¡Oh gloria inmarcesible!

En nuestro país los ciclos de la historia han sido forjados por el odio, la exclusión y el dolor. ¿Podremos cambiar esto?

Por: Efraín Leiva Gutiérrez
agosto 03, 2020
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¡Oh gloria inmarcesible!
Foto: PxFuel

En los tiempos de nuestros próceres, Nariño y Miranda, se acallaba al valiente y sin ningún recato se traicionaba la verdad de los pactos que suscribían los gobiernos para acallar la protesta de los explotados en su labor productiva; hace más de un siglo, con la hegemonía conservadora de Núñez y Caro, cuando se sentaron las bases de un gobierno democrático, se hizo el tránsito a una vida moderna con el sacrificio de los sectores progresistas de artesanos, labriegos y trabajadores de la tierra; para entonces ser liberal, librepensador y defensor de las minorías era pecado condenado en las iglesias; después, en la mitad del siglo pasado, con el poderoso yugo de la doctrina "América para los americanos" se puso el candado a la pluralidad de opinión y se proscribió toda forma de pensamiento distinto al de los gobiernos sumisos a la prepotencia de los gringos, la seguridad interna fincada en la represión, en la persecución de los defensores del obrero, del maestro y el pequeño poseedor de una parcela.

Hoy, después de casi medio siglo, estamos postrados ante la delincuencia aleve de los más capacitados, los hijos de quienes levantaron industria y futuro con el sueño de mejores horizontes y educaron a sus hijos en Harvard y Cambridge, en las escuelas del pensamiento de los años ochenta y las universidades americanas de Princeton y Yale. Las necesidades de la sociedad siguen siendo las mismas y el Estado sigue apenas cumpliendo un papel de escasa asistencia en la mejora de las condiciones de vida; los líderes están cada vez mejor capacitados pero tienen una debilidad común y manifiesta: carecen de ética.

Hoy prevalece en el mundo entero la especulación del capital y el gobierno de los medios; ya no el de los notables y estadistas que avizoraban la complejidad de sociedades a largo plazo, pero tampoco la barbarie de los clanes y las dictaduras exterminadoras de los hombres; el poder en manos de "los medios" de una sociedad es sin duda el imperio de la mediocridad. El gobierno desangelado de los que no se esfuerzan.

En Colombia gobierna hoy el odio y la exclusión como respuesta a ese sino trágico de tantos años de no hacer las paces con la tragedia y encumbrarse sobre el dolor. No es necesario nominar a los adalides de ese propósito frente a tal resultado. Los más dilectos, los educados en el exterior, hoy ocupan (usurpan) los puestos de dignidad del Estado al servicio de la venganza, del despojo y de la persecución; dan muestra de capacidad en la obediencia, retribuyen al maligno con sumisión y nula reflexión propia. Estudiaron para replicar y dar perverso resultado en el reparto privado de beneficios y en la arrogancia de sus posturas porque adolecen de ética y sentido de servicio a sus semejantes; ellos mismos son sus semejantes y no ven más allá de ese espejo reluciente de su propia abundancia, pues nacieron y se educaron para ser gerentes y ven al Estado como su empresa propia.

Como resultado de ello, de nuestra personal elección y voto, todos somos un Estado fallido porque en la construcción de nuestra propia realidad, flaqueó el propósito de comunidad con principios y la familia explotó ante aviesos intereses; no hay un camino trazado y será difícil desde tanto despojo y miseria sembrar esperanza nueva.

En el colombiano de la lucha diaria hay talento y alegría, hay sentido de lo artístico y profundo recogimiento ante la adversidad de la naturaleza y las tragedias cotidianas; pero un instante luego de despertarse el recuerdo del atropello y la saña, es como si se avivara la candela en dónde parecía no haber rescoldos. Nace el odio irredento y es ahí donde se exalta al mediocre y se le entrega un pedestal, a quién no merece sino nuestro desprecio.

Solamente si logramos romper la cadena del odio, alentado por el político que necesita del ni voto para medrar y llenar el bolsillo, avanzaremos en una construcción que disipe el dolor y haga las paces con una concordia que hace tiempo nos debemos todos.

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