Opinión

¡Oh tiempos, o sequía, oh sed!

Al gobernador de Sucre, Édgar Martínez Romero, le toca ganar la apremiante batalla del agua en el departamento

Por:
enero 28, 2016
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La historia registra batallas icónicas a lo largo de su curso: mitológicas unas, militares las más, pero a todas les es característico que definen contiendas, luchas, entre fuerzas que se contraponen; entre modelos y sistemas políticos.

Y eso, luchar hasta vencer, es cuanto le toca emprender al  gobernador de Sucre, Édgar Martínez Romero, para ganar la batalla del agua para Sucre, un departamento precario en este recurso  irremplazable para la subsistencia humana, para el crecimiento y desarrollo.

Cuando decimos que el recurso agua es precario en Sucre, queremos significar calidad, cantidad y sistemas de distribución del mismo, entre otras variables que conforman y hacen benéfico y útil este recurso para el conjunto de la población que lo demanda en una y otra de esas  contingencias.

Históricamente, Sucre ha sido avergonzado con el asalto de los presupuestos públicos destinados para solventar su más grave problemática: la de la falta de agua en todos y cada uno de los municipios que conforman su jurisdicción, en su capital Sincelejo, en su aparato productivo.

No obstante los cuantiosos y constantes recursos apropiados por  sucesivos gobiernos nacionales  para dotar de agua potable  a Sucre, este departamento no dispone de un sistema de acueductos eficientes que provean de ese recurso a la población urbana y rural que habita sus municipios y capital.

Y menos, la provisión del recurso hídrico para uso agrícola, pecuario e industrial, en un territorio cuya vocación agrícola y pecuaria natural debería tenerlo, sin restricciones ni precariedades, para generar las dinámicas de un desarrollo económico que tenga en esa vocación natural su acelerador.

Sin embargo, en los informes de los órganos de control se detallan los recursos públicos “invertidos” por las diferentes agencias del Estado para dotar a Sucre de los sistemas adecuados para la provisión de agua potable, solo que esas inversiones no se corresponden con la calamitosa realidad de la precariedad o carencia de dichos sistemas y del recurso hídrico.

La del agua proclamada por el gobernador Édgar Martínez Romero, tiene que ser su batalla más encarnizada: agua suficiente y de calidad para el consumo humano y para el uso agrícola, pecuario e industrial; agua para ganarle la batalla al subdesarrollo que mantiene a Sucre en estado de inviabilidad en su economía.

Agua con transparencia y eficiencia; agua libre de los aditivos de la corrupción, la burocracia incompetente y el clientelismo arrasador que la contaminan y apropian para su exclusivo provecho a través de planes fantasmas.

Agua del Magdalena, del Sinú, del San Jorge, del Mar Caribe, de los Montes de María.

Pero agua.

Agua pura, abundante y transparente, que redima a Sucre de la sequía en la que viven todos los sectores de su población; agua para el campo, la ganadería, la agricultura; agua para la inversión que genere empleo, productividad, crecimiento y desarrollo; agua para el baño lustral que nos redima del subdesarrollo.

En 1952, Adolfo Gómez Támara, un sincelejano de avanzada y de mentalidad progresista y modernizante, empezó la batalla del agua por Sincelejo: el Acueducto Regional de Sabanas, un sistema de acueducto que, acopiando aguas del río Magdalena, diera en la solución radical de la sed y la sequía del extenso y rico territorio que atravesaría el portentoso sueño de Gómez Támara.

El mismo sueño al que hoy nos convoca despertar Édgar Martínez Romero, gobernador de Sucre, sesenta y cuatro sedientos años después.

¡Oh tiempos, oh sequía, oh sed, oh Sucre!

Poeta
@CristoGarciaTap
[email protected]

 

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