Opinión

No es cierto que Iván Márquez sea una minoría de las Farc

Ni la declaratoria de guerra es la payasada que pinta Timochenko, ni indiscutible su tesis para derrotarla. Craso error despreciar el desafío estratégico que representa

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septiembre 17, 2019
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No es cierto que Iván Márquez sea una minoría de las Farc
No caer en la ingenuidad ridícula de desentendernos del peligro inminente que nos ha planteado la dictadura venezolana, de la cual Márquez y su cohorte son pieza estratégica. Foto: Facebook/IvanMarquezFarc

Comienza a advertirse un claro empeño de la gran prensa bogotana y de algunos de sus columnistas por minimizar la amenaza que nos imponen Márquez y su cohorte, y por despreciar el serio desafío estratégico que representan contra nuestra sociedad, nuestra democracia y nuestra economía.

A veces pareciera que la gran prensa decidió adoptar como propio el análisis de Timochenko sobre los hechos, cayendo una vez más en el error de seguir mirando la amenaza en clave ideológica y de “polarización”, y no desde la perspectiva estratégica que nos exige la realidad.

¿En qué consiste la tesis de Timochenko?

Básicamente, en que la declaratoria de guerra de Márquez es insignificante, marginal, una payasada, y que la respuesta fundamental del Estado, de la política y de todos, para derrotarla, debería consistir en cumplirles a pie juntillas, casi que de rodillas, los Acuerdos de La Habana.

Esta tesis se soporta en cuatro premisas fundamentales que han hecho carrera sin que nos detengamos a revisarlas con la debida responsabilidad: la primera, que Timochenko y sus compañeros de dirección son la mayoría. La segunda, que la inmensa mayoría de los exguerrilleros -10.000 aproximadamente- siguen vinculados a los procesos de reinserción. La tercera, que al gobierno de Duque le cabe una gran cuota de responsabilidad por los “incumplimientos” frente a lo pactado y, por último, la cuarta que afirma que el verdadero motivo del “regreso” a las armas de Márquez y Santrich se debió a los procesos judiciales por narcotráfico que se adelantan en su contra.

Ninguna de estas cuatro premisas son tan claras ni tan indiscutibles como quieren hacérnoslas ver. Basta aguzar un poco la mirada para encontrar en ellas su peligrosa ligereza.

Comencemos por la última: que abandonaron la paz y se devolvieron a la guerra porque los descubrieron con las manos en la masa de una negociación de toneladas de cocaína.

 

 

 

No fue que hubieran tenido que abandonar la paz
porque los pillaron narcotraficando sino que siguieron narcotraficando
porque nunca estuvieron de verdad en la paz

 

 

 

La evidencia histórica muestra todo lo contrario: no fue que hubieran tenido que abandonar la paz porque los pillaron narcotraficando sino que siguieron narcotraficando porque nunca estuvieron de verdad en la paz. Hoy es más claro que nunca que en el diseño estratégico de Iván Márquez, que fue quien condujo la negociaciones de La Habana, los intereses de la geopolítica regional de la dictadura de Nicolás Maduro siempre estuvieron por encima de los intereses de la reconciliación y la paz entre los colombianos.

Sobre la tercera: no veo cómo podría caberle al gobierno Duque responsabilidad alguna en el “regreso” a las armas de los que se fueron, por la sencilla razón de que es un imposible fáctico. Cuando Santrich fue detenido y Márquez y sus socios pasaron a la clandestinidad, en abril de 2018, Iván Duque no había sido elegido presidente ni mucho menos se había posesionado. Luego si a esas alturas cabía cargarle a alguien responsabilidades en los incumplimientos, no queda otro remedio que cargárselas al gobierno anterior.

Respecto de la segunda: el hecho de que 10.000 de los exguerrilleros continúen vinculados a los programas de reinserción resulta más importante desde el punto de vista humano y social que desde el punto de vista  estratégico. Es más sensato considerar que han decidido abandonar la guerra y comenzar una nueva vida en paz, como opción de vida, que creer que se encuentran constantemente seducidos por las ofertas de la nueva declaratoria de guerra. No es para nada claro que el interés de Márquez sea volver a echarse al hombro las pesadas estructuras que licenció hábilmente en sus negociaciones de La Habana.

Como lo señaló el mismo Márquez en su declaratoria de guerra, la nueva confrontación, tal cual se plantea, no pasa por la creación de estructuras militares grandes que resultan tan pesadas como costosas a la luz de las nuevas exigencias tácticas. Esto, sin pasar por alto que la experiencia que nos muestran las organizaciones armadas ilegales consiste en que ni el reclutamiento ni la consecución de armamento y dinero constituyen sus mayores problemas. Menos aún para Márquez quien cuenta con el apoyo frontal de la dictadura venezolana.

Claro que es preciso dinamizar de la mejor manera los proyectos de los reinsertados, pero con la claridad de que se trata más de un compromiso humano y social que de una urgencia estratégica para contrarrestar la amenaza.

Por último, revisemos el primero de los argumentos: no es cierto que debamos desestimar la amenaza de Márquez diciendo que es una minoría marginal respecto de Timochenko. Y no solamente es falso a la luz de lo que fue su predominio cuando dirigió las negociaciones de La Habana o de cuando derrotó a Timochenko en las votaciones al interior del congreso constitutivo del partido Farc -Márquez y Santrich le ganaron en votos a Timochenko para la elección de los cargos de dirección y en el pulso por el nombre del partido Márquez derrotó a Timochenko 628 votos contra 264- sino a la luz de la influencia que ejercen sobre la realidad.

Mirando la violencia de las regiones y el salvajismo con que irrumpen las llamadas disidencias, podría pensarse, sin temor a equivocarse, que es más grande el impacto de Márquez y su gente sobre las guerras que nos acechan que el impacto de Timochenko y su bancada sobre la paz que quisiéramos.

De ninguna manera se trata de subestimar los aportes que Timochenko con su bancada, su partido y los 10.000 reinsertados puedan hacer por la paz, pero de lo que si se trata es de no caer en la ingenuidad ridícula de desentendernos del peligro inminente y enorme que nos ha planteado la dictadura venezolana, de la cual Iván Márquez y su cohorte constituyen una pieza estratégica.

 

 

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