El muñequero de la esquina

"Patricia es en realidad Juan Alberto, una mujer transgénero de 41 años, de los cuales 23 los ha vivido en las calles ejerciendo la profesión más antigua"

Por: Angelo Gonzalez Gimondo
agosto 01, 2017
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El muñequero de la esquina

En un caluroso municipio donde la violencia dejó marcados los corazones de sus residentes, y aunque hoy todo es distinto, aún se escucha el arrastrar de cadenas de aquellos que no han podido liberarse.

Es el caso de las mujeres transgénero, quienes salen de sus casas cuando el sol se oculta y la luna nos cubre con el manto de la noche, como dice la canción del vallenatero “Cuando va a comenzar la noche comienza tu día”.

En una esquina del centro, a pocos pasos de un lujoso hotel del municipio me encuentro con estas “muñecas” como las llama cariñosamente Patricia.

Patricia es en realidad Juan Alberto, una mujer transgénero de 41 años, de los cuales 23 los ha vivido en las calles ejerciendo la profesión más antigua de la historia.

Cuenta Patricia que a sus 18 años se vio obligada a vender su cuerpo en las calles de Barranquilla y Cartagena, ya que la situación económica por la que atravesaba su madre en esa época era muy difícil.

Luego de un tiempo Patricia llegó a esta, la que para muchos es la tierra prometida, buscando mejores oportunidades para ella y su familia. Inició con trabajos sociales, comunitarios y políticos llegando a convertirse en líder comunal.

Con el pasar del tiempo llegó incluso a trabajar con la administración municipal, pero luego de esos cuatro años de tranquilidad económica y después de ser muy reconocida por sus labores comunitarias no vio otra salida que regresar a las calles ya que la nueva administración no le permitió seguir laborando con ellos.

Hoy en día Patricia lidera un grupo de “muñecas” entre los 16 y 20 años, que al igual que ella han decidido vivir una realidad distinta a la de cualquier joven sólo por tener una orientación diferente.

Patricia, Andrea y Perla

“Ella es como nuestra madre aquí en la esquina, ella nos cuida, nos da consejos, comida y nos defiende de los pavos”, dice Perla, refiriéndose como los “pavos” a los delincuentes nocturnos de la zona o incluso algún “cliente” que se quiera pasar de listo.

“Perla” es Juan Carlos, un joven de 18 años que desde los 13 se encuentra en las calles vendiendo su cuerpo.

Cuenta con lágrimas en los ojos que con lo poco que le dejan los hombres ayuda a su mamá y a su hermanita de 9 años, con el sustento diario, ya que con lo que gana su madre en la finca bananera donde labora no es suficiente para suplir los gastos de un humilde hogar del barrio obrero.

La vida no ha sido fácil para Juan Carlos, ya que ni él mismo sabe cuando empezó esta pesadilla que vive a diario y de la cual ha intentado salir en dos ocasiones pero al no tener éxito vuelve a las calles de su amado municipio.

Luciendo una larga cabellera de extensiones rubias de muy mala calidad, unos tacones que la hacen ver más alta, más no mayor, y un bolso de cuerina colgando en su delgado brazo, ella al igual que nueve jóvenes más que juegan a ser mujercitas se pasean de esquina a esquina a esperar su próximo cliente.

En un mundo donde los vicios, el alcohol y el sexo sin control son el pan de cada día, es el refugio de una comunidad que pide a gritos un lugar en la sociedad, y es esa misma sociedad que hace caso omiso a la crisis de identidad que sufren los jóvenes a temprana edad.

Perla se despide haciendo una mueca amable, saca de su cartera un pañuelo barato con el que seca muy sutilmente sus lágrimas sin retirar el exceso de maquillaje que cubre su varonil rostro, se retira educadamente del clan para atender el llamado de un taxi que se estaciona en la esquina y después de unos segundos aborda el vehículo.

Entre las oscuras calles sin pavimentar aparece “Andrea”, quien en realidad es Andrés, un joven transgénero de 17 años, piel oscura y labios gruesos, a la cual sus compañeras de oficio llaman “la morocha”.

Andrea cuenta que cuando tenía 12 años le confesó a su familia su orientación, lo cual no fue del agrado ni de su madre ni de sus hermanos. Desde entonces se gana la vida en esta esquina donde más de una llega a refugiarse en los brazos de Patricia.

A pesar de que su familia cuenta con una cadena de almacenes en el centro, nunca le han permitido trabajar en ello a diferencia de sus 3 hermanas las cuales si laboran en los almacenes como administradoras.

Andrés sueña con operarse los senos y la cola, vivir en la capital y convertirse en una modelo famosa.

“Una no se vuelve millonaria acá en esta esquina, pero con lo que le dejan los hombres a una, una se compra sus extensiones, su maquillaje y cositas, y ya estoy ahorrando para operarme las tetas”, dice Andrea con cara de querer creer que lo que dice es cierto.

Estas “muñecas” se encuentran en aquella esquina todos los días del año, dicen que no importan las navidades, fin de año, fechas especiales y mucho menos un cumple años. Ya que para estas fechas es cuando mejor les va.

Normalmente se acuestan con tres o cuatro clientes por noche y sus tarifas oscilan entre los $25.000 y $30.000 pesos. Un negocio riesgoso, pero rentable para ellas, donde el producto o la mercancía son ellas mismas.

Atrapadas en su propio muñequero donde todas las noches brillan aunque tengan que usar Mireya, usadas por sus hombres y señaladas por la sociedad, esta es la vida que ellas decidieron llevar.

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