Objetividad versus imparcialidad: una discusión que debe concluirse

"Aunque muchos dirán que son complementarios, la triste realidad de estos tiempos nos muestra que este deber ser es el engaño más crucial que vivimos"

Por: Mario Acevedo Marín
junio 30, 2020
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Objetividad versus imparcialidad: una discusión que debe concluirse
Foto: Las2orillas

Soy un desconfiado del periodismo que se proclama objetivo o del tecnólogo que sostiene a mucho honor que queda excluido de toda interpretación de la realidad. Para mí, los unos como los otros caen en un dogmatismo racionalista sospechoso y de mala fe.

La sociedad está constituida por individuos y estos a su vez se convierten en grupos sociales cuyas relaciones, guste o no, tienen su contenido esencialmente en la economía y sus posicionamientos axiológicas tienen que ver con este factor. Sin embargo, la economía, como todo producto de la cultura humano, tiene un componente "objetivizante" que se concretiza en la política, máxima escencialización del pensamiento, por aquello del poder. Así que economía y política son dos caras de una misma moneda que se llama cultura.

Es por eso que el periodismo para poder llegar a un mínimo de verdad frente a hechos sensibles, que deben verse desde ángulos y aristas diversas por los sujetos que producen los hechos, no puede predicarse como objetivo y/o neutral. Un hecho interpretado desde dos puntos de vista contradictorios debe tener su valoración efectiva de certeza a partir de hechos y con esto y todo hay una gran probabilidad de subjetividad, pues depende mucho del compromiso periodístico o de la intención misma del que ejerce este oficio y se vuelve opinador (opinión: conceptos con apariencia de verdad que están construidos a partir de ideología).

No es criterio de verdad la fuente de donde proviene un producto noticioso. Digamos: un noticiero o una publicación periodística, si solo deja al público ver una sola mirada, la que solo tiene el periodista que la produce, hay problemas. La rigurosidad mediática debe construirse sobre el poder comprender un hecho con base en los orígenes de un acontecimiento, “las múltiples determinaciones” de las que nos habla la filosofía epistemológica. Sería este un criterio de verdad informativa que opina a partir de la imparcialidad y no de la pretendida objetividad del comentarista o periodista o “influenciador”. Son la información democrática y la construcción de la conciencia social, fundamentada no en prejuicios sino en situaciones evidenciadas por el análisis y los hechos, las que sufrirán la catarsis de la decodificación discursiva del sistema imperante.

La información como noticia objetiva de la violación de la niña embera por siete soldados debe ser construida desde las distintas circunstancias que produjeron semejante barbaridad. Miremos: el ejército tiene una visión; los senadores del Centro Democrático tienen otras valoraciones; quienes le hacen oposición a este gobierno, como los periodistas que apoyan la serie Matarife, sin duda ratifican sus apreciaciones; algún periodista de La2orillas considera que esas posturas oposicionistas son tóxicas y minimizan este hecho para evitar hacer daño a la subjetividad que les da cierto prestigio. Así, entonces, esta casa periodística va construyendo su línea formativa, que no puede quedarse en el facilismo de la pontificación de medio alterno.

¿A quién creerle? ¿Es así de esquiva la verdad? ¿No se puede llegar a la certeza? Sin duda, ante estos hechos hay otros que le dan validez de efectividad certera si solo si se desligan de una apreciación subjetiva, que solo lo logran los tecnócratas (jueces pragmáticos que interpretan la ley como lo único válido y positivo, según sus conveniencias ideológicas) o los periodistas a sueldo, que hacen creer que son portadores de la verdad verdadera y cierta y por lo tanto pueden a priori juzgar y es por esta razón esconden sus intenciones provenientes del sueldo y de su estabilidad laboral o estatus supuestamente profesional.

¿Cuál es la verdad en una sociedad tan diversa con intereses tan encontrados y autoexcluyentes? Ella no se puede relativizar absolutamente, pues hay que tomar decisiones, desde la gobernabilidad de la sociedad que no es otra cosa que una función del Estado, si con mayor razón se proclama social y de derecho. Tal vez en esto se diferencia un administrador público de un estadista, pues la función del Estado es volverse el imperativo racional de toda la sociedad y no que este sea la máquina opresora de una élite minoritaria cuyos valores éticos y funcionales están suficientemente cuestionados, ejerciendo mandato ilegal e ilegítimo, con el supuesto poder que otorga una democracia formal, que ha sido reducida al ejercicio del sufragio, así sea mal habido: comprado, coaccionado, alterado en el sitio del voto o simplemente engañando con la demagogia (a la que disfrazan con el cuestionado concepto de voluntad popular). La verdad es que los así electos terminan por alejarse de sus supuestos representados y la democracia se convierte en una entelequia de sofistas e ingenuos.

Así que por ahora la profesionalidad de la información y el ejercicio de la justicia está entreverado en una contradicción de objetividad versus imparcialidad. Dirá el lector, no, es que ambos son complementarios, la triste realidad de estos tiempos nos muestra que este deber ser es el engaño más crucial que vivimos y de ahí esta incapacidad para construir una sociedad en paz, igualitaria, decente y soberana, donde la búsqueda de la verdad sea el horizonte que nos acerque al puerto que hemos construido como esperanza colectiva de sociedad y pueblo...

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