Oneida Pinto, ¿una falsa indígena?

"Los afros se fundieron con los indígenas para salvarse de la esclavización. Hoy son afros disfrazados de indígenas queriendo eludir la justicia"

Por: Martín López González
enero 31, 2020
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Oneida Pinto, ¿una falsa indígena?
Foto: archivo ElHeraldo.co

Muy lúcida la columna de Abel Medina Sierra titulada “Oneida Pinto y las identidades contingentes” publicada recientemente. Cuando escribe “No solo para Pinto, también sirvió para Cielo Redondo, ex alcaldesa de Uribia. Oneida tan arraigada a ancestros negroides de Tabaco, Calabacito y Los Remedios, tan afro como su parentela por padre y madre, como su esposo e hijos. Cielo, tan nutrida de savia negroide de Dibulla donde no se conoce un Redondo que no sea afrodescendiente”, está citando las dos más famosas regiones afros de La Guajira.

En 1570, el portugués Baltasar Noble fue denunciado ante el gobernador de Santa Marta por realizar comercio de esclavizados con los ingleses y de haberlos introducido por Salamanca de la Ramada, hoy Dibulla. Pudiendo ser este uno de muchos casos por ese sitio, lo que explicaría la alusión permanente a La Ramada como territorio de gente negra. El desenlace de este caso es que a Baltasar Noble le tocó regresar de las playas del Río de la hacha hasta Salamanca de la Ramada con veinte negros.

Episodios de cimarronismo lo representan las oleadas de esclavizados provenientes de Venezuela. Para 1586, los negros cimarrones del mariscal Castellanos fueron perseguidos desde la laguna de Maracaibo por cincuenta soldados, que, después de tres días de camino, los encontraron en un poblado nutrido, cercado de maderos muy gruesos, desde donde peleaban. A este fuerte los soldados le pusieron la Nueva Troya. Este sitio está ubicado en El Cerrejón de los Negros en La Guajira; lo que encontraron indica una organización tipo palenque que albergaba una gran cantidad de cimarrones.

Las rutas de entrada de esclavizados negros a La Guajira fueron por el Cabo de la Vela, por el puerto del Río de la hacha, por Salamanca de la Ramada, provenientes de Maracaibo y por el Valle de Upar. En el año 1803 el virrey de Santa Fe, Pedro Mendinueta, da cuenta que “con fecha 28 de febrero de este año en el puerto de Chimare de aquella costa ocupada por los Indios bárbaros Guagiros desembarcó una corbeta procedente de Guadalupe doscientos negros” para que fueran exterminados por los indígenas, quienes hicieron alianzas con estos negros.

Diana Uribe (2014) nos afirma que “La historia de los africanos traídos a América, es la historia extraordinaria de una fuerza de civilización, cultura y aprendizaje que pudo conservar elementos culturales en medio de circunstancias tan difíciles, muchas veces gracias a las alianzas con el mundo indígena”. En La Guajira este fenómeno tiene unas características muy particulares, pues es una vasta región que resultó inquebrantable para el dominio español.  Al parecer, nuestros cimarrones en su mayoría jóvenes varones no se limitaron a la formación de palenques, sino a la salvación individual, por lo que la fusión con las indígenas era la salida, dándose una pérdida de identidad y linaje por el parentesco matrilineal.

A comienzo del siglo XVII, unas doscientas familias no europeas se hicieron a una extensa ganadería en el valle del río Ranchería, precisamente en la región de tránsito del cimarronaje, dando origen a una economía nueva que generaba riqueza por el negocio de las carnes, leche, queso y pieles; a ellos se les comenzó a llamar wayuú. Los africanos fueron grandes actores en el cambio a la economía pastoril, pues la cría del ganado estuvo desde los inicios encomendada a ellos. La cría de animales convirtió a los wayuus en el único pueblo amerindio dedicado al pastoreo.

Así pues, otrora los afros se fundieron con los indígenas como tabla de salvación en contra de la esclavización. Hoy son afros disfrazados de indígenas queriendo eludir la justicia o, en palabras de Abel Medina, “la idea era presentarla al país como una humilde indígena, aquella aguerrida mujer que, se atrevió a derrotar a las castas oligárquicas y sexistas, la que persiguen por ser mujer, indígena y humilde. La estrategia era llevar un caso penal de corrupción al terreno de la disputa simbólica de la discriminación de género y de las minorías étnicas”

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