Opinión

Mirando el pasado y el presente desde Bogotá

He ido aprendiendo a usar el veci que usan los vecinos para dirigirse a uno, tuve que aprender a abordar un transmilenio, y qué significaba eso de si va a acumular puntos

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Diciembre 21, 2018
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Mirando el pasado y el presente desde Bogotá

He pasado el año viviendo en Bogotá, con ocasionales salidas a otras ciudades del país por asuntos literarios o políticos. Algo inimaginable una década atrás, cuando subíamos y bajamos montañas cubiertas de selva, impresionándonos cada vez que asomábamos a la orilla de un gran río, donde el esplendor del sol y de la inmensidad reemplazaba el eterno cielo verde bajo el que habitábamos desde hacía muchos años.

A veces he visto palomas que picotean algo afuera de la ventana que da a la calle. No recuerdo haber visto copetones, esos pajaritos pardos que cuando niño veía posarse en las cuerdas de la luz y que acompañaban nuestro despertar con su canto. En el monte los pájaros trinaban a nuestro alrededor. El cielo permanece en gran medida cubierto de nubes, durante largas temporadas oscuras, pero también lo vemos azul como en estos días decembrinos.

Voy a la sede de nuestro partido, en Teusaquillo, en donde con frecuencia participo en reuniones. Visito la casa editorial que distribuye mis libros y el portal Las2Orillas donde publican algunos de mis escritos. Asisto a diversos actos, saco tiempo cuando puedo para visitar a mamá, a mi hermanito que lucha denodadamente contra un cáncer, escribo artículos, crónicas, columnas de opinión, discursos y palabras que se pronunciarán en actos oficiales.

También me hago presente en marchas y manifestaciones de carácter pacífico. He asistido a algunos eventos sobre la paz en varias universidades y concedido entrevistas a emisoras y portales de carácter cultural y académico. Presido la Asociación Nuevo Agrupamiento por la Paz Distrito Capital ANA D.C., una organización de exguerrilleros y exguerrilleras residentes en Bogotá, que busca contribuir de algún modo a su reincorporación integral.

 

Asisto a marchas y manifestaciones de carácter pacífico

 

Llevo una vida doméstica similar a la de cualquier pareja de mi vecindario. Hasta he ido aprendiendo a usar la apócope veci, que usan los vecinos para dirigirse a uno por algún motivo casual, y los tenderos para preguntarle qué se le ofrece. Tuve que aprender cómo se hacía para abordar un transmilenio, y qué significaba eso de si va a acumular puntos, que preguntan las cajeras de los centros comerciales antes de pagarles.

Descubrí que todos mis conocidos tenían un aspecto mucho más avejentado. Los que dejé como niños o niñas ahora son hombres y mujeres, con hijos e incluso nietos. Salvo dos tías maternas y el menor de los tíos paternos, los demás hermanos de papá y mamá murieron. De hecho papá también hace catorce años. Asimismo comenzaron a morir los primos, es decir nuestra generación, lo que evidencia que vamos entrando en lista.

Sostengo unas ideas, un modo de ver el mundo y la realidad social que necesariamente se desarrolla y genera puntos de vista más amplios. Estoy completamente claro de que ya no soy un guerrillero, un alzado en armas que soñaba con que su organización y su pueblo accederían al poder del Estado, mediante una insurrección que nos encargaríamos de preparar. Llegué sinceramente a creerlo cuando evadiendo el exterminio contra la UP ingresé a las Farc.

Estando aquí, en contacto diario con la gente, entiendo lo equivocada que era mi apreciación sobre ella. Allá decíamos el pueblo, y lo imaginábamos a punto de estallar, aplaudiendo emocionado cada una de nuestras acciones y esperando nuestro guiño para lanzarse enfurecido contra el palacio presidencial. La realidad es muy distinta. Puede que muchos nos admiren y respeten por nuestro valor, pero es evidente que la mayoría no nos ve como pensábamos.

Buena parte de la población nos asocia con la violencia, y lo peor, ni siquiera con esa violencia justiciera que regocija el corazón a quien ve a otro imponerse por la fuerza sobre la arbitrariedad insoportable. Quizás pasaron demasiados años de lucha rebelde, que fueron apagando la luz de la esperanza y trocándola por una imagen de espanto. La revolución no llegaba, ni siquiera la insurrección, pero los horrores de la guerra nos desdibujaban a todos.

Podíamos desde la selva desdeñar con un adjetivo, entre más fuerte mejor, las críticas que sobre nuestras acciones y sus consecuencias llegaban de la ciudad. Pero eso no borraba la convicción de quienes las emitían, que se extendía masivamente entre la gente. Que fuimos calumniados e infamados por diversos intereses es cierto, como lo es que carecimos de la suficiente capacidad para desmentirlo. Las conductas de muchos en nuestras filas no nos ayudaban.

Lo mejor que le pudo pasar a Colombia fue la firma de los Acuerdos de La Habana, aunque haya que luchar decididamente para que nos cumplan. Algunos no parecen verlo así, repitiendo a su modo lo que afirmaba el orgulloso Mussolini en su tiempo, siento que todos los italianos me aman. Mi tío de 82 años me abrazó con gesto de asombro en cuanto me vio, ustedes fueron capaces de conseguir una amnistía, eso es algo grandioso, ojalá sepan aprovecharla.

Fotos: Gabriel Ángel

 

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