Odisea de un suizo en Colombia donde el calor llega al alma

Aris Socratidis terminó en Cali convencido de que "el periodismo es el mejor oficio del mundo" y se quedó reportando una ciudad por descubrir

Por: Aris Socratidis
septiembre 01, 2016
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Odisea de un suizo en Colombia donde el calor llega al alma
Foto: receptivocolombia.com

La palabra es chévere, el verbo gozar. Son estos términos que me fueron murmurados al momento de abordar el vuelo hacia Cali, un viaje que me iba a aportar mucho más que lo esperado. En Colombia el clima es caliente y la gente ardiente, y esta chispa que se propaga en el aire al ritmo de la salsa enciende a cualquier corazón venido de clima frío como el mío. Cuando uno aterriza en la pista del Alfonso Bonilla Aragón de Cali, es como meter la mano en un horno, se siente la ola de calor ahogante y el sol no deja abrir los ojos completamente sobre las palmeras u otras matas exóticas que pueblan el lugar. Es como un primer choque de temperatura, una cálida bienvenida que obliga al que llego envuelto de diez capas a revelarse, y constituye la primera etapa de un viaje que le permitirá descubrirse.  La cultura de Colombia es varia y diversa, y como en muchos países renacientes, es de mucha tradición oral, es menos de saber, más de vivir.

Aquí la gente no concibe su existencia por preceptos enseñados o teorías escritas sino a través de sus propios ojos y a medida de los grados de calor que reciben todos sus sentidos. Y este vivido se observa en cada par de ojos independientemente del estrato social, esta forma casi feudal de separar las diferentes clases de la población. Porque del rico al pobre, todos han debido experimentar a un momento dado la dificultad de la vida en Colombia. De la falta de recursos a la falta de sistema adecuado para paliar a las necesidades del ciudadano, de la violencia a la pobreza extrema que ya no lleva a vivir sino a sobrevivir, cada persona que ha nacido o pasado un tiempo en este país ha oído y entendido el tristemente famoso dicho: la vida no vale un peso. Es con esta máxima terrible constantemente en mi mente que inicie mi labor periodística por las calles de la supuesta tercera ciudad más peligrosa del planeta. Y este pensamiento funesto aún no ha detenido mi sed inagotable de conocer  cada día algo más de Colombia.

El primero de junio 2015 empecé a recorrer la ciudad lejana de mi infancia, y con una curiosidad típicamente europea, trate de entender los usos y costumbres locales. Primero y ante todo está la salsa, la mezcla de música del caribe perfeccionada en Estados Unidos y Puerto Rico con toques de jazz y devuelta a sus creadores de Latinoamérica es casi más importante para el habitante del Pacífico que lo es un reloj preciso para un suizo. Este lamento incesante y embriagante parece unir la sociedad colombiana entre ella más que lo que esta misma quisiera aceptarlo, porque cada vez que suena es por adentro que el rolo, paisa, costeño y caleño está conmovido, y el instinto del cuerpo domina instantáneamente la voluntad de la mente. En segunda posición y estrechamente ligado a la rítmica previamente descrita, se encuentra el amor de la vida rica; el gozo. El que impide un razonamiento crítico incisivo y lógico sobre las problemáticas de la vida y permite a la vez un mejor disfrute de la esencia real de la existencia, vacía de dificultades frecuentemente sobrepensadas y sobrevaloradas. Al revés de una acumulación de expectativas creadas desde la infancia en Europa, la vida del colombiano se vive día a día, porque muchos aquí todavía no han dejado de sobrevivir para poder ofrecerse el lujo de vivir y de pensar en una perspectiva más lejana que la del próximo amanecer. Esta ausencia de construcciones mentales infinitas nos lleva al tercer y más importante punto; la construcción de sí mismo.

De la misma forma que la sociedad colombiana se desarrolla empezando por lo más primario, así se edifican la mente y las percepciones del que recién llegó a este mundo creciente e infinito de caminos diferentes para lograr. Sócrates decía “gnothi seaúton”, conócete a ti mismo, y después de haber pasado 25 años buscando en mí el significado de esta frase, es en el lugar el más lejano y opuesto a Suiza que he encontrado su sentido.  Había que dejarse vivir, dejarse llevar, dejarse sentir, y sobre todo había que buscar el calor y dejarse construir por él. Porque como lo dijo otro ilustre griego, no hay nada en nuestra inteligencia que no haya pasado por nuestros sentidos. Aquí en Cali, Colombia, mis sentidos han confirmado los dichos de García Márquez; el periodismo es el mejor oficio del mundo.

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