No pierdo la esperanza...

"Con la misma celeridad con que el gobierno ha expedido decretos, debería regular las condiciones básicas para la vuelta a la presencialidad, aun en itinerancia"

Por: MARIO MANUEL LEÓN PULIDO
febrero 05, 2021
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No pierdo la esperanza...

No pierdo la esperanza de que el gobierno nacional haya aprendido a lo largo del último año que la inversión social debe dirigirse de manera efectiva a satisfacer las necesidades esenciales de la población, entre ellas la educación. Todo lo acontecido durante la pandemia nos hizo conscientes de nuestra humanidad, la cual sin discriminar estratos socioeconómicos se vio menguada y en algunos casos suprimida. Sin embargo, considero que hay un grupo de la población que ha sido cruelmente excluido de la “agenda” gubernamental, y es precisamente el gremio de la educación.

No soy docente, tampoco padre de familia, pero soy humano, y eso es más que suficiente para entender la importancia que nuestros maestros tienes para el país. No soy docente, reitero, pero eso no implica que no reconozca y valore el esfuerzo de aquellos que invierten su vida en hacer más digna la vida de aquellos a los que enseñan, no soy padre de familia, pero eso no implica que no sienta como propia la preocupación de mis hermanos y amigos ante la incertidumbre de no saber que sea mejor, si enviar o no a sus hijos al colegio.

Los protocolos de bioseguridad han demostrado que su efectividad es relativa, pues el factor humano es altamente impredecible, más aún en los niños, que como es natural, desean verlo todo, oírlo todo, tocarlo todo, experimentarlo todo. Pretendemos que los niños dejen de actuar como niños ante una amenaza que ni siquiera los mismos adultos parecemos entender. Además, los protocolos son formalmente unos —los que aprueban las autoridades de salud y educación— y materialmente otros, pues al igual que cuando yo fui niño, los docentes siguen “sonando mocos”, “limpiando colas”, “cambiando cucos y calzoncillos cuando los niños se orinan” y eso no está contemplado en ningún protocolo, simplemente porque el protocolo es reduccionista y decide desconocer muchas realidades que quienes hacen las leyes y aprueban los protocolos también desconocen.

¿Cómo pretendemos que un niño entienda que no debe abrazar a aquellos que entiende y reconoce como iguales?, ¿cómo esperamos que el niño deje de usar sus manitas para explorar el mundo que cada día se le presenta más nuevo y sorprendente?

Recientemente leí un informe de la Unicef, del pasado mes de diciembre en que llamaban la atención de los estados, respecto de la necesidad de que los maestros deben tener prioridad en la vacunación contra la COVID-19, clasificándola no solo como deseable sino como “fundamental para que vuelvan a estudiar de nuevo”.

Lo anterior es básicamente un tema de sentido común, pero recordemos que hoy por hoy “el sentido común es el menos común de los sentidos” y en nuestro país representa prácticamente una utopía. Ahora bien, me tomé la tarea de preguntar a algunos docentes conocidos como era su día a día durante esa “normalidad” de la que ya casi queda solo el recuerdo.

Me levanto a las tres y media de la mañana; preparo el almuerzo para mis dos hijos (5 y 7 años), los dejo arreglados y desayunados donde una vecina que los entrega a la ruta para que los pasee durante dos horas para llevarlos al colegio (es inhumano pero no hay otra opción), salgo de casa antes de las cinco de la mañana, luego camino aproximadamente 15 cuadras, cuando aún está oscuro para llegar a la vía principal donde debo esperar la flota abarrotada de gente para llegar al colegio antes de las 6:30. Una vez llego al colegio empieza la jornada que formalmente va hasta las 2:30 pm pero que la mayoría de veces se puede extender hasta las 5 o 6 de la tarde. Son las cosas que uno soporta, por mantener su trabajo, pero además porque cuando se ejerce la docencia por vocación y no por plata, uno da más.

Debo caminar 10 cuadrsa del colegio al transporte que me llevará de vuelta a casa, nuevamente flota abarrotada de gente -Transmilenio es peor- por dos horas porque es hora pico; me bajo de la flota y camino las mismas 15 cuadras para llegar a mi casa, para ese punto ya son casi las ocho de la noche; recojo a mis hijos, les ayudo con las tareas, lavo la ropa, preparo la comida, los llevo a dormir, en este momento ya son las 10 de la noche y empiezo la planeación de las clases del día siguiente para irme a dormir a la 1 de la madrugada, alcanzo a dormir por mucho tres horas, salvo que el coordinador o la rectora hubieran ideado alguna actividad o reunión que demande planeación adicional.

A todo lo anterior súmele el hecho de que la mayoría de quienes trabajamos en colegios privados, somos contratados por obra/labor, lo que hace que cada día sintamos la necesidad de decir “si” a todo lo que las instituciones nos imponen para conservar el empleo del que dependen nuestras familias y que generalmente, representa el único ingreso de nuestros hogares.

Para mi es impensable que mis hijos estudien en el colegio en el que soy docente, las pensiones son altísimas, contrastando con el salario de $1.700.000 que devengo mensualmente. Soy licenciada, con especialización en educación básica y una maestría en orientación, este año el colegio me “sugirió” iniciar un curso de inglés para “asegurar mi permanencia en el colegio” o en su defecto el doctorado. Pero, ¿a qué hora? Y ¿con qué plata? Si el curso de inglés lo estoy pagando de mi propio bolsillo, el colegio ni siquiera me ha permitido flexibilizar la jornada para asistir a las clases.

La “nueva normalidad” no mejoró nada, porque, además de ser docentes de sus alumnos, deben ser docentes o cuando menos supervisores y acompañantes de sus hijos, mientras lavan, planchan y cocinan, también planean, evalúan, acompañan y coordinan a sus grupos. Los que no tenían equipos, debieron invertir en computadoras, cámaras, incrementar las características de sus servicios de internet y dejar de lado ser padres, madres, esposos, esposas, hijos e hijas para adaptarse a esta “nueva normalidad”.

La sala de mi casa, el comedor e incluso la alcoba se convirtieron en una extensión indiferenciable del aula de clases, al mismo tiempo soy “la profe”, “mami”, “la directora de grupo”, y “cariño” cuando mi esposo está de buenas pulgas y no desesperado por tener dos niños y una esposa pegados a el computador (el único de la casa), una Tablet y un celular dictando y recibiendo clases, mientras él, con o sin confinamiento, con o sin distanciamiento social, debía ir al café internet de la cuadra a hacer teletrabajo.

La señora ministra de Educación insinúa que los docentes están muy cómodos con la virtualidad (ver: Respuesta al desprecio de la ministra por los educadores), con todo respeto, y sin desconocer sus calidades académicas, su visión es netamente económica, que finalmente es su área de conocimiento (ver: María Victoria Angulo), no es ni de cerca una visión pedagógica y menos aún humana. Esa insinuación no es contestable, ni siquiera con el sarcasmo, es irrelevante, irreal y ciertamente no le habla al grueso de la ciudadanía que entre el miedo y la necesidad terminan aceptando lo que venga. Y no es que tenga algo en contra de la señora ministra, o con el hecho de que sea economista y que su práctica docente se diera únicamente en el ámbito universitario y en esa área, pero aún los economistas pueden ser humanos y salvaguardar la humanidad de los otros.

Desde la perspectiva economista,puedo también sustentar mi punto, para la muestra la muy actual propuesta del economista Manfred Max Neef, quien llama la atención sobre el hecho de que “desarrollo”, “progreso” y “crecimiento” son conceptos que si no dignifican y rescatan la humanidad de la persona no sirven (ver: Desarrollo a escala humana, una opción para el futuro). Si los colegios han invertido en instalaciones, insumos, tecnología y redes, deberían entender que todo eso es insuficiente si no invierten en la seguridad de sus docentes.

No pierdo la esperanza de que con la misma celeridad con que el gobierno nacional ha expedido un número considerable de decretos nacionales, regule condiciones básicas para la vuelta a la presencialidad, aún en itinerancia, y que no hagan mas gravosas las ya complejas circunstancias de los docentes, por ejemplo:

1. Implementación de rutas para el transporte de los docentes, que mitigue el riesgo de contagio en el transporte público. En los casos en que no sea posible, exoneración del pago de pasajes en los distintos sistemas de transporte a nivel nacional.

2. Diseñar en coordinación con el Ministerio del Trabajo y las distintas autoridades de educación en el territorio nacional un beneficio de estabilidad laboral reforzada de los docentes del país para que, salvo justa causa, sus contratos de trabajo en cualquier modalidad no puedan ser terminados hasta un año después de que termine la emergencia sanitaria decretada por el gobierno nacional.

3. La inclusión de los docentes y estudiantes de todos los niveles educativos en el grupo prioritario de vacunación.

4. Restringir la alternancia y presencialidad, entre tanto no se garantice la vacunación de los docentes y estudiantes del país.

5. Exigir como obligatorio, un plan de contingencia articulado a los protocolos de bioseguridad implementados por las instituciones educativas, de todos los niveles, que contemple que, para volver a las clases, sea en alternancia o presencialidad, demuestren que docentes y estudiantes han sido vacunados.

6. Reducir el descuento de carga prestacional a cargo de los docentes, asumiendo esa reducción el estado colombiano.

7. Que se decrete la inclusión de la educación en todos los niveles como actividades y servicio esencial, dando a todos los docentes de todos los niveles educativos, los beneficios de los denominados trabajadores esenciales.

No pierdo la esperanza, confío en que las presuntas buenas intenciones de los gobernantes se materialicen en actos concretos. No pierdo la esperanza de que el interés del gobierno por la educación se limite a las campañas en tiempo de elecciones, sino que sea un interés legítimo y sincero.

Finalmente, a quien pueda leer esto y considere que pueda tener algo de razón le dejo está última reflexión a cargo de Shakespeare, mi propia y modesta adaptación:

El gobierno me ha deshonrado, me ha impedido ganar lo justo, se ha reído de mis pérdidas y burlado de mis ganancias; ha afrentado a mi oficio, dificultado mi ejercicio, desalentado a mis amigos, azuzado a mis enemigos. Y ¿por qué razón? Porque soy maestro. Un maestro ¿no tiene ojos, no tiene manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones? ¿No se alimenta de lo mismo? ¿No lo hieren iguales armas? ¿Acaso no sufre de iguales males? ¿No se cura con iguales medios? ¿No tiene calor y frío en verano e invierno como los gobernantes? Si nos pinchan ¿no sangramos? Si nos hacen cosquillas ¿no reímos? Si nos envenenan ¿no morimos? Y si nos ofenden no nos vengaremos, porque el corazón del maestro es tan noble que se encargará de que la villanía que le enseñaron no la aprendan sus alumnos para que en la venganza no busquen superar al Estado que les ha enseñado a desviar la vista y hacer oídos sordos a sus necesidades.

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