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“No me gusta ni cinco ‘El olvido que seremos'”

Tampoco su secuela, ‘Carta a una sombra’, un relato que abunda en los chichés ideológicos de siempre

Por: Ángel Castaño Guzmán
Noviembre 13, 2015
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“No me gusta ni cinco ‘El olvido que seremos'”
Foto: tomada de internet

Con deliciosa mala leche –una de las marcas de fábrica de sus cuentos y entrevistas– Jorge Luis Borges hace inmune a las simplificaciones del periodismo moderno al detective Erik Lönnrot. Sabemos del escepticismo borgeano ante la importancia de la noticia: ni todos los días acaecen hechos memorable ni los diaristas suelen distinguirse por su rigor y tacto. Recordé ese pasaje concreto de La muerte y la brújula al leer la entradilla de una entrevista a Héctor y a Daniela Abad, publicada en El País, de España. Ahí, Javier Lafuente o el editor a cargo –vaya a saber dios quién–, con una falta de juicio pasmosa dice, y abro las comillas luego de tomar aire: “Su hijo y su nieta (Del doctor Abad Gómez) han reconstruido la memoria familiar, que es la de un país”. Tremendo dislate reducir la hidra de la vida nacional al testimonio de una familia antioqueña: el resto de Colombia, en virtud del pase mágico del reportero, le cede su espacio a los Abad. Lo sé, el error del periodista no es responsabilidad de nadie aparte de él y eso nada tiene que ver con el documental. No se pueden confundir, desde luego, las manzanas con los duraznos. Hablemos, entonces, de Carta a una sombra.

Una confesión previa: no me gusta ni cinco El olvido que seremos. No hay duda: el doctor Abad Gómez fue un hombre ejemplar, un ciudadano integro. Su asesinato, un acto vil de las fuerzas oscuras de la extrema derecha, merece nuestro enérgico repudio. Hasta este punto vamos bien. Sin embargo, el libro en sí, el discurso narrativo, el lenguaje empleado, las fatigosas páginas de la niñez del autor, no me seducen. Soy consciente de lo impropio del comentario: ¿Cómo diablos me atrevo mirar esos detalles cuando un hombre abre su alma para contar un hecho atroz? ¿Con cuáles parámetros se puede evaluar el llanto de un hijo ante la muerte y el absurdo? Sí, también lo sé: talvez el silencio sea la mejor respuesta ante este tipo de ejercicios de diván y catarsis. En consecuencia, cuando hace unos años el libro estuvo en la cima de la ola y era motivo de charla, no abrí la boca: guardé silencio ante los ditirambos de los contertulios. Ya saben, cuestión de decencia. Cambié de idea al tiempo, después de leer El año del pensamiento mágico, de Joan Didion: un alarido, si se emite con destreza y buen oído, no necesariamente disuena. Si se conoce el oficio literario hasta lo innombrable puede producir belleza. Con esa actitud vi Carta a una sombra: como quien va a ver un documental –al fin y al cabo lo es– y no a rezar a un velorio.

Lo primero que me hizo saltar de la silla: Daniela Abad no aparece en el filme. No relata, la suya no es la voz cantante. Dicha responsabilidad descansa, de nuevo, en Héctor Abad F. En otras palabras, Carta a una sombra es la secuela de El olvido que seremos: no da luces sobre el doctor Abad G. El resultado, predecible: los fans del libro van a aplaudir la película y sanseacabó. Segundo elemento discutible: el relato fílmico abunda en los clichés ideológicos de siempre. El catolicismo en bloque es visto como una fuerza retrógrada, ultramontana, alérgica al progreso y  a la justicia social. Comprensible hipérbole en las tierras de Monseñor Builes. No tanto en la patria de Camilo Torres, de los curas de la Golconda, del presbítero Alcides Jiménez, del padre De Roux, en fin. Salta la liebre: esa división de buenos y malos tan nítida, a ratos tan caricaturesca, no sirve para conocer con alguna objetividad el contexto de los años setenta y ochenta en Colombia. ¿No ocurre algo similar en El olvido que seremos y en La oculta? ¿Acaso no son ambas las historias de familias buenas rodeadas por la mediocridad o la malevolencia de los demás? Argumento típico de los paisas: hablar mal de los paisas. De esa manera, mientras los Buendía son una estirpe con brillos y sombras y los Vallejo Rendón son enjuiciados por el novelista de La Virgen de los sicarios, Los Abad F son dibujados por el escritor y  por la cineasta como un cándido clan, casi un facsímil de los Ingalls.

Tercero: Abad Faciolince es el verdadero protagonista del tinglado. ¿La prueba? La escena de él entrando con un caballo a la iglesia de Jericó. Un acto en apariencia desafiante termina a la postre convertido en una tontería nimia y ofensiva: trasponer las puertas de un templo católico llevando un caballo de las riendas cuando no hay nadie –ni siquiera montado en él–  es un espectáculo exhibicionista para espantar beatas. Poco de Liberal tiene: la defensa de la tolerancia y la libertad – lo dijeron los gólgotas del siglo XIX– es la bandera de los progresistas, no estos gestos bravucones y anacrónicos. ¿No se trata de una variante del gesto vacío nadaísta de pisar las hostias? No hay confrontación alguna entre la godarria y el liberalismo radical en el filme ni en el libro. Bueno, al menos no con el liberalismo radical que concibió la carta constitucional de Rionegro. Él, Quiquín –mote del autor de La oculta–, cumple el típico rol del macho antioqueño: es su opinión la destinada a permanecer mientras las de las mujeres de la casa, no. A algunas, incluso, se les llama con el genérico y despectivo muchachas. Y, ya sabemos, no por razones de juventud sino por ser las encargadas del aseo y las labores de cocina. Aquí me distancio de lo dicho por Mario Jursich: no es el vozarrón del inmolado el que marca la pauta del documental. Sigue siendo el de su hijo el motor de todo.

Solo dos de los no muchos entrevistados en los setenta y tres minutos de Carta a una sombra no son parientes de los Abad. A lo mejor no fue el propósito de los directores pasar revista en detalle al legado del doctor Abad G. Quizá pretendieron rendirle un justo homenaje y ya. Lo cierto: quedaron en deuda con el público. No arriesgaron en el montaje ni en la lectura de la biografía de la sombra ni en nada.

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