Opinión

No es hincha del fútbol el que sale a matar

Por:
agosto 03, 2014
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El bus intermunicipal arde. Hay fuego atrás y adelante, humo y confusión y miedo y gritos y humo. No es un accidente. El bus ha sido atacado y el fuego es premeditado, en su interior 30 personas entre la asfixia y el espanto buscan salir de ahí mientras afuera gritan “mátenlos a todos, que nadie quede vivo” una turba de decenas de personas rodea el bus y los que bajan son recibidos con machetes y puñales, los pasajeros corren aterrorizados, la madrugada avanza, la sangre señala senderos de los que huyen a esconderse. La escena es de terror.

La escena es de terror y podría describir los peores años de lo que en este país en guerra conocemos como La Violencia, tiempos de enfrentamiento en que Los Pájaros asolaban detrás de los trapos del combate entre los partidarios conservadores y liberales. Años de horror, espanto y barbarie.

La escena es de terror, es cierto, y no está en libros de historia sino en periódicos con la tinta fresca: sucedió el fin de semana anterior en la carretera de Santa Bárbara, luego de Versalles, casi a las tres de la madrugada del 28 de julio cuando estaba de regreso la barra del Nacional que se había desplazado desde el Valle del Cauca a Medellín a presenciar el partido entre Nacional y Deportivo Cali. Los autores del ataque con líquidos inflamables y distintas armas han sido señalados como miembros de la barra Rexistencia Norte que venían desde Pasto en donde habían visto jugar al Deportivo Independiente Medellín contra el local Deportivo Pasto.

Poco antes en la misma vía a la altura de El Palmichal los mismos hinchas del Medellín, según distintos reportes, se habían enfrentado —pocos kilómetros antes y con pocas horas de diferencia— contra hinchas del Deportivo Cali que estaban de regreso a su ciudad. La ambulancia llevó herido en brazo y espalda a Luis Fernando Yepes Mejía y con él llevaron a una persona más que resultó muerta, asesinada, en el mismo desencuentro. De su nombre no hay registro en la prensa.

Diez buses se dirigen a Medellín con los miembros de Rexistencia Norte desde Pasto. Cuatro buses llevan a los seguidores del Deportivo Cali hacia el Valle y ese es el mismo destino de dos buses que transportan a miembros de Los del Sur, barra del Atlético Nacional, hacia el Valle del Cauca. Estas dos últimas excursiones salen de Medellín en distintos horarios. Lo digo para que se entienda la imagen de lo que estoy contando.

Ya antes, cerca del estadio Atanasio Girardot, en pedreas entre seguidores de los dos equipos verdes se contó la historia de un herido grave. No culpen de esto a un marcador de empate 2 a 2.

El bus incinerado deja heridos que aún hoy están en hospitales: Valeria Londoño Villegas sigue en estado crítico y tiene severas quemaduras internas porque en medio del miedo abrió la boca cuando lanzaban los cocteles molotov contra el bus. Valentina Cifuentes Grajales ha recibido injertos de piel en la espalda y en veinte días se evaluarán nuevas intervenciones, Andrés Gómez Quintero también presenta quemaduras que lo tendrán cerca de un mes en el hospital San Vicente, allí también estuvieron Harold Zuluaga y Gustavo Sánchez que han sido dados de alta al terminar la semana, igual que Sebastián Londoño Villegas quien había sido internado en la Clínica Medellín mientras que Naron Guerra fue trasladado de Santa Bárbara al hospital de Tuluá. Poco faltó para que hoy estuviéramos escribiendo decenas de nombres en lugar de solo estos y esa noticia que pasó desapercibida para muchos fuera hoy la gran tragedia del absurdo por un ataque irracional y a la vez consciente que es la forma como muchos de los miembros de estas barras demuestran su lugar en el mundo. No estoy hablando de hinchas, estoy hablando —y hay que decirlo con todas las letras— de criminales. Porque no tiene otro nombre el que toma cualquier excusa, un partido de fútbol esta vez, para cometer un asesinato y varios actos que incluso están más cerca del terrorismo que del vandalismo. Los que salen armados de forma rudimentaria o sofisticada, los que llevan en sus manos el próximo incendio, no están yendo a un encuentro deportivo: son solo otra forma del hablar del mundo criminal.

Yo creo, profundamente, en el valor de lo simbólico. Yo creo, profundamente, en la pertinencia de la pedagogía. Yo creo, definitivamente, en el diálogo y su poder en la resolución de conflictos. Y a la vez soy consciente de las instancias en que el ejercicio del poder legítimo del estado debe expresarse, también, desde las ramas legislativa y judicial. Las voces que deben oírse ahora son las de todos los implicados en este problema de años que cada vez cruza peores fronteras.

En Colombia se puede ser hincha de fútbol sin derivar en lamentos, el grito de gol de una tribuna no tiene que terminar en novena de difuntos, acabamos de vivirlo con un país entero que vibró fútbol durante casi un mes en el Mundial y —salvo las celebraciones del primer partido de la Selección— pudo vivir la alegría en paz.

Los hinchas de fútbol, los miembros de barras, no deben olvidar que no solo James brilló en Brasil. Allí Colombia obtuvo un título que conviene recordar cada domingo: el del Juego Limpio.

@lluevelove

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