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Opinión

Nunca subestimar el odio

El odio, el racismo y el antisemitismo están vivos y dispuestos a reclamar un lugar en la agenda política de nuestro tiempo

Por:
Agosto 27, 2017
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Nunca subestimar el odio
El triunfo y la presidencia de Donald Trump ha servido para “normalizar” y alentar la presencia de la política del odio en el escenario americano

Si no fuera porque el espectáculo terminó en violencia y muerte, la  escena podría ser parte de una película de Fellini o de una opera bufa.  Un grupo de hombres blancos, entre los 20 y 50 años de edad, bien vestidos (con ropa hecha en China) y bien presentados, marchando en la noche por la Universidad de Virginia con antorchas (polinesias), gritando “Heil Hitler”, “Tierra y Sangre” y  denunciando el “genocidio blanco” que se desarrolla actualmente en Estados Unidos.

Los marchantes, pertenecientes a grupos como los neonazis, el Ku Kux Klan, el Partido Obrero Tradicionalista  y los Supremacistas Blancos (grupos hoy reunidos bajo el concepto de Derecha Alternativa) venían de diferentes poblaciones del sur y centro de EE.UU. a esta pequeña ciudad de estudiantes para enviar un mensaje a todo el país y al mundo.  El odio, el racismo y el antisemitismo están vivos y dispuestos a reclamar un lugar en la agenda política de nuestro tiempo.

Aunque este tipo de manifestaciones  se realizan, de una u otra forma, desde el siglo XIX bajo la protección constitucional del derecho a la libertad de expresión (Primera Enmienda), en los últimos años, y  especialmente en este 2017, se han vuelto más regulares, violentas y numerosas.  Las causas  son diversas y complejas, pero se pueden destacar algunas por su impacto real.  En primer lugar, estos grupos han hecho bien la tarea de trasladar la movilización y el trabajo político de la reunión presencial, la plaza y la calle, a las redes sociales.  Tal como lo hacen los yihadistas, la extrema derecha americana ha logrado reclutar y movilizar muchos adeptos en las omnipresentes y poco controlables redes.  En segundo lugar, hay que mencionar el hecho de que en los últimos años el debate sobre los símbolos y personajes de la Guerra Civil (1861-1865), y su papel en la Norteamérica del siglo XXI, ya no se circunscribe a los círculos académicos  y ocupa un lugar en los espacios de decisión política.  Algunos gobernadores, alcaldes y Concejos han ordenado la remoción, de las calles y plazas, de la bandera confederada y de las estatuas de los líderes políticos y militares del Sur, a lo cual han reaccionado diferentes personas y grupos. Recuerden ustedes que el punto central de esa violenta guerra fue la esclavitud y por ende la memoria de la misma, así como sus protagonistas, todavía tienen efectos en el país y su gente.  Los extremistas han aprovechado la indignación que suscita en algunos la desaparición de los símbolos para ampliar su círculo y alcance.  Finalmente, y no menos importante, la campaña, el triunfo y la presidencia de Donald Trump ha servido para “normalizar” y alentar la presencia de la política del odio en el escenario americano.

 

 

Estos grupos han hecho bien la tarea
de trasladar la movilización y el trabajo político
de la reunión presencial, la plaza y la calle, a las redes sociales

 

Desde su campaña, el ahora presidente ha demostrado, cuando menos, su incapacidad (moral?) para condenar de manera inequívoca los sustentos, las búsquedas y los métodos de la extrema derecha americana.  En su mente, -clichesuda, ignorantona y pragmática, la violencia de Charlottesville fue el resultado de dos males reprochables y condenables por igual: la esvástica y sus campos de concentración, la reivindicación de la esclavitud y la discriminación vs. el llamado al respeto y el pluralismo.  Ambos responsables de la violencia y del odio, según Donald.

 

 

Ahí tienen al de la cachucha roja y el pelo naranja
afirmando cada semana que va a drenar el pantano político
para hacer a América Grande.

 

 

En su obra maestra Los Orígenes del Totalitarismo, la filósofa Hannah Arendt identificó y conceptualizó acerca de varios aspectos y situaciones que permitieron la llegada al poder del nazismo y el estalinismo.  Entre ellos figuran la crisis del sistema partidista y la consolidación de los movimientos basados en identidades y movidos por emociones.  En segundo lugar, y como insumo del primero, la alienación y el aislamiento creciente de los individuos que detona una búsqueda de estructuras y discursos que le permitan vincularse e identificarse con un grupo, cualquiera que este sea.  Por último, una degradación del concepto de verdad (nada es verdad) y un desconocimiento descarado de los hechos que da paso a la construcción y propagación de narrativas consistentes, simples y sin fracturas ni dobleces.  Ahí tienen al de la cachucha roja y el pelo naranja afirmando cada semana que va a drenar el pantano político para hacer a América Grande.

“Al principio el fascismo parecía un chiste, hasta que dejó de serlo” titulaba un artículo The Economist hace algunos días.  Un mundo en el que un carro y un cuchillo se convierten en armas para masacrar indiscriminadamente.  Un mundo en donde hay acceso ilimitado a información sin filtros proveniente de las más variadas fuentes.  Un mundo donde se cuestiona profundamente, y con razón, las instituciones de poder. Un mundo, finalmente, en el que comparten territorio razas, religiones y culturas como nunca antes se había visto, es un mundo en el que no se puede permitir la “normalización” de los discursos y las ideologías del odio, la superioridad racial  y la discriminación.  Nunca subestimar el odio.

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