Operacionalismo, posmodernidad y posverdad

Si bien vivimos en la era de los datos, estamos muy lejos de experimentar una época de conocimiento y mucho menos de sabiduría

Por: Carlos David Martínez Ramírez
julio 03, 2019
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Operacionalismo, posmodernidad y posverdad
Foto: Pixabay

Ha sido muy común que en diferentes momentos de la historia diversas personas, con tendencias o sin tendencias al dogmatismo, se mostraran preocupadas por la relativización de la verdad. A pesar de esto, hoy vivimos una época en la que este fenómeno se ha acentuado drásticamente, de manera que el temido relativismo, entendido de manera extendida como que la verdad depende de la posición del sujeto, parece algo simple en comparación con nuevas formas de banalización de la verdad.

Es claro que si se asume una perspectiva filosófica, por demás válida, es posible afirmar que la verdad no existe y sólo existen discursos que bajo ciertas condiciones se legitiman como verdaderos para beneficiar poderes particulares. Pero es importante, entonces, reflexionar con relación a cómo se democratiza el escepticismo o cómo se permita al grueso de la población tener la educación necesaria y suficiente para cuestionar críticamente lo que diversos poderes pretenden configurar como verdadero.

El filósofo británico Ronald Barnett plantea que el operacionalismo consiste en una tendencia en la sociedad a privilegiar la supervivencia económica por encima de la búsqueda de la verdad, si se quiere en términos de competencias, a privilegiar las competencias operacionales (centradas en el saber-cómo o know-how) por encima de las competencias académicas (centradas en el saber-qué o know-that).

En el filósofo francés Lyotard y en el geógrafo norteamericano Harvey, es posible encontrar algunos de los estudios más completos para caracterizar la condición de la posmodernidad, para resumir, de manera simplista, tal vez, se afirma que no existen discursos unificadores para definir lo que es verdadero de manera unánime, como no es posible afirmar en el campo de la estética que existe un único criterio para definir lo que es bello y lo que no lo es.

Por otra parte, la posverdad resulta más ramplona y al tiempo más radical, de manera que se plantea que ya no importa la verdad sino el dinero, el poder, ganar las elecciones, etc. Este concepto se popularizó después las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos, frente a la victoria de Trump un periodista sentenció bienvenidos a la era de la posverdad y el diccionario de Oxford escogió el término (post-truth) como la palabra de ese año.

El artículo de Katharine Viner, en The Guardian, titulado How technology disrupted the truth, analiza la influencia de los medios y, específicamente, Internet y las redes sociales en las elecciones, así como el uso de discursos emocionales (en lugar de aludir a los hechos). En The Economist [1], se analiza que la política de la posverdad es posible principalmente por dos amenazas en la esfera pública: la pérdida de confianza en las instituciones que soportan su infraestructura [de la verdad social] y los cambios en la forma en que el conocimiento sobre el mundo llega al público. Aunque no desaparecen, las instituciones que hacían posible una verdad compartida en una sociedad (la escuela, los científicos y expertos, el sistema legal y los medios de comunicación) están a la baja y, simultáneamente, suben los nuevos gatekeepers: motores de búsqueda y redes sociales [2]

Aunque este tipo de fenómenos siempre ha existido, hoy resulta preocupante su radicalización y la falta de capacidad de análisis y de reacción por parte de la población en general. Además, vale la pena cuestionar que posiblemente vivimos la era de los datos, pero estamos lejos de experimentar una era del conocimiento y muy lejos de una era de la sabiduría.

Referencias

[1] Yes, I’d lie to you

[2] Bienvenidos a la era de la “posverdad”

 

 

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