Mi Maradona personal

"Aunque no entiendo bien el dolor extremo de los argentinos, igual agradezco al dios del fútbol por la generosidad de permitir regodearnos un ratito con su ángel más amado"

Por: Gabriel Hernán González Gil
noviembre 27, 2020
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Mi Maradona personal
Foto: Facebook @diegomaradona

Siempre he considerado a los periodistas argentinos un poco exagerados (no diré muy, para no ser exagerado): alaban con exceso y denuestan sin ambages. Con la pasión con que viven sus vidas construyen o derruyen las ajenas, las más de las veces sin medir consecuencias. Al revisar las diferentes reacciones de los medios australes al momento de la infausta noticia del fallecimiento del Diego, como ellos lo llaman, el dolor ahogado en lágrimas era la constante. Para nosotros es difícil comprenderlo, por lo que quise echar marcha atrás, intentando encontrar razones para tal angustia ante la muerte del ídolo, siempre desde la relación que como admirador del fútbol puedo establecer y como cualquiera otro que jamás lo cruzó en su camino.

Las primeras impresiones del 10, como seguramente a muchos de mis contemporáneos, me llegaron en los albores de la eliminatoria al fallido mundial colombiano de 1986, que finalmente realizara México. Nos correspondió en suerte compartir grupo, además de los albicelestes, con Perú y Venezuela. No contaré aquí detalles de la nueva e ignominiosa eliminación sufrida, pues a ello no convoca este escrito. Mi recuerdo es de los meses que antecedieron a la derrota 3x1 que nos infligió Argentina en el Campín: un Óscar Restrepo Pérez (Trapito), siempre obvio, superficial y contradictorio, dominaba la escena radial colombiana y en los altavoces de RCN proclamaba la lenta espera por la fecha en que el Nemesio Camacho vería a Germán Morales y a Pedro Sarmiento inactivar al pelusa.

“Aquí lo esperamos”, decía socarronamente el cronista, convencido de que la pareja de volantes de marca convencerían al talento gaucho de permanecer oculto mientras lo molían a patadas. No hace falta contar ya cómo fueron paseados, no solo los dos pretendidos gladiadores sino todos sus compatriotas vestidos de cortos: gladiadores sí, pero tallados en piedra. Ese debut a mis ojos, aún sin el brillo que un año después derrocharía en tierras aztecas, fue más que suficiente para entender que asistíamos a la eclosión en sociedad del más acertado constructor de ilusiones para millones que a partir suyo vieron en el fútbol una esperanza contra la pobreza. Fue un deleite para los sentidos verle dejar regados ingleses a diestra y siniestra con su prodigiosa zurda, marcar y a pesar del criminal puntapié recibido décimas de segundo antes de patear, levantarse clamoroso a celebrar lo que para él y sus coterráneos era una venganza particular por la pérdida de las Malvinas, cuatro años antes.

Fueron las manos humanas de Shilton las que debieron sacar la redonda desde donde el extraterrestre la había dejado pues ni el mismísimo Harry Potter con su escoba voladora podría evitar el esperado encuentro del balón amado con su amante esquiva, la red… Puso el mundo a sus pies, hasta en las islas británicas su rolliza figura fue sinónimo de la perfección en las formas del juego que ellos mismos habían regalado al mundo. Allí se dejó ver el genio detrás del artista: como lo segundo fue el mejor, como elfo mágico sacó su nigromancia del verde rectángulo y la llevó a su vida y a la de muchos: un reivindicador de cuanta causa social se le atravesó, un protestante eterno contra lo establecido, un inconforme perpetuo con el statu quo… El olimpo era suyo, no es que los mejores clubes del orbe lo quisieran, era que solo en quimeras podrían ya llegar a tenerle.

Y una vez más se reveló el contestatario: no quiso marchar hacia los poderosos Madrid, Bayern o Juventus no; hasta 1991 y durante sus mejores años de vida futbolística, sin duda, instaló su hechizo a los pies del Etna, recordó que Serrat ya había dicho que el sur también existe y quiso, in situ, poner su espada contra el engreído Norte, batallaría para el Nápoli contra la glamourosa Milán, la de la moda, enfrentaría a la vecchia signora, la de los Agnelli y sus fiats, repartiría la pizza que tan bien preparan los tifossi sureños que ya le adoraban, no en los ampulosos ferraris boreales sino en una modesta mosquito Garelli… Acompañado de su inolvidable amigo Antonio (Careca, el inolvidable rompe-redes brasileño) ganó los dos únicos scudettos de la escuadra partenopea y un campeonato de clubes de la Uefa. Ganar con los de siempre no involucraba reto alguno, hacerlo con un equipo que no ganaba títulos era la quijotada de un hombre a quien nada en la vida se le dio fácil. Venido de la modesta Villa Fiorito, iluminaría el mundo de los hombres reales, su fútbol de barrio llenaría cada calle donde pudiesen soportarse dos piedras por todo arco, nada volvería a ser igual…

No es importante para el propósito de reconocerle encabezando la galería de los mejores las maltrechas maneras con que gobernó su existencia. Hacerlo sería caer en los lugares comunes de donde siempre quiso escapar el hombre y que nunca habitó el mago. Me quedo con los regalos eternos que dio a nuestra raza cada tarde de fútbol, con sus gambetas de demonio y sus goles imposibles, pero también con su lucha por hacernos entender las mil posibilidades que brinda la carencia de todo.

No entiendo bien el dolor extremo de los argentinos, que visto a la ligera parece emparentado por sangre con la sobreactuación, ni me alcanza la cabeza para discernir a la iglesia maradoniana que edificaron para rendirle culto al máximo ídolo popular que jamás tuvieron… pero las imágenes llegadas sí me alcanzan para el respeto por su aflicción y, sobre todo, para agradecer al dios del fútbol por la enorme generosidad de permitir regodearnos un ratito con su ángel más amado.

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