Miseria de las élites

"Estas conspiran hoy de distintas maneras para mantener su oscura hegemonía"

Por: Guillermo Perez La Rotta
junio 02, 2020
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Miseria de las élites
Foto: Pixabay

Escribo hoy sobre la corrupción de la política, no acerca de su posible sentido emancipativo y participativo, y sobre la eterna mediación de los intereses excluyentes y plutocráticos en la política. Toda esa política que desde antaño nos ha traído hasta la presente encrucijada. A medida que retrocedemos en el tiempo, encontramos bajo diferentes formas esa política. Puede ser hacia la mitad del siglo XX, cuando la intolerancia liberal y conservadora se enseñoreó sobre campos y ciudades y el hedor de la cadaverina llegaba hasta el escritorio del presidente (¿Ospina Pérez? ¿Laureano Gómez?), sin darse cuenta el honorable señor que el hedor salía de él, como lo simboliza con poesía carnavalesca Jorge Zalamea, en su cuento La metamorfosis de su excelencia.

Intolerancia interiorizada en la acción de los líderes liberales y conservadores, bajo una metamorfosis de la religión católica que nos ha educado durante cinco siglos. Y luego, desde su encuentro en Benidorn, Alberto Lleras Camargo y Laureano Gómez fundaron la reconciliación de las élites llamada “Frente Nacional”, mientras el Estado perseguía a campesinos en distintas regiones de Colombia, para acabar con el “imperio bandolero”. Agenciado por campesinos “hijos de esa violencia”, liderada por las élites y llevada por aquella plebe a extremos terribles, básicamente desde la exclusión que sufrían. Esto explica Gonzalo Arango en Elegia a "Desquite", (¡que nombre tan perfecto!): “Al ver en los diarios su cadáver acribillado, uno descubría en ese rostro una decencia, una autenticidad (…) la dignidad de un bandolero que no podía ser sino bandolero (…) no dudo que tal vez bajo otro suelo que no fuera el suelo de la patria, este bandolero habría podido ser un misionero o un auténtico revolucionario”.

Nunca se les pasó por la cabeza a esas élites, aliadas con los terratenientes, que se podría hacer una reforma agraria democrática, cuestión que ya López Pumarejo avizoró utópicamente, pero en ese entonces claudicó. Y luego a Carlos Lleras, se la tiraron a la basura esas élites, para que a continuación la enterrara Alfonso López Michelsen, dizque líder revolucionario con su MRL, en un Pacto de Chicoral. Y hoy el CD atenta contra el punto uno del acuerdo de La Habana. Pero, después, los plebeyos se levantaron, como antes los bandoleros, y se siguen rebelando hoy bajo otros nombres, todos marcados por la violencia y el ansia de dinero. Y desde el contexto de una economía débil y dependiente como la nuestra, se inició el tráfico de drogas por parte de esos plebeyos, que por fin ascendieron y corrompieron todo el sistema con su dinero.

Entonces López Michelsen hablaba de la “ventanilla siniestra”, con cierta tolerancia. Pero nunca pensaron que tocaba legalizar ese negocio, solo se le ocurrió a César Gaviria y a Juan Manuel Santos, tardíamente. Y nunca lo pensaron, porque seguían con servilismo los dictados de Washington, igual que hoy, que llegan a Colombia asesores gringos dizque para ayudar en la lucha contra el narcotráfico. Sencillamente, toca legalizar ese monstruo llamado narcotráfico, porque nuestra economía es débil, y desde los diseños de las élites nacionales e internacionales, nunca ha podido salir de su estrechez, y mucho menos hacia un sentido claro de equidad social. Todo esto me lleva a enjuiciar sobre la miseria moral de nuestras élites. Dejen la hipocresía alguna vez. Reconozcan que hasta la fecha, todas las instituciones y miles de personas encumbradas en altos cargos dependen de ese tráfico.

Ahora, en tiempos de COVID-19, y leyendo libros encerrado en mi casa, digo que lo peor se dio en los últimos treinta años. A Gaviria debía darle pena seguir dirigiendo el Partido Liberal. Luego de que nos metió en la desastrosa apertura económica, resultado de la caída del muro de Berlín y del “Consenso de Washington”, sigue pontificando. Recuerdo que Rudolf Hommes, decía, como si consultara una bola de cristal: “dentro de treinta años estaremos como España”, es decir como el cuarto país de Europa. Todos esos señores deliran en torno al ansiado poder, para mancillar los intereses de la nación. Al respecto yo recuerdo una conversación telefónica entre el expresidente Gaviria y el finado humorista Jaime Garzón, trastocada como un “mundo al revés”, cuando aquel felicitaba a un ciclista ganador, le contestaba el gran payaso con lucidez, y cambiaba el sentido de los honores al ciclista por la tragedia que terminó en la crisis de la economía nacional a finales del siglo.

Y Ernesto Samper, dizque era crítico del neoliberalismo pero amigo de la monita retrechera y del poder mafioso que lo eligió, tal y como ocurre hoy. Como el Ñeñe y Cayita con Duque, como Odebrecht con Santos, y el poder parapolítico con Uribe. La historia se repite pero cambia. Paradoja dialéctica. Y Andrés Pastrana, ese gomelo engominado, ese amigo del vino fino y las finas viandas, ese amigo servil de Clinton, que le sirvió en un plato grande el Plan Colombia. Ese vengativo y pendenciero que respondía como un niño al que le habían quitado un juguete, cuando entregaba casetes, no por la moral, sino por el poder que añoraba. Y luego, por envidia, arremetió contra Juan Manuel Santos, cuando este sí logró la paz, aún con todos los defectos que tiene; pero el otro le entregó ese proceso a un señor de apellido Ricardo, que se equivocó, solo porque Pastranita no soportaba que en ese proceso interviniera gente con alcurnia intelectual, frente a su propia mediocridad. Bueno, y luego vino el innombrable, que en todo caso ganó una guerra que le sirvió a Santos para firmar la paz. Pero de él no digamos nada más.

Miseria de las élites, que se releva con el joven Duque, quien definitivamente sí es un títere y parece un esquizo, porque tiene dos caras, como Jekyll y Hyde: de un lado, sus discursos, y, de otro, las acciones de su partido... ese que conspira hoy de distintas maneras para mantener su oscura hegemonía. Miseria de las élites.

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