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Opinión

No hay prueba

Nuestro tono en la política

Por:
Marzo 16, 2017
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Entre la discusión jurídica y jurídico penal con respecto al tema ético y, forzosamente, de cultura política, nos vamos a acabar.

La experiencia es total y, miren ustedes: muy parecida, casi igual. El tono de diferencia es que, en el caso de marras, en el proceso 8.000 quedó demostrada la filtración de dineros de la mafia a la campaña presidencial de 1994 y la inestabilidad que ello produjo, duró hasta después del mandato que concluyó en 1998. Aún retumban sus malsanos efectos. En el de actualidad, se dice, por la filtración de dineros, de una de las empresas más complejas, pero en su momento, prósperas, que contaminó a toda la América con su poder y, por la corrupción, se describe con un chascarrillo, pero es así: ‘Odebrecht’ hizo posible el sueño de Bolívar, unió a las Américas’, pero, ¡qué pesar, por la corrupción!

Casi igual. Sí, la supuesta diferencia está en el origen: en la una, la del proceso 8.000, dineros de origen claramente ilícito; en el presente, aunque no lo eran, los convirtieron, pues tanto da igual transitar con dineros ilegales, como utilizarlos para que se entregue el Estado a la corrupción. Razón de más para que algunos dirigentes empresariales de la empresa ‘Odebrecht’ estén a buen recaudo, con medidas y limitaciones de libertad de naturaleza penal.

En la época de marras se saltó de la reflexión penal a la moral, a la ética y de allí a la indignidad, como forma de acción de la Comisión de Acusaciones y, así, así, la Comisión de Acusaciones precluyó la Investigación. Pero al mismo tiempo, superando tanto salto de reflexión en reflexión, los operadores de la campaña, como el denominado tesorero de la misma, fueron acusados y condenados, a más de varios congresistas que también recibieron dineros de la mafia. Así pasó.

Esa experiencia debe tenerse en cuenta, verdaderamente en cuenta. Si repasamos un poco, veremos que cuando se inicia el escándalo, pues vamos de escándalo en escándalo, de la que después se denominó la parapolítica, la reacción, fuera de mostrar extrañeza, hasta de los implicados, se reforzó la campaña de negacionismo; además, el argumento fuerte fue la costumbre política en Colombia; lo que no se supo ni se sabrá, es cuál fue el que entró en contacto primero, si los políticos o las  autodefensas; pero lo cierto es que cooptaron el poder, en ese caso por lo menos, al Congreso de la República. Y los hechos se verbalizaron, las investigaciones y, en su momento, las condenas fueron dadas. La justicia se impuso por encima de las justificaciones que se ofrecían por doquier; y, qué tal la ‘yidispolítica’: otro tanto, el esguince publicitario fue que eso de comprar el voto era lícito. Tamaña desvergüenza. El interés público para el que fueron elegidos, al servicio del menos público de los resultados: el bolsillo y la reelección presidencial.

 

¿Si no hay prueba, entonces el hecho no existió?,
¿es difícil probarlo?, ¿hay interés en hacerlo?,
¿acaso el mero testimonio no es prueba?

 

 

Y, repitamos, la experiencia está dada; los hechos hablan, verbalizan la realidad; a los argumentos de negación, ahora se suma, como fórmula, el afirmar en argumento de ‘Deus Ex Machina, como si mostrara gran inteligencia, insistamos, el argumento según el cual no es que el hecho no haya existido, sino que no hay prueba del mismo.

Nos preguntamos: ¿si no hay prueba, entonces el hecho no existió?, ¿es difícil probarlo?, ¿hay interés en hacerlo?, ¿acaso el mero testimonio no es prueba?  En fin. Qué tal: ‘no hay prueba’

¿El tema es penal?, ¿electoral?, ¿ético?, ¿moral?, ¿ya está prescrito o caducó?, ¿no se conocía? Y ahora, no hay prueba. Señoras y señores: vamos en cascada y, ese no puede, no debe ser el tono de la política, por más que el interesado, en verdad el beneficiario real del “acto que existió, pero del que no hay prueba”, como en técnica se tiene, implore el argumento de novedad.

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