Oposición judaica al sionismo: una encrucijada para el Estado de Israel

El gobierno apela a razones de corte nacional, territorial y de segregación, argumentando un discurso que no es coherente con la identidad vinculada a la Torá

Por: Andrés Felipe Serna Vélez
noviembre 06, 2018
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Oposición judaica al sionismo: una encrucijada para el Estado de Israel
Foto: Pixabay

Desde su fundación, Israel ha suscitado todo tipo de polémicas y contradicciones dentro del derecho internacional y en el mismo seno del judaísmo, tanto por su difícil integración en el ya diverso sistema político de estados árabes que conforman Oriente Próximo, como por los métodos empleados por los líderes sionistas para legitimar la presencia judía en el otrora Mandato Británico de Palestina.

El establecimiento de Kibutz o asentamientos judíos y la consolidación de aparatos paraestatales, definidos a grandes rasgos por la organización Hovevei Zion e ideólogos como Theodor Herzl, Jaim Weizmann y David Ben Gurión, fueron consignados desde 1897 en el Programa de Basilea con la pretensión de asegurar la afluencia judía a Palestina [1], a raíz del fracaso de la asimilación y la emancipación judía en Europa durante el siglo XIX, y los pogromos en la “Zona de Residencia” [2] de la Rusia zarista. En efecto, ante el creciente antisemitismo, y la reconfiguración europea de dicha centuria vía pangermanismo y paneslavismo, que excluyó al judío de los modelos nacionales del momento, este se convirtió en el candidato predilecto para emigrar a Eretz Yisrael.

El traslado de población judía alentó y afectó directamente las pretensiones nacionalistas de los árabes, que desde las primeras décadas del siglo anterior rechazaron categóricamente la presencia masiva de los judíos en Palestina, considerada parte integral de la umma o comunidad islámica. Por ello, antes y después de la fundación del Estado de Israel en 1948, el sionismo ha buscado progresivamente consolidar un maximalismo territorial y demográfico que choca con el modelo liberal-democrático que pretende establecer, con el objetivo de coartar cualquier posibilidad de establecer un estado palestino.

De hecho, Israel establece de facto un gobierno militar con facetas de exclusión racial, que bien pueden parecerse a las Leyes de Núremberg aplicadas a los mismos judíos en la Alemania nazi, solo que actualmente no es la Gestapo sino los jóvenes militantes del Israeli Defense Forces (IDF) los encargados de realizar la tarea y segregar a los árabes a modo de gueto de Varsovia.

De allí que resulte interesante encontrar pensadores judíos que cuestionan las políticas israelíes y abordan la oposición judaica al sionismo, de la manera en que Yakov Rabkin lo hizo en su conocida obra: Contra el Estado de Israel [3]. Con este objetivo, el autor resaltó que antes del sionismo no se desarrolló ningún impulso a inmigrar (basados en postulados políticos) en masa a Palestina, debido a que la tradición judía postula que la redención no puede venir más que de una acción mesiánica, es decir, el retorno no se debe forzar porque es Dios quien puede hacerlo y dará la señal para poner fin al exilio.

Yakov argumenta esta postura basándose en los principios del Talmud [4], cuyos juramentos claves para el judaísmo, a saber, no entrar en masa y de una manera organizada en la “Tierra Prometida” (aún con apoyo de las naciones), no rebelarse contra los demás estados y que estos no dominen con exceso al pueblo, no incluyen una dimensión nacional de la identidad judía. Por el contrario, el sionismo persigue cuatro objetivos esenciales, basados en transformar la identidad trasnacional judía centrada en la Torá, en una identidad nacional, a semejanza de otras naciones europeas, desarrollar una nueva lengua vernácula inspirada en el hebreo bíblico y rabínico, desplazar a los judíos de sus países de origen hacia Palestina y establecer un control político y económico sobre la misma con apoyo internacional [5].

En contraste, diversos rabinos, académicos, y organizaciones antisionistas vinculadas al judaísmo, exponen la instrumentalización de la Historia con fines propagandísticos dentro de las escuelas públicas israelíes (mitos fundadores y biografías de grandes sionistas), que la par de la “sionización” de los textos sagrados, como una clara muestra de la deformación teológica que realiza el sionismo. Entre los autores destacados por el autor resalta Joel Teitelbaum (1887-1979), autor de Va-Yoel-Mosche, obra fundamental del antisionismo judaico, el rabino Alexander Moshe Lapidos (1819-1906), autoridad rabínica de gran importancia en el Imperio Ruso, y miembros del judaísmo ortodoxo, los cuales consideran el sionismo como una herejía, un renegar de la creencia mesiánica fundamental y una violación de la promesa hecha a Dios de nunca adueñarse por la fuerza de Tierra Santa.

Por lo tanto Contra el Estado de Israel brinda una notoria oportunidad al lector de comprender que Israel apela a consideraciones de corte nacional, territorial y de segregación política, social y económica a poblaciones no judías, argumentando un discurso religioso que realmente no es coherente con la identidad judía vinculada a la Torá, y sus mandamientos, que no suponen una superioridad intrínseca, ni privilegios especiales frente a los palestinos, ni mucho menos la consolidación de un Estado que sirva a los judíos de refugio universal frente al antisemitismo. En ese sentido cabe preguntarse: ¿qué opinan los seis millones de judíos que residen en los Estados Unidos? y ¿qué les impide retornar a su “Tierra Prometida”?

[1] También conocida como hacer “Aliyah.” Al respecto es propicio mencionar los objetivos inscritos en el Programa de Basilea: alentar la instalación en Palestina de agricultores, de artesanos y de comerciantes judíos; la organización y la unificación de todas las comunidades judías mediante instituciones apropiadas, locales y generales, conforme a las leyes de sus países respectivos; el fortalecimiento del sentimiento judío y de la conciencia nacional; y finalmente, realizar trámites preparatorios en vista de conseguir de los gobiernos el acuerdo necesario para alcanzar el objetivo sionista.” Es decir, un Estado. Véase: Primer congreso sionista, Basilea 1897.

[2] En la actualidad dicha zona ocupa el territorio comprendido por Lituania, Bielorrusia, Polonia, Moldavia, y Ucrania.

[3] El autor aclara que el rechazo a los postulados sionistas no puede considerarse una postura antisemita, ya que una mayoría indiscutible de los que interpretan el judaísmo se oponen a la reconceptualización de lo que es ser judío, la inmigración masiva a tierra santa y al uso de la fuerza para establecer en Palestina su hegemonía política.

[4] Texto central del judaísmo que registra las discusiones rabínicas sobre la ley judía, la ética, las costumbres, la historia y la filosofía. Al respecto resulta útil estudiar una versión del Talmud babilónico escrita entre los siglos III y V, donde se pueden abordar estos juramentos y comprender el significado metafísico, simbólico y espiritual de Israel en el judaísmo, alejados de cualquier posibilidad de establecer un estado en tierras palestinas. Véase: Talmud babilónico.

[5] Yakov Rabkin, Contra el Estado de Israel. Historia de la oposición judía al sionismo, trad. Irene Selser (Martínez Roca: Buenos Aires, 2008), 20.

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