¡No podemos conformarnos con no ser racistas!

A todos nos debería importar lo que pase con cualquier otro ser humano. Además, es mejor preocuparse por el bienestar de otro que solo ocuparnos de nuestra existencia

Por: Jorge Luis Solano Quintana
junio 08, 2020
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¡No podemos conformarnos con no ser racistas!
Foto: Pixabay

“Negro negrucho color de cacao, la cara bonita y el culo cagado”, así le decían mis compañeros de primaria al niño afrodescendiente de la clase hasta que lo hacían llorar. Cuando eso pasaba, cambiaban de juego.

Luego, cuando este niño se fue del colegio, quedé siendo yo el más moreno y lógicamente heredé su capacidad para entretener a los demás. Con los años me convertí en el negro del colegio, lo cual empecé a disfrutar. Me comí el cuento de que era negro, por lo que fue más bien una decepción cuando ya siendo adulto me di cuenta de que realmente no era negro sino un mestizo más, como el 85 por ciento de los colombianos.

En Colombia, hasta para solidarizarse con una causa hay que ser selectivo. Si va uno a compartir un post apoyando una campaña antirracismo que empezó en Estados Unidos, hay que presentar credenciales en las que conste que uno antes se ha solidarizado con causas parecidas en Colombia, de lo contrario no es válido.

Tenemos una necesidad ridícula de marcar diferencias, de pensar que los de allá solucionan sus problemas y que acá nos encargamos de los nuestros, como si no fuéramos la misma cosa, como si una persona muriéndose de hambre no sufriera de la misma manera en Manaure o en las calles de París; como si los policías que matan negros en Puerto Tejada fueran más decentes que los que lo hacen en Minnesota; como si los sirios que buscan refugio en Grecia la pasaran mejor que los venezolanos que llegan a Colombia.

Lo de que somos una misma raza no es retórica, a todos nos debería importar lo que pase con cualquier otro ser humano en el planeta y sin duda alguna será mejor preocuparse por el bienestar de otro donde sea que esté a que solo nos importe nuestra propia existencia.

De un tiempo para acá, mucho después de la abolición de la esclavitud, en toda América se desarrolló el consenso de que el racismo era algo inaceptable y vergonzoso, y aunque en la mayoría de los casos no ha pasado de ser un elemento simbólico, la verdad es que el ser mal visto en una sociedad de apariencias hace mella.

Sin embargo, cuando el presidente Trump dice públicamente “¿Qué diablos pueden perder los negros si votan por mí?” O “¿Por qué tenemos a toda esa gente de países de mierda?” o cuando Bolsonaro señala que sus hijos no corren el riego de meterse con una mujer negra porque ellos fueron muy bien educados, pues simplemente están legitimando el racismo, en sus políticas, en sus funcionarios y en sus votantes, entonces los que antes se escondían ya pueden ser descaradamente racistas, ya ni siquiera hay que disimular.

Que George Floyd muriera en Minnesota como murió, bajo la custodia de la policía, con alevosía, es aterrador, y cuando ya hemos vuelto lo indeseable parte de lo normal, tiene que ocurrir lo aterrador para despertarnos de ese sueño en el que dormimos ciudadanos fracasados que no entendimos el concepto de vivir en sociedad.

Sin decir que uno está de acuerdo con la violencia en las protestas antirracistas que han tenido lugar en todo el mundo, sí hay que hacer un esfuerzo por ponerse en los zapatos del otro, por sentir la frustración, la impotencia, y la desesperación de una comunidad que de ser víctima de los peores vejámenes en la esclavitud, 400 años después es apenas aceptada, aún vulnerable, aún vilipendiada. Pero como a nosotros no nos toca, solo decimos desde el atril del privilegio: “Ay no, así tampoco, ¿qué ganan partiendo vidrios?”. Acá la respuesta: ¿qué han ganado no partiéndolos?, ¿por qué ellos deben respetar un pacto social que ha sido quebrantado sistemáticamente desde el otro lado?, ¿qué son unos vidrios rotos frente a las vidas sacrificadas? Desafortunadamente, ante gobiernos con los oídos tapados ha sido la protesta social, algunas veces violenta, la que nos ha permitido gozar de derechos y ejercer con libertad la ciudadanía.

Al decir que las vidas de los negros importan (#BlackLivesMatter), nadie pretende decir que las demás vidas no. A esta raza enferma de discriminación le tocó inventarse la discriminación positiva para visibilizar y defender a las poblaciones que históricamente han sido discriminadas, negros, mujeres, gais.

No tendría sentido salir a protestar por la vida de Trump cuando no está en peligro. La vida de George Floyd importaba, la vida de Anderson Arboleda era muy importante; pasa que la vida de los negros es más vulnerable que la de los blancos, porque hay un sistema racista que va desde el gobierno hasta los intolerantes de a pie, porque no es casualidad que los departamentos más pobres de Colombia sean donde están los afrodescendientes, porque no es casualidad que los negros son los primeros que requisan o que en Colombia usen el indio o el negro como un insulto.

Hay mucho que aprender y conductas que debemos modificar. Sí, esto se pone difícil cuando partimos de que todos deberíamos tener las mismas oportunidades desde que nacemos, recibir la misma educación y estar rodeados de ambientes sanos para que tenga sentido exigir mínimos de representación en esferas profesionales y demás. Por ahora no podemos conformarnos simplemente con no ser racistas, ante una ola de intolerancia solo nos queda ponernos la camiseta contra todo tipo de discriminación y darle vocería a líderes con los que se pueda dialogar y no sea necesaria la violencia para ser escuchados. Desafortunadamente un solo gobernante puede aportar poco, pero también un solo gobernante puede desechar lo logrado en muchos años.

Yo sin ser negro, seguiré orgulloso de ser negro. Al final todos venimos de África. Al final todos los colombianos bailamos, comemos y sonreímos con África en el corazón.

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