Opinión

Ojalá nos coja leídos

Pocos leyeron las cartillas de Gina, menos las de Uribe. Tampoco los Acuerdos de la Habana. Al fin del conflicto se multiplicarán las discusiones y la lectura será clave para construir una posición responsable

Por:
agosto 21, 2016
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Tal como lo dije en mi columna pasada, el “affair cartillas”  movilizó poderosas fuerzas y nos enfrentó como sociedad a miradas, proyectos y concepciones opuestas y poco razonables (en el sentido de Rawls). Las democracias saludables no le temen a los debates profundos y encuentran en ellos razones y vías para fortalecerse.  El ejercicio de estos últimos días ha demostrado varias de nuestras debilidades y particularidades como sociedad que, aunque presentes durante muchos años y fundamentales en muchas de nuestras realidades, suelen invisibilizarse y solo saltan a la luz en momentos de tensión y confrontación.

Que los colombianos leemos poco, lo dicen y reafirman estudios y encuestas todos los años.  Hace poco, en una de ellas,  se cuestionaba la muy popular,  y facilista, explicación que sustenta los bajos índices de lectura en aspectos económicos.  Según la encuesta solo el 5,8 % de los colombianos declaran que no leen por falta de dinero, mientras más del 90 % reconoce que la falta de interés y de tiempo explica los indicadores tan bajos.  La democracia, y especialmente la liberal, que evita los dogmatismos, los líderes iluminados y las verdades inamovibles, presupone ciudadanos libres y autónomos con la capacidad de construir, asumir, reevaluar y defender sus posiciones constantemente.  La lectura, no obstante las facilidades comunicativas del video y de otros medios, es todavía una herramienta imprescindible en el desarrollo y profundización de la democracia. Muy pocos  leyeron las cartillas de Gina y mucho menos las de Uribe.  Tal como pasa con los Acuerdos de la Habana, los resúmenes e infografías no son suficientes para la construcción de una posición propia y responsable, la cual exige un esfuerzo lector no solo sobre los textos en cuestión, sino también sobre diferentes interpretaciones y explicaciones de los mismos.

 

Las frases cortas y severas, los dogmas, las mentiras,
las verdades a medias y los juicios de valor emitidos por líderes de opinión,
son para muchos los únicos insumos para decidir sobre temas controversiales

 

 

 No leer y no profundizar en los temas de los debates democráticos potencializa otra de nuestras debilidades, humana y compartida en diferentes regímenes políticos, ya no solo criolla: la necesidad y dependencia de un líder que responda de manera clara, contundente y sin dobleces a dudas y preguntas. Entregarle a algún personaje o institución la responsabilidad de elegir, evita invertir tiempo en informarse y en enfrentar las inseguridades y cuestionamientos propios de la toma de una posición frente a temas complejos.  Las frases cortas y severas, las alarmas sobre ataques y conspiraciones, los dogmas, las mentiras, las verdades a medias y los juicios de valor emitidos por líderes de opinión, partido o religión son para muchos los únicos insumos a partir de los cuales deciden una postura acerca de temas controversiales.

Leer y ampliar la mirada propia sobre diferentes temas también nos permite conocer las experiencias, los dramas y las vidas de los otros más allá de sus opiniones o militancias.  Reconocer la humanidad compartida de quien no comparte nuestras opiniones es una condición necesaria para la vida democrática de cualquier sociedad.  En la gran mayoría de los casos el odio hacia un grupo o hacia personas es el resultado de prejuicios heredados o de miedos infundados.  Lo que desconozco me asusta y me amenaza.  En el caso del proceso de terminación del conflicto en La Habana y en el de la discusión sobre el género, la sexualidad y la familia que se han entrecruzado en estas últimas semanas los enfrentamientos y las diferencias no se pueden identificar con un grupo concreto ya que atraviesan clases sociales, razas, géneros y regiones. Tal como lo decía un columnista de El Espectador esta semana: “Porque aquí no estamos hablando de la lucha contra los nazis, contra el apartheid o contra Stalin. Estamos hablando de nuestras tías, nuestros primos, vecinos, amigos. La gente con la que uno come, y hasta baila”. El respeto por las personas es perfectamente compatible con la contundencia en los argumentos y la necesidad de señalar las incoherencias, mentiras o errores de las otras posiciones.

La democracia es un consenso sobre lo fundamental y un conflicto, no violento,  sobre casi todo lo otro.  La democracia no es, en palabras de Estanislao Zuleta, un océano de mermelada sagrada.  En la democracia conviven y se relacionan personas, movimientos y proyectos diferentes y opuestos y el gran reto es permitir su avance y desarrollo conjunto sin violencia.  Definir conjuntamente qué es lo fundamental es una tarea urgente y casi siempre inacabada.  Educarse para el debate es entender que solo con buena información y con apertura se puede construir una posición propia responsable para así fortalecer la democracia.  Así mismo defender una posición informada ayuda a colonizar espacios no extremistas y evita las manipulaciones e incoherencias.  El fin del conflicto armado va a significar la multiplicación de los conflictos y las discusiones civiles.  Ojalá nos coja leídos.

 

 

 

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