Montecasino, la mansión, en Medellín, donde los Castaño celebraron el asesinato de Carlos Pizarro

Las congresistas Maria José y Maria del Mar Pizarro perdieron a su papa por la orden de los paramilitares. El brindis fue con Popeye y el sicario que disparó

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abril 24, 2022
Montecasino, la mansión, en Medellín, donde los Castaño celebraron el asesinato de Carlos Pizarro

En Montecasino, la casa de 31.000 metros cuadrados y avaluada en USD 35 millones que los hermanos Fidel y Carlos Castaño compraron a mediados de los 80,  hubo muchas fiestas pero ninguna como la que tuvo lugar el 26 de abril de 1990. Ese día cerca de doscientas personas desocuparon un número incalculable de botellas de whisky  servidos en una vajilla perteneciente a la Dinastía Ming, se comieron seis novillas y amanecieron al lado de la piscina, con la cara blanca y los ojos reventados. Celebraban la misión cumplida por Gerardo Gutierrez Uribe, alias Jerry, de acabar con la vida del candidato presidencial y carismático líder del M-19 Carlos Pizarro León Gómez. El sicario, entrenado personalmente por Carlos Castaño, le había desocupado el cargador de su Ingram a Pizarro en un avión de Avianca que llevaba ocho minutos en vuelo, ocasionándole la muerte instantánea. La celebración tenía un motivo adicional; el agente del DAS designado para proteger al candidato, Jaime Ernesto Gómez Muñoz, se había encargado de dispararle a quema ropa, a pesar de estar desarmado y pidiendo que no lo mataran, al sicario, con lo cual Castaño consideraba que se trataba de un crimen perfecto sin huella ni testigos.

Jerry era uno de los suisos (suicidas) reclutados por Castaño. Durante un mes lo hospedó en su mansión de Montecasino, en el barrio el Poblado de Medellín. Había adecuado la amplia cancha de fútbol para practicar tiro al blanco. A medida que le fue afinando la puntería lo llenaba de odio contra Pizarro: matarlo era algo heroico que salvaría a Colombia de convertirse en una dictadura comunista como la que tenía en Cuba. Mientras lo adoctrinaba le hacía promesas imposibles de cumplir como qué pasaría muy poco tiempo en la cárcel y al salir todavía sería un hombre joven que podría disfrutar de lujos como el que presenciaba en la mansión de los Castaño en el Poblado. Él estaría allí para ayudarlo. Todo a sabiendas de que Jerry no saldría vivo de la Operación Pizarro, porque en simultánea, y gracias a la estrecha relación tejida con el DAS, -que la Fiscalía empieza a descubrir 27 años después- el escolta Gómez Muñoz tenía la orden de asesinarlo.

Cuadros de Dalí, Miró, Velásquez y Botero, comprados por Fidel Castaño en las subastas más importantes de Europa, adornaban las imponentes paredes de una casa que pretendía, por el delirio de sus dueños, ser una réplica del Palacio de Nariño. La tina de cada uno de los doce baños con los que contaba la mansión eran ostras bañadas de oro que simulaban El nacimiento de Venus de Boticelli. Según John Jairo Velásquez Vasquez, alias Popeye, la cava de vinos escondida en el sótano valía tres veces la casa.

El lujo sólo escondía el horror que se desarrolló durante diez años en la mansión desde donde se dieron las órdenes macabras que cambiaron para siempre la historia del país.

En los espaciosos jardines cubiertos de árboles el mercenario israelí Yahír Klein entrenó a las primeras Autodefensas de Colombia y se organizó el exterminio de 5000 mil miembros de la UP. De allí saldrían los sicarios que mataron a los líderes de izquierda José Antequera y Bernardo Jaramillo. Poco tiempo después, en junio de 1992, organizarían, junto al Cartel de Cali, en su comedor de mármol, el grupo los PEPES que combatiría y acabaría con Pablo Escobar, quien también era vecino del sector. Según Popeye desde ese lugar salió la orden de 70 mil asesinatos.

Una vez Carlos Castaño consideró que Jerry estaba listo, viajaron a Bogotá. Se quedaron cuatro días en un hotel en donde el líder paramilitar le fue recalcando todos los credos anticomunistas. El miércoles 25 de abril de 1990 en la noche, Castaño se embarcó de regreso a Medellín. Gutiérrez Uribe, un día después, se subió en el HK 1400 de Avianca. Ocho minutos después del despegue se levantó al baño. Una vez salió de allí venía con la Ingram en la mano y disparó sobre Pizarro. Dos minutos después sicario y candidato presidencial estaban muertos. A esa hora, en una radio Sony, Carlos Castaño, sentado en el jardín de su casa en Montecasino, escuchó la noticia. Alborozado empezó a llamar a los invitados para la celebración esa noche a la que asistió Popeye.

Carlos Pizarro le había apostado a la paz. El 9 de marzo de 1990, en Santo Domingo Cauca, la guerrilla del M-19, en su cabeza, se desmovilizó y entregó las armas. Faltaban pocos meses para que terminara el gobierno de Virgilio Barco pero Pizarro solo alcanzó a actuar como candidato presidencial 45 días. Sus dos hijas apenas empezaban a  vivir: Maria José, hija de su relación con Miriam, tenía 12 años al momento de su muerte, estudiaba en el Liceo Francés y por seguridad tenía otro apellido. Su hermana María del Mar, que tuvo con su compañera al momento de morir, Laura García,  no tenía ni un año.

Montecasino, en pleno Poblado, al lado del Club Campestre, sigue siendo la cicatriz que deja ver como los peores asesinos de Medellín se supieron resolver en algún momento, con lo más granado de la sociedad.

 

 

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