleaños de una de sus sobrinas. Estaba igual, era el mismo.

Un día después él, como sus otros compañeros del Gimnasio Moderno, como los que estudiaron con él en la Javeriana, como sus vecinos del Equus 66, no podían creer lo que leía en los periódicos, lo que vieron en la televisión: Rafael Uribe Noguera había secuestrado, violado, torturado y asesinado a Yuliana Samboní, una niña caucana de siete años.

Ahora, cuatro años después, los Samboní regresaron al Tambo, su pueblo. Nadie, ni siquiera la familia del asesino de su hija, los ha querido ayudar.

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