Minga, una historia de incomunicación y desencuentro

"Hoy sigue prevaleciendo esa herencia de exterminio de lo indígena, de lo popular, y de lo que es distinto a las costumbres occidentales y a la vida moderna"

Por: Luis Alfredo Muñoz Wilches
octubre 26, 2020
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Minga, una historia de incomunicación y desencuentro

¿Qué sentido tiene para los colombianos la llegada de la minga indígena a la capital de la república?, ¿acaso se trata del (re)encuentro de dos mundos?, ¿el indígena y el nuevo?

La semana pasada los colombianos asistimos a un hecho inédito. Los indígenas del Cauca tuvieron que bajar de las montañas, donde están confinados hace muchos años, y atravesar ríos, campos y ciudades para llegar hasta Bogotá en la búsqueda de una audiencia con el presidente Duque. Sin embargo, se encontraron con una silla vacía.

Aunque ellos recordaban que durante la campaña electoral Duque les había prometido acoger sus clamores de tierra y paz, y lo estuvieron esperando pacientemente durante estos dos largos años a que cumpliera su palabra, no pasó nada. A cambio, solo recibieron el desplante, las agresiones, la militarización de sus territorios y la creciente ola de masacres y asesinatos de sus líderes.

Según las cifras de Indepaz, en lo que va corrido de este gobierno, han sido asesinados 167 líderes indígenas, de los cuales 94 ocurrieron en el departamento del Cauca y 47 durante la pandemia del COVID-19. Además, mientras transcurría la minga, fueron asesinados 4 dirigentes indígenas, uno de ellos Aurelio Jumi Domico, vicegobernador del Resguardo de Quebrada Cañaveral en Puerto Libertador, Córdoba.

Por estas razones, como hace más de quinientos años, la “silla vacía” del presidente Duque tiene hoy un hondo significado: el (des)encuentro de dos mundos, el indígena y popular, de la minga, y el de la clase dirigente, indolente y soberbia que desconoce el carácter pluriétnico y multicultural de nuestra constitución.

Como lo dijera William Ospina “nada cambia tanto como la historia” … que se reescribe cada rato. A las generaciones de colombianos que nos tocó vivir en estos tiempos de crisis y posverdades, el llamado de la minga a “descolonizar” el imaginario que hemos construido sobre las comunidades indígenas se contrapone a la expresión —difundida por las redes— de la energumena dama bogotana que le gritaba a los marchantes de la minga: “váyanse de acá”, “no los queremos indios ignorantes”, “ustedes son una porquería”. Este lenguaje ofensivo y denigrante hacia nuestros antepasados, es el producto de la ignorancia de una sociedad que no se quiere reconocer a sí misma, carente de un relato propio de su pasado histórico, natural, social y cultural que nos permita construir un destino común.

En su lugar, tenemos el relato de los conquistadores que, con su empresa de asalto y saqueo, provocó un inmenso genocidio y una invasión opresiva, cuyo principal resultado fue borrar la memoria de nuestros antepasados y tomar posesión de sus tierras. De esa manera, se (re)fundó —además de las ciudades— un nuevo orden basado en la exclusión, el despojo, avasallamiento cultural y la negación de los otros. Para los conquistadores europeos, éramos unos ignorantes y unos “bárbaros”, a los cuales había que civilizar, con la espada y la cruz, o simplemente desaparecer de la faz de la tierra.

Hoy, quinientos años después, sigue prevaleciendo esa herencia de exterminio de lo indígena, de lo popular, y de lo que es distinto a las costumbres occidentales y a la vida moderna. El colonialismo cultural fue sembrado en nuestros territorios con la clara intención de borrar la memoria ancestral, arrebatarnos nuestra cultura e imponernos “los buenos hábitos de la servidumbre”, como lo dijera W. Ospina en ese hermoso escrito de la Colombia perdida, a propósito de la celebración del 12 de octubre.

Los indígenas del sur del país han tenido que marchar, en su minga, para denunciar a los colombianos y al mundo entero que, de los 115 pueblos indígenas del país, 68 están en riesgo de exterminio físico y cultural como consecuencia del conflicto armado, y de la indolencia de los gobiernos y de la clase política que, desde hace muchos años, los acusan de ser aliados de la subversión.

La palabra "minga" —o "mink’a" en la lengua aymara— tiene su origen en una práctica agrícola ancestral basada en el trabajo comunitario y es una invitación a reunirse para organizar un propósito común. En el contexto actual esta palabra ha cobrado un nuevo significado en la manera de expresar un sentimiento o un reclamo colectivo. La minga es hoy una forma de movilización social que destaca valores y costumbres ancestrales como la colaboración, el compañerismo, el trabajo en equipo, el arraigo a un territorio, el respeto y la comunicación abierta y transparente en la búsqueda del bien común. Por el contrario, nuestra cultura individualista, se caracteriza por la competencia, el oportunismo, la agresión y la búsqueda de la “ventaja inmediata” conocida como la cultura del “atajo”.

Pero esta vez la minga se convirtió en una expresión mucho más amplia y diversa, con la participación de afrocolombianos, campesinos, y jóvenes estudiantes, que marcharon juntos para demandar del gobierno mayor protección de la vida, los territorios, la diversidad étnica y cultural y el cumplimiento de los acuerdos de paz. Los miembros de la minga —con sus bastones de mando y el himno de la Guardia Indígena—se ganaron el corazón de los colombianos y la admiración del mundo, con su protesta pacífica y organizada que tiene claro el largo camino para lograr la transformación social.

Tal como lo expresara la politóloga Sandra Borda: "la minga indígena puede ser el impulso de una protesta popular más amplia" (…) porque en el sur del país la vida está siendo mancillada, atacada y asesinada permanentemente. El objetivo de la minga es decirle al país que la vida es sagrada.

“Fuerza, fuerza. Por mi raza, por mi tierra”.

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